Alma, un restaurante amable

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Mallorca, 271 www.almahotels.com 93 216 44 78

30 de diciembre de 2011 (12:52 CET)

Visitar los hoteles de la ciudad en que uno vive ha sido durante muchísimo tiempo una rara costumbre en Barcelona; casi nadie lo hacía. Empezamos a romper aquel hielo, aquella sensación de que si entrabas en un hotel de lujo el conserje te iba a preguntar por tu número de habitación, cuando la intención era sólo disfrutar de sus bares, más caros, pero mucho más cómodos que los de a pie de calle, donde podías disfrutar de una copa bien servida. También para citas de trabajo a cualquier hora del día.

Desde hace algún tiempo, la llegada de chefs de prestigio a la cocina de estos establecimientos dio un vuelco definitivo a la situación. Porque no sólo se trató de ofrecer un buen servicio a los huéspedes, sino de atraer a gente de fuera y, finalmente, de montar una nueva fuente de negocio.

El Hotel Alma de Barcelona es no solo uno de estos hoteles, sino la clara demostración de que no todas las inversiones inmobiliarias de nuestras queridas y denostadas cajas de ahorros han sido una ruina. La sociedad propietaria de la cadena Alma Hoteles está participada en un 66% y a partes iguales por CatalunyaCaixa y por la CAM.

El establecimiento de Barcelona, que les ha costado 62 millones de euros, es un acierto por su comodidad, por su elegante discreción y por estar en el centro premium de la ciudad sin apenas coste alguno, pero con todas sus ventajas. Alguien de la firma hotelera pensó en abordar el capítulo de la restauración de manera uniforme para todos los establecimientos de la cadena e hizo una apuesta: contratar a una joven promesa de 26 años, Sergio Humada, de familia de restauradores vascos y él mismo curtido en unas cuantas cocinas de primer nivel.

El agradable ambiente de las instalaciones, el comedor al aire libre en el patio de interior de manzana que permite disfrutar de una comida al fresco y sin refrigeración en la prolongada temporada veraniega de Barcelona, con la posibilidad de prolongar la sobremesa en un cómodo sillón y la calidad de la oferta gastronómica han convertido al restaurante del Alma en un local de moda. De hecho, el gastrónomo Pau Arenós lo incluye en su irregular relación de los mejores locales del año que acaba.

Recuerdo haber visto el mismo día a personajes tan dispares y con tanto recorrido culinario como la poetisa Marta Pessarrodona y Jordi Alberich, director general del Cercle d’Economia. El economista comía y la escritora fumaba en el patio del Alma.

Humada ha desarrollado una fórmula de restauración muy interesante, con una carta breve, que es casi como un menú desde el punto de vista de facilitar el trabajo de la cocina. Cada plato –nueve primeros y seis segundos- tiene su precio; o sea, no hay paquete. Y, contando el postre y la bebida, sale de media algo menos de 50 euros.

El aperitivo de la casa son unas originales croquetas de butifarra y unas olivas gordiales rellenas artesanalmente de anchoas de l’Escala. Entre los primeros platos, yo destacaría los espaguetis, también con butifarra negra, y huevo escalfado; son tan buenos que saben a poco. El arroz con embutidos ibéricos y queso, que es muy resultón, da una pista definitiva de que esta cocina tiende a la utilización de productos muy habituales de formas y en platos poco convencionales.

Entre los segundos, una muy buena hamburguesa David, servida con ensalada y los aditamentos para que el comensal la termine de preparar a su gusto. La presa ibérica a la brasa con judías y pimientos es otra apuesta segura, aunque, si tuviera que recomendar un plato principal, me inclinaría por el bonito, que no está cortado a rodajas, sino en supremas sin piel ni espinas braseado con sal gorda y que va acompañado de cebolla caramelizada y tomate confitado.

En una buena parte de las mesas suele haber copas de cava, una bebida a la que invita el ambiente estival que evoca el comedor exterior, pero la mayoría de los comensales, que son gentes que han de volver a la oficina después de comer, bebe vino a copas. La carta de vinos es más bien corta, pero tiene la ventaja de que no da muchas posibilidades al cliente de equivocarse. En caso de optar por el tinto, los dos que ofrece la casa –Sierra Cantabria y Emilio Moro- ya indican por dónde van los tiros: por un camino acertado.

El servicio es muy amable, aunque yo diría que aún está en rodaje, y eso se nota. El “pero” más importante que pondría al local es la calidad del café, que desmerece; es de aquellos que antiguamente se calificaban como café de hotel. Los asientos del comedor interior son demasiado butacas y poco sillas, lo que no los hace muy adecuados para comer. ¡Ah!, y no pida una caña si lo que quiere es una caña, porque le servirán una mediana.

Es un muy buen comienzo que da pie a lo que, según los rumores, puede ser el siguiente paso: instalar un restaurante de nivel, equivalente al cinco estrellas GL que lo alberga, en el entresuelo del hotel.
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