Santa Teresa, el poder del menú

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Plaza de Tetuán, 35 Restaurante Santa Teresa 93 245 48 08

03 de agosto de 2012 (11:25 CET)

En los alrededores del paseo de Sant Joan de Barcelona existían desde hace muchos años tres restaurantes que tenían en común a sus cocineras, que eran hermanas. El Portolés, el Sant Joan y el Santa Teresa eran tres locales que tenían en común, además de su cercanía geográfica y de los lazos familiares de las cocineras, la fórmula para dar de comer a la gente del barrio y de las empresas de la zona.

Sin menú, con la oferta expuesta en pizarras. Los dos primeros siempre han tenido mucho éxito porque la relación calidad precio es muy alta, compensa las colas de espera, la servilleta de papel, el ruido ambiente y, a veces, solo a veces, la torpeza de los maridos de las cocineras para estar de cara al público.

El caso es que el Santa Teresa acabó cerrando sus puertas. Curiosamente, era donde el consorte estaba más dotado para las relaciones públicas, pero ya se sabe: son los misterios de los negocios. Les dio el relevo un cocinero joven, sueco, que había pasado por el Racó de Can Fabes y por el local de la calle Sant Agustí de Jean Luc Figueras, y llegaba con ganas.

Lo primero que hizo el joven Kim Persson fue meterse en reformas, de manera que en la pared aparecieron piedras a la vista, y en el techo ladrillos y vigas de madera. Y así ha quedado, con una mano de pintura ocre en la pared de enfrente, unas luces suaves y una música íntima. Cuando lo observas desde una mesa del altillo da la impresión de que estés en una masía acicalada de esas de l’Empordà.

Estoy convencida de que Persson es de esos cocineros que saben tanto de fogones como de economía. Debe tener olfato para los negocios, porque también se ha metido de socio en la reconversión del viejo colmado Betlem de la calle de Consell de Cent en un local de copas y taperío, un gastrobar.

Si Persson no tuviera esa vis comercial, no podría ofrecer el menú de mediodía a 14 euros. Es verdad que hay un poco de trampa, porque has de elegir entre el postre o el café, y que algunos platos llevan un pequeño suplemento, pero aun y con eso la comida del Santa Teresa –conserva el nombre- vale bastante más de 14 euros, aunque cueste 14. Por la noche y los sábados al mediodía está a 17,8 euros.


La carta es breve y no suele variarla con frecuencia. Imagino que es uno de los pilares en que soporta su cuenta de explotación, junto a la nómina: él en la cocina y Rosa Díaz atendiendo las mesas. Después de unos pica-pica clásicos –bravas, croquetas, fuet- a buen precio, se trata de elegir entre los platos que aparecen en cada apartado y comer a la carta o regirse por el menú, que incluye el entrante, el segundo y el postre/café.

Entre los primeros, siempre hay una crema del día que canta la camarera, como también informa de viva voz del pescado de la jornada. Lleva incorporado el vino de la casa, peleón, pero no agresivo. Está fresquito y pasa bien; no hace estragos. Puedo dar fe.

 
La última vez que lo visité, y tras una caña Moritz bien tirada, empecé con una ensalada verde con queso y frutos secos, con miel disuelta en la vinagreta. Muy bien. Tenían otra de pollo que ya había probado. En total, cinco entrantes, incluida la crema de guisantes. El de salmón marinado con calabacín y crema de rábano picante lleva una penalización de un euro.

Entre los segundos, los mejores son el jarrete de ternera y las albóndigas con sepia. En este último almuerzo me decanté por el arroz con conejo –deshuesado- y guisantes; no me desagrada que crujan un poco, pero estaban algo duros. El pescado del día era atún.

Cuatro postres, incluida una ensalada de fruta. El hojaldre con crema catalana es más que correcto, aunque me inclino por la pannacota con mermelada de frambuesas. El café, Lavazza, bien servido.
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