Andrea Orcel, a la izquierda de la imagen, junto a Ana Botín y al consejero delegado del Santander, José Antonio Álvarez

La guerra en el Santander: Orcel no da su brazo a su torcer

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Los intentos de Banco Santander por alcanzar un acuerdo previo han chocado hasta la fecha con la firmeza del banquero italiano

Jesús Martín

Andrea Orcel, a la izquierda de la imagen, junto a Ana Botín y al consejero delegado del Santander, José Antonio Álvarez

Madrid, 30 de septiembre de 2019 (04:55 CET)

Quedan todavía seis meses y medio, tiempo suficiente para que pueda suceder cualquier cosa, pero Andrea Orcel no da su brazo a torcer. Las conversaciones que llevan manteniendo sus abogados con los de Banco Santander están resultando, hasta la fecha, infructuosas.

El banquero italiano cree mancillado su honor y su reputación y no acepta una negociación con los representantes legales de la entidad. Pide 112 millones de euros, pero quiere que sea la Justicia la que obligue al banco a restituirle, no un acuerdo pactado.

En el momento actual todo apunta a que Orcel y Ana Botín se verán las caras el 13 de abril del próximo año ante el titular del Juzgado de Primera Instancia número 46 de Madrid, Javier Sánchez Beltrán. Será una vista previa. El penúltimo intento de conciliación. Después vendrá el juicio propiamente dicho, pero eso será unas semanas o meses después.

Desde que Orcel presentara la demanda ante la Justicia española, a comienzos del pasado mes de julio, el banquero italiano se siente ganador del litigio. Las fuentes jurídicas consultadas por Economía Digital están convencidas de que si el Santander no da marcha atrás y le readmite en su cargo de consejero delegado la suerte está echada a favor del exdirectivo de UBS.

El hecho relevante enviado a la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) con el acuerdo de nombramiento por parte del consejo de administración no ofrece duda alguna. Por eso, hasta la fecha, las reuniones que han mantenido las representaciones legales de las dos partes (el despacho De Carlos Remón por el lado del italiano, y el bufete Uría por la parte del Santander) no han dado resultado alguno.

Lo mismo que cuando Jaime Pérez Renovales, secretario general y del consejo de Banco Santander intentó, en más de una ocasión, alcanzar un acuerdo amistoso que pusiera fin al litigio.

Lo de Orcel con el Santander es cuestión de orgullo

Andrea Orcel se siente herido por el modo en que el banco dio por nulo el 15 de enero pasado un acuerdo firmado el 25 de septiembre del pasado año que le nombraba consejero delegado de Banco Santander a partir del 1 de enero como pronto. Quienes le conocen de cerca creen que no se trata de una cuestión de dinero, sino de orgullo personal; de salvaguardar su honor.

Orcel ha acumulado una considerable fortuna durante sus años de trabajo en la banca de inversión: Goldman Sachs, Merrill Lynch, donde llegó a ser presidente ejecutivo, y UBS desde donde fué fichado por Ana Botín. En 2008 saltó al primer plano de la actualidad informativa al llevarse un bono de 30 millones de euros por su trabajo, un complemento a su salario.

En UBS había acumulado un salario diferido de 56 millones de euros. En el Santander hubiera ganado cerca de 11 millones de euros por todos los conceptos (fijo, variable y fondo de pensiones), lo mismo que Ana Botín ganó en 2018. Su segundo, José Antonio Álvarez, se embolsó 8,89 millones.

El salario acumulado diferido es lo que ha dado pie al Santander para prescindir de sus servicios, antes incluso de que se hubiera hecho cargo de su puesto cómo número dos del banco.

Banco Santander alegó modificaciones de las bases sobre las que el consejo de administración adoptó la decisión de designar a Orcel –25 de septiembre– y la imposibilidad de hacer frente a las compensaciones por remuneraciones en UBS, superiores a las que se tuvieron en cuenta al acordar el nombramiento.

Orcel considera disparatado pensar que un banco como el Santander, el de mayor capitalización bursátil de la Eurozona, no supiera las reglas de juego no escritas que existen en el sector financiero cuando se ficha a un ejecutivo de otra entidad.

En su pensamiento subyace tratar de hacer el mayor daño reputacional a Ana Botín. Algo que puede sorprender a más de uno, teniendo en cuenta que Orcel fue uno de los hombres de máxima confianza de Emilio Botín, fallecido hace cinco años. El que orientó las inversiones del Santander.

El Santander buscará un acuerdo con Orcel

Hasta el Lunes de Pascua, primer día laborable en la Comunidad de Madrid tras la celebración de la Semana Santa, el Santander tratará por todos los medios de pactar un acuerdo que, sin embargo, no parece cerca. Por una parte, Orcel permanece enrocado en su idea de que el banco tiene que pagar por lo que hizo.

Por la otra, Botín no puede dar marcha atrás en su decisión, fundamentalmente porque las razones por la que decidió no contratar a Orcel están más cerca del temor a perder poder que de los argumentos esgrimidos. Los bancos de inversión que están presentes calladamente en el capital de todas las entidades financieras fueron los avalistas de Orcel, al que veían como el hombre que podía cambiar el rumbo de la entidad.

El cruce de acusaciones entre las dos partes no permite ser muy optimistas. Orcel envió a Ana Botín un documento con una serie de acciones que hubieran tenido que ponerse en marcha con carácter urgente y que no gustaron a la presidenta. En ellas pudo entrever que las aspiraciones de Orcel eran infinitas.

Entre estas destacaban la necesidad de dar vida al valor en Bolsa, moverlo, o proceder a una reestructuración de la filial en Reino Unido. Desde la llegada de Botín a la presidencia del banco, las acciones del Santander han perdido un 51% de su valor, al pasar de 7,56 euros por título a 3,68. Orcel cuestionaba también que el salario de los principales ejecutivos no estaba en consonancia con su evolución en Bolsa.

En su defensa, el banco dice que todo el sector financiero en España y en Europa se ha visto afectado por la caída bursatil y acusa a Orcel de haber grabado conversaciones con directivos del banco, actuaciones que califica de “de dudosa calidad ética”.

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