Marruecos, el socio que Pedro Sánchez nunca reconocerá

solo hay una manera de entender la política exterior de Pedro Sánchez con Marruecos que lo explica todo: tratarla como si fuera política interna

Aitor Esteban, Puigdemont, Otegi, Junqueras, Mohamed VI… todos tienen algo en común. Efectivamente, que están en la misma cola que se forma frente a la caja donde Pedro Sánchez paga por seguir en la Moncloa. Y es que solo hay una manera de entender la política exterior de Pedro Sánchez con Marruecos que lo explica todo: tratarla como si fuera política interna. No como una relación entre Estados soberanos con intereses distintos y a veces contrapuestos, sino como una negociación más dentro del ecosistema de cesiones y contrapartidas que sostiene en pie al presidente y su gobierno.

Mohamed VI, visto desde ese ángulo, no es el monarca de un país vecino con el que España tiene una frontera, historia y conflictos de soberanía. Es un socio más. El que nunca aparecerá en ninguna foto de investidura pero que cobra sus facturas con la misma puntualidad que cualquiera de los independentistas del País Vasco y Cataluña. La lógica es idéntica. Cuando Sánchez se ve presionado, opta por contentar a quien puede poner en jaque su continuidad. Con los socios catalanes eso ha significado indultos, amnistías y conciertos fiscales que desbordan el marco constitucional.

Con los vascos, acercamiento de presos, posterior libertad para casi todos y mirada larga hacia el Estatuto. Con Marruecos ha significado el reconocimiento de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, hecho sin pasar por el Congreso, sin informar a la oposición y sin ninguna explicación pública más allá de una carta filtrada a la prensa. El procedimiento es siempre el mismo: cesión opaca, ausencia de rendición de cuentas y socios parlamentarios que miran para otro lado porque ninguno de ellos va a defender la españolidad de nada.

Lo que distingue a Marruecos del resto de socios es que Mohamed VI no necesita ni sentarse a negociar. Le basta con el Estrecho y con el recuerdo del 11-M. Y el Estrecho, en manos de un régimen que sabe usarlo como palanca de presión, vale más que cualquier mayoría parlamentaria. Cada vez que Rabat abre o cierra el grifo migratorio, el Gobierno español reacciona. A veces con silencio. A veces con agradecimientos. Nunca con la contundencia que correspondería a un Estado que se toma en serio su soberanía.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante un pleno extraordinario, en el Congreso de los Diputados. I Foto: Jesús Hellín (Europa Press)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante un pleno extraordinario, en el Congreso de los Diputados. I Foto: Jesús Hellín (Europa Press)

Pero la relación tiene además una segunda dimensión que conviene no perder de vista. Y es que Marruecos es un caladero de votos para los socialistas. Los ciudadanos marroquíes nacionalizados votan a la izquierda por un margen de hasta 45 puntos sobre la derecha, según algunos estudios de comportamiento electoral.

La regularización masiva, la política de puertas abiertas, la cesión sistemática ante Rabat: todo encaja en una misma lógica cuando se mira desde el ángulo de los intereses socialistas. Marruecos facilita el flujo migratorio. España regulariza. Los regularizados votan a quien los regularizó. El círculo se cierra. Y nadie en el Gobierno tiene demasiado interés en que ese círculo se vea interrumpido. Por mucho que proteste la UE.

Mohamed VI lo sabe y actúa en consecuencia. Con la misma precisión con que Puigdemont calibra el momento de retirar su apoyo parlamentario, el monarca alauí calibra el momento de abrir o cerrar la presión sobre Ceuta y Melilla. Los dos saben que Sánchez cede. La diferencia es que uno lo hace desde Waterloo y el otro desde el otro lado del Estrecho.

Lo ocurrido esta semana en Ceuta es la versión más descarnada de esa dinámica. Agentes marroquíes que se retiran al paso de los jóvenes. No fallaron ni fueron desbordados: se retiraron. Un Estado tiene la obligación de controlar sus fronteras e impedir salidas masivas hacia terceros países. Que no lo haga no es un problema de gestión. Es una decisión política. Y las decisiones políticas tienen un responsable que no son las mafias, por mucho que la palabra se repita hasta vaciarla de sentido.

La respuesta española ha sido la de siempre: agradecimiento por la cooperación, unas boyas en el espigón y el anuncio de reformas legales para hacer lo que ya debería estar hecho.

Marruecos lleva décadas diciendo en voz alta que Ceuta y Melilla son suyas. Esta semana ha dado un paso más. Y Sánchez le ha respondido como responde a todos sus socios: cediendo lo suficiente para que no le quiten el sillón.

Continuará.

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