Marruecos huele como nadie la debilidad de España

Lo que Rabat ha entendido mejor que nadie es que la debilidad de España no es militar ni económica. Es política

La raíz de muchos de los problemas de España con Marruecos se llama indiferencia. La historia nos ha demostrado que no pocos de los quebraderos de cabeza y crisis más profundas nos han llegado del otro lado del estrecho de Gibraltar. Pero, a pesar de esto, nunca le hemos dedicado a nuestro vecino del sur la atención que, por la cuenta que nos trae, deberíamos prestarle. Nuestra vocación europeísta y atlantista nos ha quitado tiempo para mirar hacia abajo. Ellos, sin embargo, nos escrutan. Nos observan con lupa. Toman nuestra temperatura política y actúan en consecuencia. Y casi nunca para bien.

Así que en esta crisis nos ganan porque, sencillamente, tienen una estrategia. Mientras que nosotros solo reaccionamos con improvisación. Marruecos lleva semanas demostrando que sabe mover mejor sus piezas en el tablero. Ha estudiado nuestras debilidades y actúa para que las vea todo el mundo. En cada respuesta descoordinada, en cada declaración contradictoria y con cada conflicto de competencias entre el Gobierno central y las comunidades autónomas, España se encarga de demostrar que no somos tan serios. El lobby marroquí, sin embargo, está perfectamente engrasado. Es la ventaja de ser una dictadura con afán expansionista.

Un ejemplo es la nueva exigencia de Rabat de repatriar a todos los menores no acompañados que permanecen en España. No se engañen. No es un gesto humanitario ni una iniciativa diplomática espontánea. Es el tercer movimiento de una partida que empezó el 30 de julio, cuando más de 80.000 personas cruzaron a Ceuta perfectamente organizadas por una mano que, como dijo Aznar en su día, no está en desiertos remotos ni en montañas lejanas. Así que Marruecos solo ha tenido que esperar, con la serenidad del que conoce bien a su adversario, a que España haga lo que siempre hace cuando se enfrenta a una crisis: dividirse.

Marruecos lleva semanas demostrando que sabe mover mejor sus piezas en el tablero

No tardó. Las comunidades autónomas del PP rechazaron acoger a los menores alegando falta de recursos. El Gobierno central acusó a los gobiernos regionales de irresponsabilidad. Los socios nacionalistas de Sánchez, que tampoco quieren más menores, pidieron explicaciones que el Gobierno vetó en el Congreso. La Fiscalía dictó instrucciones que nadie aplicaba con uniformidad. Y Marruecos observaba cómo una crisis que él mismo había provocado se convertía, en tiempo récord, en un conflicto interno español de primera magnitud. Exactamente lo que buscaba.

Hay que reconocer que pedir ahora la vuelta de los menores es una jugada que tiene una elegancia cruel: al exigir la repatriación, Marruecos se alinea con la opinión pública española mayoritaria —el 80% apoya el retorno, solo el 9% respalda repartirlos por comunidades— justo en el momento en que el Gobierno de Sánchez no puede darles lo que piden sin violar su propia legislación, que exige un procedimiento individualizado para cada menor. Si España repatría masivamente, vulnera el derecho internacional. Si no repatría, Marruecos se presenta ante el mundo como el país responsable que reclama a sus niños mientras España discute de competencias. Jaque.

Varias personas esperan en el exterior del Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) en Ceuta
Varias personas esperan en el exterior del Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) en Ceuta. Europa Press

Lo que Rabat ha entendido mejor que nadie es que la debilidad de España no es militar ni económica. Es política. Con cada crisis, con cada catástrofe, lo primero que salta a la vista es la división; no proyectamos solidez hacia el exterior, así que nuestros vecinos, que tienen aspiraciones territoriales sobre Ceuta y Melilla, leen esa fragilidad como una oportunidad.

La división en política migratoria es evidente. El Gobierno central usa a los menores como palanca de presión sobre las comunidades autónomas del PP, que a su vez se enfrenta a la política de Vox; y los socios parlamentarios de Sánchez, por su parte, convierten cualquier medida de control fronterizo en una acusación de xenofobia. Un escenario de descoordinación estructural en el que Marruecos no necesita desarrollar grandes operaciones. Le basta con abrir el grifo y esperar.

Que Marruecos exija ahora la repatriación no es un cambio de postura sino una demostración de que controla los tiempos. Abre el grifo cuando le conviene. Lo cierra cuando quiere. Y exige soluciones en sus términos solo cuando le viene bien. Todo ello mientras el Gobierno español responde a Rabat con agradecimientos por una “cooperación” que ha hecho que en Europa nos vean como un coladero.

La crisis de Ceuta no ha terminado. La ciudad autónoma vive una situación insostenible, pero nosotros seguimos sin tener una respuesta común, una voz única ni una política que no dependa de intereses partidistas.

Un ejemplo: se dice que Marruecos ya ha movido todos sus hilos para garantizarse la final del Mundial de Fútbol en su nuevo y majestuoso estadio de Casablanca. España, de momento, no ha movido un dedo. Se dice también que a Sánchez no le agrada conceder esa baza de triunfo a Madrid. En Rabat ya se relamen con el aroma que les llega del otro lado del Estrecho. Son los primeros en olerlo.

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