El modelo social y económico de Imaz, el número dos de Repsol

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NOMBRAMIENTO EN REPSOL

Josu Jon Imaz, en una imagen de archivo en Esade./EP

01 de mayo de 2014 (10:54 CET)

Josu Jon Imaz fue un político atípico en el País Vasco en aquel momento, ahora sería el mejor representante de un nacionalismo moderno, el mismo que quiere representar el lehendakari Urkullu justo en 2014, justo en el mismo instante en el que el nacionalismo más moderno en la historia reciente de España, el catalán, ha optado por otro camino y ya no quiera seguir contribuyendo a esa tarea conjunta que analizara con gran destreza Jesús Cacho Viu en su enorme libro El nacionalismo catalán como factor de modernización (Quaderns Crema, 1999).

Imaz (Zumárraga, Guipúzcoa, 1963) es un hombre muy apegado a Catalunya, ha veraneado muchos años en Salou, y sigue manteniendo buenas relaciones con políticos y empresarios catalanes, entre ellos el líder de una tercera vía que todavía no ha llegado, Josep Antoni Duran Lleida.

La casualidad hizo que su última conferencia como presidente de la ejecutiva del PNV, el EBB, la pronunciara en Barcelona, en el Círculo Ecuestre en noviembre de 2007. Sus palabras, entonces, contribuyen ahora a valorar al nuevo consejero delegado de Repsol, tras su paso como presidente de la filial Petronor, cargo que ha ejercido desde 2008.

Buscar la excelencia

El político, el doctor en ciencias químicas, el ahora ejecutivo, difundió durante su etapa como máximo dirigente del PNV un modelo, aunque no teorizado, si puesto en práctica. Se trataba de hacer como que, de trabajar pareciendo que, de buscar la excelencia sin ser...Exacto, sin ser un estado, desde el silencio, desde el trabajo. Y siempre buscando el máximo consenso entre las fuerzas políticas y los agentes sociales.

Imaz defiende que cada uno, en una sociedad, debe hacer lo que mejor sabe, que se deben ofrecer oportunidades, y que, al final, toda la sociedad recogerá los frutos. Desde ese liberalismo, sin embargo, Imaz nunca dejó de apoyar el colectivo, es decir, nunca diferenció la economía, la productividad de empresas o de individualidades, de la sociedad.

Era su cosmovisión, su idea de sociedad, producto de sus conversaciones también con uno de sus grandes amigos, el filósofo Daniel Innerarity, uno de los pensadores más clarividentes de España. Y acabó, como político, distanciándose del lehendakari Ibarretxe que mantenía su apuesta por una consulta soberanista.

Modelo productivo

Es cierto que Imaz jugaba con una ventaja en el País Vasco. Aquella sociedad, y la actual, goza de un sistema de financiación propio, que le permite ventajas comparativas con el resto de españoles. Pero fue la propia sociedad vasca, aunque ahora tenga problemas y el paro comience a ser preocupante –ahora, cuando el resto de España sufre la crisis desde 2008—la que tomó las riendas.

Fueron las empresas las que innovaron, las que se decantaron por el sector exterior. Fueron las cajas vascas las que invirtieron en sus empresas, las que apostaron por el motor productivo. Y fue el PNV el que dejó hacer, cuando vio que el proyecto de Ibarretxe no tenía ningún futuro.

Imaz, que entiende y habla catalán, --sin decir, en este caso que lo hace a la perfección—se dirigió a los asistentes en el Círculo Ecuestre en catalán: “Bon dia a tothom: En primer lloc vull agrair al Circulo Ecuestre, l´oportunitat que em brinda per a participar en aqueste col-loqui”.

Estabilidad política como factor de competitividad

Y comenzó constatando que la invitación había llegado meses antes de que él mismo anunciara su retirada de la política. El hecho fue que se trataba de su última conferencia como responsable de la dirección del PNV. Lo que dijo tiene ahora una gran vigencia, porque su intervención era una defensa en toda regla de la estabilidad política, como un factor de competitividad.

“Quiero llamar la atención –aseguraba—de la necesidad que tienen la economía y la política de pensarse juntas, el hecho de que ambas se requieran y los enormes beneficios que se siguen para la sociedad de esa alianza entre estabilidad (política) y competitividad (económica)”.

Y añadía que “gestionar hoy la economía o una empresa de determinado tamaño sin un claro conocimiento de la sociedad en la que se vive o de la política internacional es una debilidad enorme. Posiblemente la economía nunca ha tenido el límite geográfico de un solo país o área geográfica, pero hoy menos que nunca”.

No avasallar con la homogeneización

Imaz fue concluyente entonces, hace sólo siete años, aunque parece una eternidad. “No entiendo la libertad de movimiento de capitales sin otras libertades aún más básicas, como tampoco me parece éticamente aceptable la preferencia por lo propio cuando excluye injustamente a quienes participan de nuestra común humanidad, pero tampoco puedo aceptar una idea de igualdad que sirva de coartada para avasallar y homogeneizar”.

Esa tercera vía, quizá, no se ha acabado de realizar. Imaz tiene ahora una gran oportunidad para, esta vez desde una empresa de dimensiones globales, aplicar su modelo. El modelo Imaz. Y, tal vez, haya abierto el camino para que, desde la política, el Gobierno español y el Gobierno catalán tiendan esos mismos puentes.
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