La Pepita, el reino de las tapas

stop

Córcega, 343 www.lapepitabcn.com 93 238 48 93

18 de noviembre de 2011 (12:52 CET)

Si un cliente con el que usted tiene suficiente confianza está de visita o un compañero de otra ciudad tiene que hacer noche en Barcelona, puede llevarles a cenar a un local que sin duda les gustará a poco que les interesen las nuevas tendencias. No es ni mucho menos un sitio para hacer negocios, pero podrán pasar un buen rato y usted demostrará que está al loro acompañándoles a este sitio, que en menos de un año de vida ya conoce un enorme éxito.


La Pepita, donde termina el Eixample y empieza Gràcia –un rincón que alberga un cluster de ocio nocturno-, es un bar-restaurante que ha sabido aprovechar el tirón de las tapas para proponer una oferta de enorme aceptación no solo para los lugareños, sino para los turistas que se mueven asesorados por el boca a boca de las redes sociales, y que la mayor parte de las noches son mayoría.

En estos momentos es probablemente el establecimiento más internacional de Barcelona con un ambiente juvenil y desenfadado, al que contribuyen mucho los camareros, rápidos, simpáticos y que se manejan bien con el inglés.

Es recomendable acudir para la cena, cuando el local está más en su ambiente. De hecho, entre semana cierra a la una y media de la noche y los sábados a las dos y media, lo que ya es significativo de la vocación de la casa, cuyo nombre no hace referencia a la dueña, sino a su especialidad: múltiples versiones del clásico pepito de ternera, desde la vegetariana, la de mozarella, la de foie o la macpepita, pasando lógicamente por la de lomo. Las hacen sobre una fina coca elaborada en su cocina y se comen no en bocadillo, sino con cuchillo y tenedor.

Está decorado con esmero creando un ambiente amable. Las sillas de madera son un inconveniente, un poco incómodas por duras. Tanto los azulejos de la barra como los del comedor interior recuerdan el entorno de una taberna andaluza donde el cliente no necesita pasar mucho tiempo para degustar las tapas. Se nota que hay una mano o una sensibilidad femenina detrás del negocio en algunos detalles, como los jarrones de flores salpicados por todo el local.

Esa mano es la de Sofía, copropietaria junto a Sergio, el cocinero. En estos momentos luchan para que el éxito no los desborde, y emplean a fondo sus cualidades de relaciones públicas. Cuando se les presenta un periodista gorrón –de esos que hay tantos en el mundo de la gastronomía- lo torean con habilidad y un chupito de cortesía.

Además de servir una cerveza bien tirada en zuritos, La Pepita sirve vinos a copas y vermut de la casa. Tiene buenos aperitivos, como boquerones, anchoas, patatas bravas –correctas, aunque a distancia de las del Tomàs o las del Bohémic-, ensaladilla rusa.

También propone las tapalatas, una versión de los platillos más innovadores, como el que hace a base de foie, servidos en recipientes que imitan las latas de conserva, esos que ahora se han puesto tan de moda. Y cazón a la andaluza, un pescado difícil de comer en Barcelona. Otro toque sureño es la garantía del jamón –lo que ya justifica una visita-, que no es del sur, sino de Guijuelo, en tapa o ración, bien cortado y sabroso. Las croquetas de pollo rustido con romesco es uno de los platillos más acertados. Otra de las especialidades es la anchoa sobre dulce de leche, una combinación curiosa y algo pesada.

En el capítulo de postres se repiten las pepitas e incluye cigaló e irishcofee, además de los gin-tonic “maravillosos” con un amplio surtido de ginebras para rematar la noche. De la misma forma que merece subrayarse la amabilidad del personal, hay que tener presente que la enorme afluencia de clientela nocturna puede distraer a los camareros, de modo que, igual que se olvidan de anotar una copa de vino que has tomado pueden equivocarse y añadir una tapa que no has pedido; hay que revisar la cuenta. Una cena sale de media por unos 30 euros. Al mediodía funciona con una combinación de menús a precios asequibles.
Suscribir a boletines

Al suscribirte confirmas nuestra política de privacidad