La extrema izquierda vasca campa a sus anchas

Lo llaman euskaldunizar los espacios. Lo que significa, en la práctica, que los espacios que no se euskaldunizan del modo correcto son espacios en disputa

Mientras algunos aseguran que la extrema derecha llegará a nuestras calles cuando Pedro Sánchez deje de gobernar, aquí, en el País Vasco, seguimos en nuestro particular y ya clásico máster de adaptación al fanatismo gracias a la versión local del radicalismo abertzale. Una extrema izquierda que campa a sus anchas por las calles, las plazas con pantalla gigante para ver el Mundial y los campamentos de verano para niños a los que ideologizar por la vía del acojone.

En Zuhatza, Álava, sin ir más lejos, durante la semana del 8 al 14 de julio, varios monitores intervinieron de manera directa y coercitiva para impedir que unos niños continuaran dibujando la bandera de España, espetándoles que «Euskadi no es España y no somos españoles». El padre de una niña guipuzcoana de nueve años llevó el caso al Ararteko (Defensor del Pueblo en el País Vasco). Nueve años. La edad en que uno todavía no sabe bien qué es una nación, pero ya aprende, si los monitores hacen bien su trabajo, qué banderas están permitidas y cuáles no. Y algo similar pasó en otro campamento alavés, en Barria, donde los monitores llamaron fachas a niños de diez años por pintar la bandera de España en sus gorras y querer ver la final.

No son casos aislados. Representan un patrón. La Ertzaintza investiga también los hechos ocurridos en el campamento de Bernedo, organizado por la asociación municipal que controla la izquierda abertzale, donde los niños compartían duchas mixtas, había monitoras en topless y monitores que cocinaban desnudos. Un laboratorio pedagógico de vanguardia, podría decirse, donde la ideología de género, el abertzalismo y la desinhibición corporal se mezclaban en un cóctel que ningún padre aceptó conscientemente al rellenar el formulario de inscripción.

Mientras tanto, en las calles de Bilbao, un adulto se encaró con un menor de dieciséis años que llevaba la camiseta de España: «Hace diez años te habría dado tres tiros en la cabeza». Tres tiros. A un adolescente. Por una camiseta. Y la respuesta institucional, la que se supone que debe poner orden en todo esto, fue la que fue. Ninguna. En el pleno del Ayuntamiento vizcaíno de Guecho, el PP presentó una moción para condenar las agresiones y reafirmar el derecho de todos los vecinos a llevar la camiseta de España sin miedo. Los quince concejales que suman PNV y EH Bildu votaron en contra. Los tres del PSE se abstuvieron, que es la manera socialista de decir que no sin ensuciarse demasiado las manos.

En líneas generales, los partidos nacionalistas censuraron las agresiones, pero cada uno a su manera, ligando ese rechazo con la reivindicación de la oficialidad de la selección vasca. Es la técnica del pero. Condenamos la violencia, pero la selección vasca. Rechazamos las agresiones, pero el derecho a competir internacionalmente. El pero convierte la condena en equidistancia y la equidistancia en beneplácito. EH Bildu, más tibio que nunca, evitó incluso usar la palabra condena, sustituyéndola por rechazo. Un matiz semántico que en el diccionario del abertzalismo tiene un peso específico que cualquier lingüista político reconocería de inmediato.

Pero desengáñense, queridos lectores, porque lo que está ocurriendo con las camisetas, con los campamentos, con los monitores que prohíben a niños de nueve años dibujar ciertas banderas y con los plenos municipales que se niegan a condenar agresiones no es una suma de incidentes dispersos. Es la aplicación práctica de un programa político que aspira a convertir los espacios —los barrios, los campamentos, las plazas, los bares donde se ve el fútbol— en territorios donde la identidad correcta es la única admitida. Lo llaman euskaldunizar los espacios. Lo que significa, en la práctica, que los espacios que no se euskaldunizan del modo correcto son espacios en disputa. Y, en los espacios en disputa, quien lleva una camiseta roja con el escudo de España sabe a qué se expone.

El mecanismo no necesita inspectores. No necesita multas. Necesita monitores y profesores que digan a los niños qué banderas pueden dibujar. Necesita adultos que amenacen a adolescentes en la calle sabiendo que nadie les va a pedir cuentas. Necesita plenos municipales donde la mayoría vote en contra de condenar las agresiones sin dar ninguna explicación. Y necesita que todo eso se presente como cultura, como identidad, como resistencia legítima frente al españolismo.

Son los mismos que luego advierten, con cara de preocupación, del peligro del extremismo de derechas si Sánchez deja de gobernar. El extremismo siempre son los otros. No el que ya está en los colegios, en la universidad y en los campamentos de verano del País Vasco. Ese hace mucho que campa a sus anchas.

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