Maricarmen, Ceuta y España, en el hospital
En cambio, Marruecos lleva décadas estudiando cuándo España es fuerte y cuándo es débil, cuándo puede presionar y cuándo conviene esperar
En la primavera de 1898, mientras los restos España se hundían en Cuba y Filipinas, los diputados del Congreso se enzarzaban en debates sobre si el desastre era culpa del ejército o de la Marina, de los carlistas o de los republicanos. España perdió sus últimas plazas de ultramar al son de una bronca parlamentaria que todavía hoy sirve como manual de lo que no se debe hacer cuando un país tiene un problema que exige altura de miras y urgencia de respuesta. Pero parece que no hemos aprendido nada.
En cambio, Marruecos lleva décadas estudiando cuándo España es fuerte y cuándo es débil, cuándo puede presionar y cuándo conviene esperar. En octubre de 1975, con Franco agonizando en la cama del hospital y el Estado español paralizado entre la incertidumbre de la sucesión y el miedo a lo que vendría después, Hassan II lanzó la Marcha Verde. Trescientos cincuenta mil civiles marroquíes cruzaron la frontera del Sáhara Occidental. España, sin capacidad de respuesta política ni moral, cedió. El Makhzen había aprendido la lección más importante de su historia diplomática con España: cuando Madrid está mirando hacia adentro, Rabat avanza hacia afuera.
Y es lo que nuestro vecino del sur está haciendo ahora, avanzar. Mientras Ceuta se desangra, Pedro Sánchez y su gobierno llevan semanas enfrascados en una batalla interna que tiene todos los ingredientes del sainete político más rancio: el “decreto Maricarmen” de un lado, la acampada de la Puerta del Sol del otro, y en medio una vicepresidenta del Gobierno, Yolanda Díaz, pidiendo a la ciudadanía que se movilice contra su propio ejecutivo; y a la ministra, Mónica García, protestando contra las políticas del Gobierno del que forma parte. La izquierda española haciendo el ridículo más espantoso y dándose un festín de canibalismo electoral en los meses de una legislatura que huele ya a basura olvidada en verano. Un gobierno que no se gobierna a sí mismo difícilmente puede gestionar una crisis exterior. Y Marruecos lo sabe.
Karim Bulaix, presidente de la Cámara de Comercio de Ceuta, lleva semanas dando cifras que nadie en Madrid parece querer escuchar. Por más que insistimos desde estas páginas de Economía Digital. Treinta y tres millones de euros de pérdidas en el primer mes de la crisis. 90% de cancelaciones en reservas hoteleras. 60% de caída en la facturación de restaurantes y comercios. El 99% de las empresas ceutíes son micropymes que sobreviven con sus ahorros. «No queremos vivir de las ayudas», ha dicho Bulaix con una ecuanimidad que ya quisieran los ministros que llenan tertulias hablando de Maricarmen. «Queremos volver a trabajar.» Una frase tan sencilla y tan demoledora que en cualquier gobierno con sentido de la responsabilidad habría provocado una reunión de emergencia. Es cierto que se ha aprobado un plan de choque para Ceuta. La cuestión es si unas ayudas económicas a destiempo bastan para responder a una crisis que también exige una posición política clara frente a Rabat.
Porque ese falta de respuesta es exactamente el síntoma que más estimula a Marruecos. Lo que está viviendo Ceuta no es una crisis coyuntural ni un problema de imagen. Es el siguiente movimiento de una estrategia que el Makhzen ejecuta con la precisión y la paciencia de quien juega al ajedrez frente a un rival que no sabe ni qué pieza tiene en la mano. Cada oleada de jóvenes que cruza la frontera, cada comercio que cierra, cada turista que cancela su reserva y cada semana que el gobierno español dedica a sus guerras intestinas en lugar de a Ceuta es un paso más en la “marroquinización” progresiva de un territorio que Rabat considera suyo. Pero en España tenemos mejores cosas en las que pensar. Es cierto que el problema de la vivienda es importante y urgente, pero resulta llamativo que llevemos décadas así, con miles de desahucios, y que sea justo ahora, y en Madrid, donde explote la indignación.

En 1975 fue el Sáhara. La debilidad de entonces nos costó un territorio y cincuenta años de problema irresoluble. La debilidad de ahora tiene otro nombre y otra dirección, pero la lógica es idéntica: Marruecos huele la esclerosis de este gobierno, sus enfrentamientos internos, su incapacidad para articular una posición exterior coherente, y cerrará aún más el círculo sobre Ceuta. La ciudad autónoma ya está hospitalizada, como Maricarmen y, desgraciadamente, como España en su conjunto. El 98 fue uno de esos momentos en que nuestro país eligió la bronca interna sobre la respuesta exterior. Y así nos fue.