Mauri, la cuarta generación

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Rambla de Catalunya, 102 www.pasteleriasmauri.com 93-215-10-20

30 de marzo de 2012 (10:35 CET)

Desde 1929, en el chaflán de Rambla de Catalunya con la calle Provença funciona la pastelería Mauri. Primero fue un colmado, de ahí la presencia de pinturas en los techos con la figura de la diosa de la abundancia. Pero como el fundador era pastelero pronto empezó a introducir los dulces en la oferta de la casa, que terminó por convertirse en una confitería.


Es el único salón de té que ha resistido el paso de los años y de las modas en Barcelona. Durante mucho tiempo fue el lugar de cita de las burguesas locales cuando salían de compras o iban al cine con las amigas, una parroquia que le daba un aire un poco pijo. Hoy es distinto. Entre su público hay muchas señoras, muy por encima de la media de otros locales, pero la clientela del mediodía es tan variopinta como en cualquier otro restaurante.

La incorporación, primero, de bocadillos y pastas saladas y, después, de platos cocinados transformó definitivamente a Mauri en el establecimiento que ha llegado a nuestros días. Su inclusión en las guías turísticas –en especial las japonesas; la Pedrera está a tiro de piedra- ha contribuido a dibujar el paisaje humano de la pastelería en la que ahora ya trabaja la cuarta generación de la familia propietaria.

La distribución de los mostradores, incluso la disposición de la caja, en retaguardia, es la propia de una vieja tienda de ultramarinos del estilo Murria o Quilez, de los clásicos del Eixample. La decoración y el mobiliario hablan también de la historia de Mauri: acogedor y algo decadente, como las viejas cafeterías bonaerenses.

Dos pequeñas salas, una en la parte de la charcutería, donde se exhiben los productos en conserva y los platos cocinados para llevar, para servir caterings, o para comer allí mismo, y otra junto a los mostradores. En el interior, dos salones a distinta altura con capacidad para unas 50 personas.

Su fuerte siguen siendo los desayunos y las meriendas. Es un lugar habitual de citas informales para asuntos de trabajo de tres o cuatro comensales, más a media jornada que en comidas. Antes de que los hoteles de Barcelona se pusieran al día y abrieran al público sus restaurantes y cafeterías, se recurría mucho a Mauri para ese tipo de encuentros formales, discretos y más o menos breves.

Al mediodía ofrece un menú sencillo y rápido a 14 euros. La media de una comida a base de platos cocinados de la charcutería –ensaladillas, fideuá, rosbeef- con vino a copas sale por unos 30 euros.

La terraza es una de las más solicitadas de la ciudad, de manera que en los días que hace bueno siempre se forma cola. Es un buen lugar para ver y ser visto. Además del menú, dispone de una sucinta carta de cuatro posibilidades de primeros y segundos, que llegan a las mesas en buenas condiciones a pesar del viaje desde la cocina, que obliga a atravesar la concurrida rambla.

Parte del éxito de público responde a la relación calidad precio de los platos, sencillos, pero que superan con holgura el aprobado, como ocurre con los vinos. Una comida a la carta en el exterior sale por algo más de 35 euros. El café, Tupinamba, sería mejor si estuviera bien dosificado y también soporta peor que la comida el viaje hasta la mesa.

Es recomendable acompañar el café con alguna de las especialidades de la casa, un pastelito o quizá un chocolate. La enumeración de sus variedades es inacabable. Leí hace unas semanas Quan érem feliços, el premio Josep Pla de este año, en el que Rafel Nadal evoca un sueño recurrente de su infancia: se queda encerrado una noche entera en una antigua pastelería de Girona con todo aquel paraíso azucarado a su absoluta disposición.

Cada vez que a lo largo del libro Nadal hacía referencia a aquel trauma goloso de los años duros, yo me acordaba de la abundancia y la diversidad de los mostradores de Mauri y del olor que sale a saludarte cuando ya estás a unos metros de sus escaparates.
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