La del pulpo

La intromisión social, considerada siempre legítima, debiera tener también límites, como se exige, como contrapartida a las empresas en su actuar

Decenas de manifestantes durante una concentración contra la granja de pulpos frente al Congreso de los Diputados

Archivo- Decenas de manifestantes durante una concentración contra la granja de pulpos frente al Congreso de los Diputados, a 30 de agosto de 2023, en Madrid (España) – Ricardo Rubio / Europa Press

“Te va a caer la del pulpo” es una de esas expresiones que son difíciles de explicar, pero que, de pura evidencia, resultan gráficas a morir. Como base, además de machacar, majar, golpear o masear el pulpo para ablandarlo y hacerlo así más comestible, es necesario, al menos en Galicia, “asustarlo”, introducirlo y sacarlo con rapidez en agua caliente, hasta tres veces en líquido a cien grados. ¡Así cualquiera! Mediante golpizas y abrasamientos, imposible no volverse maleable. Para tranquilidad de algunos, esto se hace, claro, con el pulpo ya muerto.

Cultivar el pulpo

Nuestra Nueva Pescanova había inventado un modo de hacer cultivable el pulpo en cautividad, como si de otro vulgar bicho comestible y, ya cocinado, suculento se tratase. Vaya, tenía que ser precisamente el pulpo, “o noso polbo”, considerado uno de los seres más inteligentes del planeta. Incluso se estima que, además de ocho patas, tenga hasta nueve cerebros, al menos uno central y otros por pata. ¡Así cualquiera! Blando como es, maleable y adaptado a todo tipo de ambientes, puede plegarse a cualquier experimento y dar el pego; de aplicársele la máquina de la verdad, sería capaz de confundirla. Los experimentos realizados desde hace ya tiempo, no hacen más que poner de manifiesto la asombrosa inteligencia que demuestran los octópodos. Como una traición manifiesta, la denominación científica de pulpo es octopus vulgaris. ¡Pero vamos a ver, es vulgaris o inteligentaris! En qué quedamos…

Bajo la consideración sobre la alta capacidad intelectual y su posible dotación de conciencia más que demostradas, espoleado por un famoso emotivo y romantizado documental titulado “Lo que el pulpo me enseñó”, hay una serie de dilemas éticos, propios de los debates filosóficos más enconados, que impiden el cultivo del pulpo como prisionero encarcelado para su consumo. Tanto es así, que existe una oposición tan recalcitrante al maquinal cultivo del avispado animal que su desarrollo en Canarias fue paralizado y abandonado el proyecto por la abierta oposición de grupos activistas y científicos acreditados. Una inversión de 400 millones de euros para hacer posible la proliferación de seres inteligentes en el planeta que podrían resultar un revulsivo al cambio climático, total pa na; inconcebible.

La presión del entorno sobre las empresas puede llegar a ser asfixiante, sin duda alguna. Tanto como para abortar un proyecto con visos de resultar un auténtico revulsivo para la pesca en cautividad y el desarrollo de las piscifactorías, con los consiguientes respeto y cuidado medioambientales por el mar que supondría. Y ello debido a las evidencias científicas de las peculiaridades intelectuales del pulpo. Acabaremos convirtiendo al cefalópodo en animal de compañía, tal y como presagió en su momento aquel anuncio del juego de mesa Scattergories: “Vale. Aceptamos pulpo como animal de compañía”.

Una de las facetas poco estudiada sobre la responsabilidad social empresarial, la hoy llamada Sostenibilidad y sus criterios ASG, lo supone el coste que implica la presión social contra las empresas. Quizás porque a nadie le interese financiar este tipo de estudios. La intromisión social, considerada siempre legítima, debiera tener también límites, como se exige, como contrapartida a las empresas en su actuar. La democracia participativa o la acusación popular deberá tener también sus lindes, dado que la divisa, “el pueblo siempre tiene razón” o su derivada sobre la consideración acerca del colectivo de votantes, siempre también con su incuestionable verdad por delante, no son necesariamente razones legítimas. Populismo en estado puro, contento de receptores que los estima como ungidos por la gracia divina y, por lo tanto, sujetos de infalibilidad papal, dogma de corte carismático que convierte a su receptor en incontestable. Gajes de la invulnerabilidad derivada de considerarse indiscutible.

Esta cierta indefensión puede crear, de hecho, lo hace, un cierto miedo corporativo a concebir y poner en marcha proyectos, al menos, sin contar con el beneplácito externo.

La respuesta la tiene el elfo Dobby

La frontera de las exigencias sobre el actuar empresarial, como si de una ciudad norteafricana española se tratase, está ya más que sobrepasada con un último episodio de sinrazón razonable por supuestamente legítima: la presión ejercida por un destacado grupo de obsesionados con Harry Potter, ese personaje literario creado por J. K. Rowling, ha conseguido desviar un cable eléctrico submarino para no mancillar la irreal por literaria tumba del escurridizo elfo Dobby. Y así, un proyecto prácticamente obligado para el bien común, dado que permitiría llevar electricidad de Gran Bretaña a Irlanda para dotar de luz a 380.000 hogares, valorado en 503 millones de euros, hubo que alterado para evitar el lugar imaginado y ficcionado por la famosa escritora donde reposarían, imaginaria y ficcionadamente, los restos del mitológico, aunque muy doméstico personaje potteriano. Ya en su momento, la Fundación Nacional para los Lugares de Interés Histórico y de Belleza Natural, organización conservacionista estatal que permitió el monumento conmemorativo, había alertado de la degradación medioambiental que suponían los restos votivos que los fans dejaban en la ficticia sepultura del ajeno, en todo, aunque ahora feliz Dobby. Pero eso es aceptable por sensiblero.

Si a algún narrador se le ocurre escribir un conmovedor relato sobre pulpos, previamente ideado para convertirlo en serie para Disney Chanel al modo Bob Esponja, que no lo entierre en la costa gallega. A ver si así evitamos el remate ya final del marisqueo.

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