Bajemos andando
Robert Duvall lo explicó en ‘Colors’. Un jefe de Policía Local me lo confirmó treinta años después: la experiencia no se descarga
Policía Local de Ourense. Europa Press – Archivo
¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí? El otro día tuve una conversación con un jefe de Policía Local que me dejó pensando durante horas. No porque dijera nada extraordinario, sino porque dijo exactamente lo que muchos pensamos y pocos se atreven a poner negro sobre blanco.
Empezamos hablando de seguridad, de turismo, de cómo la imagen de un municipio se construye también desde la calle. Un coche patrulla con veinte años y las pegatinas cayéndose no es un problema estético, es un problema de marca. Un empresario ruso que veraneaba por allí le dijo algo que resume perfectamente la cuestión: en Alicante su hija no podría jugar sola en la terraza mientras los adultos toman una copa. Aquí sí. Eso no es casualidad. Es trabajo.
Y en eso apareció un concepto que me pareció brillante en su sencillez: prevención por disuasión. No es lo mismo que prevención a secas. Puedes hacer prevención de muchas formas, incluso ineficaces. Pero cuando previenes para disuadir, cuando el delincuente potencial ya sabe que hay presencia, que hay control, que el territorio está marcado, los números cambian solos. Me contó cómo bajaron los hurtos en supermercados prácticamente a cero en seis meses. Sin grandes operativos. Sin tecnología punta. Con presencia, estrategia y criterio.
Pero la conversación se puso más interesante cuando llegamos a los chavales nuevos. Seis agentes recién salidos de la academia. Llegan con el chaleco puesto, el reglamento memorizado y cero tablas. Me lo describió con una claridad que duele: “No dominan la base, que es la sociabilidad y la asertividad”. Un problema en el parque, dos palabras en el tono adecuado y se resuelve en cinco minutos. O puedes escalar, complicarte la vida, escribir el atestado correspondiente y llamar a refuerzos. La diferencia no la pone el protocolo. La pone la experiencia. Y esa no se descarga.
Y aquí es donde la conversación tocó algo que va mucho más allá de la Policía Local. Hoy tenemos una generación de jóvenes que han crecido hiperprotegidos, con los padres haciendo los deberes, resolviendo los conflictos, negociando con los profesores, comprando el alcohol para el botellón “porque así saben lo que beben” y presentándose en universidades a reclamar exámenes de hijos mayores de edad. Y después esos jóvenes llegan al mundo laboral, al mundo real, con teoría a raudales y una fragilidad que no encaja con lo que les espera.
No es un problema de esta generación. Es un problema de la generación que les crió. Entonces me contó una historia. Una que su padre, también policía, le había contado a él. Y que curiosamente lleva décadas circulando porque aparece en Colors, la película de 1988 protagonizada por Robert Duvall: el toro viejo y el toro joven están en lo alto de una colina mirando el ganado. El joven dice: “Bajemos corriendo y nos follamos a un par de vacas.” El viejo le responde: “No, hijo. Bajemos andando y nos las follamos a todas.”
Una frase de película. Pero de esas que contienen más sabiduría práctica que muchos manuales de gestión.
Eso es exactamente lo que se pierde cuando no hay experiencia, cuando no hay tablas, cuando todo es urgente porque nadie enseñó a distinguir lo urgente de lo importante. Los agentes con treinta años de oficio resuelven en dos minutos lo que a un recién llegado le cuesta veinte y un parte. No porque sean más listos. Porque tienen el músculo de haber fallado, aprendido y ajustado mil veces.
El dato mata al relato. Y el dato aquí es sencillo: la experiencia no es un adorno. Es la herramienta más potente que existe en cualquier organización. Y llevamos años devaluándola.
La tecnología ayuda, y mucho. Drones, apps de transcripción, sistemas de coordinación en tiempo real para simulacros europeos de gestión de emergencias. Todo eso suma. Pero ninguna herramienta suple el criterio. Y el criterio se construye con años, con errores, con sentido común cultivado sobre el terreno. Con saber que las nueve menos cuarto de la mañana en un aparcamiento vacío no es el mismo escenario que las tres de la tarde en plena actividad comercial. Con saber cuándo el reglamento manda y cuándo manda el contexto.
Los problemas más importantes de las organizaciones, sean policiales, empresariales o educativas, rara vez son técnicos. Son culturales. Son de actitud. Son de saber parar, actuar, leer la situación y tomar la decisión correcta con información incompleta y tiempo limitado. Eso no se enseña en ninguna academia. Pero se puede cultivar. O se puede destruir.
Y llevamos años destruyéndolo.
¡Se me tecnologizan!