2031, Europa ante el espejo 

Estados Unidos alberga el 80% de la computación avanzada del planeta; Europa, apenas el 5%

Circula estos días un documento que debería quitarnos el sueño. Se titula Europe 2031, lo firma un puñado de investigadores europeos y no es ciencia ficción, sino la extrapolación de tendencias que ya están entre nosotros. Narra cómo el continente, desde aquel enero de 2025 en que DeepSeek convenció a media Bruselas de que se podía competir con cuatro duros, resbala capítulo a capítulo hacia la irrelevancia.

Lo inquietante es que sus cifras son las cifras reales. Estados Unidos alberga el 80% de la computación avanzada del planeta; Europa, apenas el 5%. El mayor superordenador americano opera a 1.250 megavatios; el mayor europeo, a 83. Los hiperescaladores estadounidenses enterraron más de 400.000 millones de dólares en centros de datos solo en 2025. El célebre fondo InvestAI de 200.000 millones era, en buena parte, dinero reetiquetado. OpenAI levantó 122.000 millones en una sola ronda: más de lo que toda la industria europea de inteligencia artificial ha captado en su historia.

Y, sin embargo, hay una buena noticia agazapada en el relato y quizá llegue lo bastante pronto para darnos tiempo a reaccionar. Porque el verdadero enemigo de Europa no es Washington ni Pekín, sino una forma muy nuestra de cobardía: la de quien ve venir una ola, mide su altura con precisión notarial y decide que el agua está demasiado fría para meterse.

Algunas de las medidas que necesitamos no tienen coste; deberíamos tomarlas igualmente. Conectar un proyecto a la red en días y no en años, pagando por acometidas prioritarias. Autorizar centros de datos con un papeleo de semanas y no años, y dejando que el impuesto sobre actividades económicas se quede en el municipio y se traduzca en rebajas fiscales para el vecino, que así verá un beneficio tangible. Nada de esto exige reescribir los tratados.

Donald Trump, candidato a la presidencia de Estados Unidos
Donald Trump. Foto: Europa Press

Otras medidas sí duelen, y conviene decirlo sin eufemismos. Sin electricidad barata y fiable las veinticuatro horas no hay industria de la IA: eso significa gas, nuclear y renovables, lo que haga falta para garantizar potencia firme. Significa también crear un régimen laboral paralelo y voluntario, al que empresas y trabajadores puedan acogerse, con libertad real para contratar y despedir. La dificultad de despedir es una de las razones de fondo de nuestro atraso; los daneses llevan treinta años demostrando que la flexibilidad se combina con la protección al que cae.

La Administración Trump ya ha impuesto restricciones de exportación sobre Fable y Mythos, los sistemas de IA más potentes de Anthropic, La orden prohíbe a investigadores de nacionalidad extranjera colaborar en el desarrollo de estos modelos dentro de territorio estadounidense ¿Qué será de los Hassabis, los Sutskever, los Karpathy el día en que los controles de exportación les cierren la puerta de su propia obra? ¿Será capaz Europa de atraer parte de este talento?

Es un consuelo barato decir que todo esto es una anomalía pasajera o el exceso de un presidente de piel anaranjada. Puede que esos controles se levanten mañana y olvidemos el susto. Pero el guion seguirá ahí. La política nunca está madura: no lo estuvo con la covid ni con la invasión de Ucrania, y aun así rompimos todas las reglas porque entendimos que nos iba el futuro. Esta vez también nos va. Como enuncia el verso del poeta galés Dylan Thomas “Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz”.

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