España debe duplicar su productividad
España cerró 2025 como la economía de mayor crecimiento de la Unión Europea por tercer año consecutivo
El mes pasado, el recién creado Consejo de la Productividad de España compareció ante la Comisión de Economía del Congreso. Lo hizo con una frase que debería haber copado portadas y no lo hizo: el crecimiento económico depende casi exclusivamente del crecimiento de la productividad. No del empleo, no del turismo, no de los fondos europeos. De la productividad. Y la de España lleva décadas estancada.
El contraste con el relato oficial no podría ser más llamativo. España cerró 2025 como la economía de mayor crecimiento de la Unión Europea por tercer año consecutivo, y el Gobierno lo celebró con la puntualidad de siempre. Lo que no salió en la rueda de prensa es que el PIB per cápita real se sitúa en 28.320 euros anuales (Eurostat), un 33% por debajo de la media de la eurozona, una diferencia cinco puntos porcentuales superior a la de hace quince años. Somos la cuarta economía de la UE en tamaño y ocupamos el puesto catorce en renta por habitante. El pastel ha crecido. Los comensales comen lo mismo.
España ha crecido importando trabajadores —más de 600.000 nuevos residentes extranjeros solo en 2025—, lo que infla el numerador del PIB sin que el denominador mejore. El último Observatorio del Ciclo de FEDEA y BBVA Research lo cuantifica sin ambages: la productividad por empleado equivalente a tiempo completo sigue un 3,3% por debajo de los niveles prepandemia. El tirón económico reciente se explica por consumo, vivienda y crédito —demanda pura—, mientras los factores de oferta, los que sostienen el crecimiento a largo plazo, restan más de un punto porcentual. España crece, pero por las razones equivocadas.
El Consejo de la Productividad puso ante los diputados una cifra que debería obsesionar a cualquier político con sentido de Estado: si el PIB per cápita español fuera un 10% más elevado, la recaudación tributaria aumentaría en unos 60.000 millones de euros, suficiente para elevar el gasto público social en un 15%. La productividad no es un indicador técnico para economistas; es la fuente de financiación de todo lo demás.
Los seres humanos somos notoriamente malos percibiendo diferencias que se acumulan de forma compuesta. Una pérdida de medio punto anual de productividad relativa parece inocua en el trimestre; proyectada a veinte años, determina si un país puede pagar sus hospitales.
Si el PIB per cápita español fuera un 10% más elevado, la recaudación tributaria aumentaría en unos 60.000 millones de euros
Y los ciclos electorales son el cómplice perfecto de ese sesgo. Las reformas que mejoran la productividad —calidad regulatoria, reasignación de recursos hacia empresas más eficientes, adaptación educativa al nuevo contexto tecnológico— devuelven dividendos en la legislatura siguiente o en la que le sigue. Son invisibles para el votante de este mes. Crear empleo, en cambio, aunque sea precario o poco productivo, genera un titular inmediato. El resultado es que en los últimos siete años el PIB ha crecido 286.000 millones de euros mientras el PIB per cápita real apenas ha subido 1.120 euros por persona. Un crecimiento que se evapora al dividirlo entre quienes lo generan.
Para mantener el crecimiento del PIB per cápita mientras se reducen las horas trabajadas, España necesita crecer al 2% anual en productividad por hora. Desde 2022 crece al 1,1%. La mitad. Y la demografía no perdona: la ratio de empleo sobre población total caerá en las próximas décadas incluso en escenarios de pleno empleo e inmigración elevada. Se anticipa una reducción neta de la población a partir de la década de 2030. El único factor que hoy compensa parcialmente la brecha con Europa es que los españoles trabajan más horas que sus vecinos. Es, literalmente, el último recurso disponible. Y es precisamente ahí donde apunta la agenda de reducción de jornada: al único colchón que queda, sin tocar el problema de fondo: la productividad.
Creciendo la productividad al 1,1%, el PIB per cápita se duplica cada 70 años; si se crece un 2%, se duplica cada 35. La respuesta a esta encrucijada no llegará en el próximo dato trimestral. Llegará, compuesta e inexorable, dentro de unas décadas.