Windsor (II), probablemente el mejor

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C/ Córsega, 286 www.restaurantwindsor.com 93-237-75-88

25 de octubre de 2013 (11:36 CET)

Aunque puedo equivocarme, creo que en estos momentos el restaurante Windsor es el mejor de Barcelona. No me refiero solo a su cocina, que es muy buena, sino al conjunto de la oferta del establecimiento y a la relación calidad/precio.

En estos días es raro que un restaurante no barato llene a diario, tanto al mediodía como por la noche. Los salones privados, el comedor principal y la terraza están ocupados casi al cién por cién. Hay parejas y mesas de amigos, pero la inmensa mayoría de los comensales están por asuntos de trabajo. La terraza del patio interior le da un aire casual que compensa la formalidad del resto del local y atrae a grupos nocturnos.


Está abierto desde 1996 y ocupa el piso principal de una casa señorial en un tramo discreto de la calle Córsega, en el corazón del Eixample más burgués. En el primer semestre de este año hizo reformas, muy visibles en la terraza, que casi ha triplicado su espacio, y en la entrada, que es más funcional que antes, menos elegantona.

El propietario


Joan Junyent, el director del establecimiento, se hizo con la propiedad hace algo más de un año, lo que le dejó las manos libres para introducir algunas modificaciones. Hay que decir que ha acertado. O al menos así cabe deducir del éxito que ha cosechado desde junio pasado, cuando los cambios fueron operativos.

Lo más destacable de Windsor es su servicio. Ya lo dije en mi primer comentario sobre esta casa, hace tres años. Continúa en esa línea porque el responsable sigue siendo Junyent, que entró como camarero, llegó a director y ahora también es el propietario.

Solo hay que observar cómo se mueven los camareros cuando entran en el comedor: están atentos y buscan constantemente la mirada del jefe, de forma que este solo tiene que hacer un gesto. Lo mismo pasa con los clientes. Windsor es de esos lugares donde no hace falta levantar la mano, porque en menos de treinta segundos de búsqueda hay un empleado que repara en tí.


Aunque el restaurante se autocalifica como de cocina catalana, no hay que dejarse engañar. Es catalana porque la hacen catalanes, pero en absoluto es lo que habitualmente se entiende por tal. Su carta es moderna y ecléctica, con platos de aquí, claro, hecha para todo tipo de gustos con guiños para la gente que se contiene en las comidas, como las medias raciones y las fórmulas vegetarianas.

Tres menús


Tiene tres menús. El de mediodía, de 29 euros sin vino; y dos de degustación: uno más contenido a 71 euros con bebida, y otro con sus “mejores creaciones” por 99 euros, incluidos los vinos. Y la carta, que empieza con lujos como el caviar holandés Royal Dutch, las ostras normandas Gouthier y las anchoas de L’Escala El Xillu triplecero, es extensa, aunque sin llegar a las antiguas desmesuras. Tras las ofertas “para picar”, incluye nueve entrantes, tres arroces, seis pescados y otras tantas carnes.


Me sentaron en la terraza, donde ubican a quienes la piden, a las mujeres y a los hombres descorbatados; allí el ambiente es menos serio y rígido que dentro. Además, se puede fumar. La cañita Moritz, bien tirada y fresquita; acompañada por unas almendras torradas y unas cortezas, cortesía de la casa. Una vez hice la comanda, un pequeño aperitivo de mouse de foie con mermelada de higos.

A sugerencia del maître, de primero pedí una ensalada de burrata con tomate confitado que estaba fuera de carta. Ni me equivoqué, porque estaba buenísima; ni me clavaron, como suele ocurrir, porque costaba 13,75 euros más IVA. Y, luego, un steak tartar con el solomillo troceado con cuchillo –una técnica que es muy apreciada por artesanal, pero que no es mi preferida- que también estaba muy rico y por el que pagué 23,80 euros (la media ración marcaba 16,60, pero sospeché que hubiera resultado escasa).

Los vinos

Tomé una copa del priorat Reflexe, que pagué a 5,8 euros. Casi el 60% del precio de la botella en bodega, que es de 10 euros. La carta de vinos es muy buena, pero se pasan bastante en los precios.

Por copas se puede entender que con dos de ellas cubran el beneficio, la merma y la inversión de comprar los tres cuartos de litro, pero cargar más del doble en vinos corrientes como el Palacio de Bornos, que pasa de 5,6 euros a 19,30; o 46 euros por el muy solvente Aalto del 2010, cuando en bodega cuesta 23, no tiene sentido. Es una política que obliga a la gente corriente a conformarse con una copa. Y llegará un día en que los contables de las empresas echarán para atrás facturas con cargos de ese estilo. Eso se llama matar la gallina de los huevos de oro.

Me obsequiaron con tres petits fours antes de ponerme el café, un Novell de los mejores que he tomado en los últimos meses. Quizá me supo tan rico porque pude acompañarlo de un cigarrillo allí mismo. Pagué 52 euros.
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