La huerta del bajo lugar

stop

C/ Cerignola, 11 93 418 45 45

11 de noviembre de 2010 (16:13 CET)

Hay una pregunta que Diego Jover no puede eludir porque se la hace todo el mundo que visita su restaurante por primera vez; y no es para menos. ¿Qué quiere decir “La huerta del bajo lugar”?, el extraño nombre del local. La explicación es sencilla. Se trata simplemente de la forma en que consignó el funcionario de turno del catastro de un pueblo de la provincia de Castellón un terreno de la familia de su esposa, ya a las afueras del núcleo urbano y en claro declive hacia el río. La definición es realista, pero como nombre para una casa de comidas tiene miga. Y, ojo, que el subtítulo del establecimiento también se las trae, aunque es mucho más explícito: “Amigos del buen comer”.

Y en eso estamos. Esta familia tenía –y tiene- una torre en la plaza Lesseps de Barcelona en la que prepara comidas y cenas por encargo para grupos, especialmente para empresas. Allí ofician una cocina honesta, directa, con lo que se encuentra del día en la Boquería y normalmente elaborada a la plancha, sin aditamentos. Aunque tienen carnes, la tendencia hacia el pescado y el marisco es clarísima. Uno de sus habituales –gran publicista de la casa- es el gourmet y consejero delegado de Montblanc en España, Hubert Wiese. No solo le encanta lo que come, sino el ambiente y la disponibilidad de los propietarios que, si hace falta, les dejan a sus anchas hasta las tantas de la noche empujando la última copa.

En un momento determinado, y animados por los visitantes más asiduos de su torre –que han formado un club de amigos-, en febrero pasado se decidieron a abrir un segundo establecimiento, esta vez a pie de calle y en Sant Gervasi, justo detrás de la clínica Sagrada Família. Lo han decorado con visillos caseros en las ventanas que dan al exterior, lo que redondea la idea de sencillez y comedor familiar que quieren transmitir a los comensales. La carta, no muy extensa, sigue la estela de la torre: materia prima de calidad –sin problemas para avisar al cliente de los productos que no se han encontrado en el mercado-; sorpresas agradables, como los primeros erizos crudos a primeros de noviembre; plancha como fuego principal; y mucha variedad de entrantes, pinchitos incluidos, para hacer más divertida la comida o la cena. Una relación de vinos muy al día, con blancos chilenos a buen precio.

Quizá el lugar elegido para montar la segunda versión de La Huerta no sea el más adecuado. Es un barrio demasiado tranquilo, y lo digo a sabiendas de que a tiro de piedra del restaurante existen establecimientos clásicos de éxito, como el Shanghai, el Bar-bero y el Montesquiu. Merece la pena hacerle una visita; aires nuevos en la ciudad.
Suscribir a boletines

Al suscribirte confirmas nuestra política de privacidad