Biden y las expectativas defraudadas

Para restaurar su credibilidad, Biden necesita ejecutar iniciativas con mayor impacto sobre el bolsillo de la ciudadanía, como relanzar el empleo, ayudar a las familias y extender el acceso a la cobertura sanitaria

Resulta difícil de creer, pero el mismo país que debate el mayor programa de recuperación y transición ecológica de la historia, con una cifra inicial de 3,2 billones de euros, ha estado a punto estos días de entrar en ‘default’. La tremenda división en el Senado de Estados Unidos se superó momentáneamente con un compromiso –temporal y de mínimos– para evitar la suspensión de pagos de su deuda pública. Pero el mero hecho de llegar al borde del precipicio demuestra lo cerca del fracaso que está la presidencia de Joe Biden.

Más que por cualquier otra razón, Biden ganó la presidencia en 2020 por representar lo opuesto a Donald Trump. Tras cuatro años de crispación alentada desde el Despacho Oval, de gobierno disfuncional, de centenares de miles de muertos por el Covid y de descrédito internacional, una parte suficiente de la ciudadanía votó por detener esa espiral frente a quienes deseaban acelerarla.

«Biden no choca solo contra la polarización de la vida política. Su presidencia corre el riesgo de estrellarse contra un dique de expectativas incumplidas»

Cuando faltan pocas semanas para que se cumpla el primer aniversario de la elección presidencial, los mismos factores que la decidieron a favor del candidato demócrata operan ahora contra su administración. Las encuestas prácticamente igualan a los que aprueban la gestión del presidente con los que la condenan. Biden no choca solo contra la extrema polarización de la vida política. Su presidencia corre el riesgo de estrellarse contra un dique de expectativas incumplidas.

Oposición republicana, división demócrata

La principal es que se aprueben en el Congreso las dos iniciativas económicas sobre las que descansa su promesa electoral de “reconstruir mejor” (build back better): un plan de infraestructuras de 1,2 billones (con ‘b’) de dólares y un colosal programa social y de transición ecológica cifrado en 3,5 billones de dólares. Tras meses de discusión, el alcance de ambos planes y la inversión que finalmente se comprometa para ejecutarlos marcarán lo que resta del mandato presidencial.

El escollo principal no radica (solo) en el empeño republicano de limitar el gasto social, impedir que suban los impuestos y retrasar la eliminación de la energía fósil. El problema del presidente es que esas mismas reservas afloran el seno de su propio partido.

Dos senadores demócratas –Joe Manchin, de Virgina Occidental, y Kirsten Synema, de Arizona– se han negado hasta ahora a aceptar el tamaño y la ambición del plan social de Biden. Su actitud trasluce algo más que divergencias sobre la responsabilidad fiscal o la estrategia para afrontar la transición hacia una economía descarbonizada. Reflejan que la “gran carpa” demócrata, bajo la que cabe un abanico extenso de sensibilidades, tiene goteras difíciles de tapar.

En la izquierda del partido se sitúan los elementos más progresistas de The Squad (el pelotón), como Alexandria Ocasio-Cortez o Rahida Tlaib en la Cámara de Representantes, y Elizabeth Warren y Bernie Sanders en el Senado, que han dejado de ser una minoría testimonial para asumir un papel protagonista.

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El presidente de Estados Unidos, Joe Biden / EFE

Mientras, en el extremo opuesto habitan los 19 congresistas de la Blue Dog Coalition (coalición del perro azul) o senadores como Manchin y Synema, que se autodefinen como “moderados”. El mantra de estos últimos es recuperar el ‘bipartisanship” (la colaboración entre partidos) pero los progresistas han perdido la paciencia y se niegan a renunciar a lo esencial de su agenda para satisfacer a unos legisladores republicanos que siguen sometidos a la influencia de Trump.

El desafío inmediato de Biden consiste en lograr un acuerdo entre ambas facciones que permita aprobar simultáneamente el plan de infraestructuras y el social. El monto del primero, en torno al billón de dólares, no representa un problema insuperable para los senadores republicanos si se hacen algunas concesiones. Del segundo, sin embargo, solo se tiene la certeza de que no llegará ni de lejos a la cifra inicial con que se lanzó. Los republicanos y los senadores demócratas díscolos querrían reducirlo a la mitad. Para el ala progresista, cualquier cifra que no supere los dos billones de dólares sería inaceptable.

Ante el reto de 2022

Es probable que ese compromiso se alcance a tiempo de incorporar los planes al presupuesto. Pero el grado en que cumplan o se defrauden las expectativas que la propia Casa Blanca ha creado, determinará si la promesa electoral de ‘build back better’ se comienza a percibir como una realidad o se suma a los demás tropiezos acumulados: la desbandada de Afganistán, la incesante crisis migratoria en la frontera sur o la dificultad de lograr la inmunidad grupal frente al Covid.

El debate sobre los planes de recuperación ilustra cuánto ha cambiado la política norteamericana en los últimos 15 años. La elección de Barack Obama en 2008 fue, en gran medida, una reacción al mandato neocon de George W. Bush. La de Joe Biden representa el rechazo al nativismo, al aislacionismo y a los tintes racistas y xenófobos normalizados durante el mandato de Donald Trump.

Para restaurar su credibilidad, Biden necesita reencauzar su presidencia mediante la ejecución tangible de las iniciativas con mayor impacto sobre el bolsillo de la ciudadanía: impulsar la economía; relanzar el empleo y subir los salarios; ayudar a las familias y extender el acceso a la cobertura sanitaria y a la educación; combatir la intolerancia racial, los abusos policiales y la sensación de que la ley no es igual para todos.

Y necesita hacerlo pronto para tener alguna oportunidad de que su partido mantenga la exigua mayoría en la Cámara de Representantes y la aumente en el Senado en las elecciones parciales de noviembre de 2022.

Biden inició su presidencia articulando una visión equiparable al New Deal con que Franklin Delano Roosevelt combatió la Gran Recesión. En la actualidad, el espectro que comienza a entreverse ahora es el de un presidente de un solo mande como Jimmy Carter.

Carlos Lareau