Dos coaliciones muy distintas

Podemos se concibe a sí mismo como un colaborador imprescindible del PSOE mientras que la principal aspiración de Junts es ganar las elecciones

Observando la relación entre PSOE y Podemos y comparándola con la que mantienen ERC y JxCat en la Generalitat, salta a la vista que la primera es de acomodo en lo sustancial y rivalidad en los detalles mientras la segunda es de antagonismo en lo sustancial y colaboración en los detalles.

Ello se debe a un hecho diferencial muy fácil de identificar. Podemos se concibe a sí mismo como un colaborador imprescindible del partido mayor de la izquierda española y no ansía para nada al sorpasso con el que antaño soñó Pablo Iglesias.

Por el contrario, la principal aspiración de JxCat, lo que rige en su carta de navegar, es convertirse de nuevo en el partido alfa del independentismo. Destronados los post convergentes y allegados de la silla gestatoria en la que los instaló Jordi Pujol, pretenden desquitarse y volver al puesto que el usurpador les ha arrebatado.

Hay más. Para bien o para mal, las grandes líneas de la política española están trazadas, las posibilidades de cada partido delimitadas dentro de unos márgenes no muy amplios. Nadie espera un vuelco o un salto por la izquierda ni por la derecha. Ni nacionalizaciones, ni siquiera empresas públicas en sectores estratégicos como en Francia o Alemania. Tampoco desafíos a la Unión Europea al estilo de Polonia.

La relación PSOE-Podemos es de acomodo en lo sustancial y rivalidad en los detalles mientras que la de ERC y Junts es del antagonismo en lo sustancial y colaboración en los detalles

Gobierne quien gobierne, la estabilidad en lo esencial parece asegurada, por lo menos a lo largo del presente decenio. El PP hará, no todo lo posible sino lo que buenamente pueda para volver a gobernar cuanto antes. Lo mismo que el PSOE para seguir en el poder. A lado y lado, Vox modula de momento su discurso a fin de que el elector moderado de centroderecha no se asuste, mientras Podemos renuncia a cualquier veleidad relacionada con la en otros tiempos denominada izquierda transformadora.

Esta limitación de las ambiciones, propia de la idea de poder como fin y no como medio para reformar o afrontar los grandes retos de la economía competitiva o de la arquitectura institucional, aleja a España de las medias europeas (empezando por la renta per cápita) en vez de seguir el camino de aproximación de los primeros años de la democracia. Su única ventaja es la estabilidad de fondo, las tempestades se van sucediendo pero dentro en el estanque. Todo lo demás son inconvenientes.

yolanda sanchez
Yolanda Díaz y Pedro Sánchez escenifican la aprobación de los Presupuestos de 2022. EFE

En este contexto, la aspiración de Podemos apunta a mantener su electorado. Como máximo ampliarlo un poco. Por lo tanto la relación con su socio mayor consisten en tironear de Pedro Sánchez y ponerse medallas, ya sea en la subida del salario mínimo, en la cuestión de los alquileres o el recibo de la luz. Las consecuencias, incluso a medio plazo, importan mucho menos que la foto y el eslogan subyacente: las decisiones de izquierda que toma el PSOE se deben a la presión de Podemos.

Por su parte, los socialistas se mueven entre el miedo a la derecha y al IBEX y las necesarias concesiones a los partidos que conforman la mayoría llamada Frankenstein. Concesiones que minimiza o diluye cuando no se adelanta y saca pecho como si se tratara de iniciativas propias (salario mínimo o indultos).

PSOE, Podemos y los partidos menores están condenados a entenderse tanto por las matemáticas parlamentarias como por el simple hecho de que si dejaran de sumar mayoría facilitarían el camino a la coalición PP-Vox, lo que comportaría su exclusión total de cualquier influencia en las decisiones políticas, y ya veríamos hasta qué punto un retroceso en pluralismo o en autogobierno para vascos y catalanes.

En cambio, el socio hoy menor del gobierno catalán, JxCat, dispone de una alternativa que no le alejaría del poder sino que comportaría un reparto diferente. Una nueva hegemonía de los post convergentes les devolvería la presidencia de la Generalitat. No para que avanzaran sus postulados sobre la unilateralidad y ni siquiera para desobedecer con recato al estilo Quim Torra. Sabido es que la herencia de Convergència, que retoman en vez de abandonar, consiste en maximizar el discurso sin dejar de adaptarse a la realidad de las circunstancias por cruda que sea.

Por eso han consentido con la exigencia de ERC sobre la cohesión unidireccional del Govern como mal menor, pero no por ello han abandonado o rebajado su objetivo de desquite. Desquite que se lleva a cabo mediante una constante e incansable labor de zapa para socavar la estrategia del diálogo de los republicanos. Gestión con Aragonés al frente, sí. Pero también descrédito al partido de Junqueras bajo la acusación de traición a los ideales de Cataluña que solamente los sucesores de convergencia están ungidos para encarnar.

Junts se desquita mediante una constante e incansable labor de zapa para socavar la estrategia del diálogo de ERC

Todo lo que haga o diga JxCat fuera del Govern es pura e incansable zapa. Dentro, disimulan sus desacuerdos, pero fuera se suceden las zancadillas y los empujones de JxCat para que Esquerra ocupe de nuevo su lugar en el arcén. Como si esta fuera la condición, no necesaria sino única, para alcanzar la independencia en un plisplás.

La última, por el momento, es la exigencia de JxCat a ERC de formar un frente común en Las Cortes. Todo el mundo sabe que los primeros votarán contra los presupuestos y los segundos a favor. Es de cajón que en una situación inversa, con los votos de Junts imprescindibles y los de ERC prescindibles, volverían al puro pujolismo.

Pero no se trata de eso sino de mostrar una vez más la rastrera sumisión de Esquerra comparada con el constante desafío de Junts. En vez de sacar pecho y devolver denuncia de traición por denuncia de falsedad, ERC anda a la defensiva por la previsible falta de resultados del diálogo.

Así seguirán, en Madrid o en Barcelona, durante los próximos dos años. Por lo menos.

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Xavier Bru de Sala