Adiós al Gris de Chueca: 42 años de música alternativa y un cierre marcado por un piso turístico ilegal
De la crisis de los años 90 salieron adelante gracias a los chupitos, que empezaron a comercializar a cien pesetas, atrayendo a clientes más jóvenes
Archivo – Madrid.
El Ayuntamiento ordenó la clausura inmediata del veterano local de la calle San Marcos después de sucesivas denuncias por ruido provenientes de un apartamento Airbnb que no figura en el registro municipal de pisos turísticos autorizados
«Gris era eso, un color neutro, con un toque de luz y de oscuridad, versátil, eterno, que combina con todo y jamás morirá.» Con esa frase se despedía esta semana en redes sociales uno de los bares más antiguos de Chueca.
El cierre del Gris Bar, referente nocturno para varias generaciones en la calle San Marcos, a poca distancia de la Gran Vía, se produjo de forma abrupta, por imperativo del Ayuntamiento de Madrid.
Con él desaparece una historia de 42 años que recorrió todas las noches de la capital, desde La Movida hasta la actualidad, y que había sobrevivido a crisis económicas, cambios de costumbres y restricciones progresivas. Lo que no pudo superar fue la denuncia reiterada de un piso turístico ilegal en el mismo edificio.
Un bar nacido en la explosión post-franquista
Pablo Rodríguez González, el alpujarreño que en el año 1984 puso en marcha junto a otros amigos el negocio, venía de trabajar en el Nueva Visión de la calle Velarde, donde vendió su parte para abrir un nuevo local en una zona que estaba muy de moda, frecuentada por diseñadores y gente del teatro o del cine.
Lo de llamarlo Gris Bar vino «por tener un nombre neutro, que no discriminara a nadie. Que acogiera a gays, lesbianas, pero también heteros. La única gente que se quedaba fuera era la violenta.» Era la época del ¿diseñas o estudias?, la explosión creativa y vital posterior a la represión franquista, en un barrio que nada tenía que ver con el Chueca de hoy: más inseguro, con mayor presencia de heroína en la calle, pero también con una energía cultural que lo convertía en uno de los epicentros de la nueva Madrid.
Casi desde el principio el bar empezó a trabajar la música alternativa y a acoger a las tribus urbanas que frecuentaban el centro de Madrid. Lo que más se escuchaba eran sonidos de los 80 y 90, que llegaban de la mano de DJs que viajaban a Londres a comprar discos.
Luego aparecieron sonidos más industriales, el psychobilly y todo tipo de rock acelerado. Los góticos también encontraron allí su refugio después de que cerrara el Brujas, un bar de siniestros del que apadrinaron algunos de sus pinchadiscos.
Cuatro décadas de supervivencia y adaptación
La historia del Gris es también la historia de cómo un bar de copas sobrevive en el centro de una gran ciudad cuando las reglas del juego cambian constantemente.
De la crisis de los años 90 salieron adelante gracias a los chupitos, que empezaron a comercializar a cien pesetas, atrayendo a clientes más jóvenes.
Antes ofrecían cócteles, que fueron dejando de llamar la atención para dejar paso a las cervezas. Coincidió con la explosión de Chueca como lugar de reunión del colectivo LGTBI.
Luego llegaron las restricciones legales y burocráticas que fueron recortando progresivamente el espacio de maniobra del local.
En 2010 tuvieron que desmontar la barra del sótano. La reducción del aforo llegó hasta las 49 personas. Y a eso se añadieron las obras para introducir una doble puerta estanco para aislar el ruido. El sótano, donde en sus mejores tiempos había dos futbolines y un pequeño escenario, quedó reducido a un espacio residual con un único futbolín y la zona de servicio clausurada.
«Ha sido un camino en el que cada vez han ido recortando más las libertades», asegura Pablo Rodríguez, que resume así cuatro décadas de convivencia tensa pero funcional con la normativa de ocio nocturno madrileña.