“Halalderdi Eguna”, la fiesta de los vascos musulmanes
El País Vasco es una de las regiones más envejecidas de Europa.
Este fin de semana, en Vitoria, en un recinto deportivo que pronto necesitará ampliación, cientos de musulmanes celebraron el final del Ramadán. La crónica que la televisión pública vasca, ETB, hizo del rezo-concentración hablaba de “vascos musulmanes”, una etiqueta que, más que describir, sugiere. Porque no sabemos si estamos ante una nueva categoría identitaria o ante un eufemismo para evitar la palabra inmigración. El lenguaje, ya se sabe, es el primer campo de batalla donde se decide qué realidad es la aceptable.
La escena tenía algo de ensayo general. Filas ordenadas, alfombras improvisadas y familias enteras vestidas para una fiesta que es, a la vez, íntima y colectiva. Una celebración religiosa que, curiosamente, se parece mucho —en su dimensión comunitaria— a lo que aquí conocemos como el Alderdi Eguna, el “Día del Partido”, es decir, del PNV: una mezcla de identidad, pertenencia y afirmación en público del denominado partido guía. Solo que en la musulmana domina la chilaba, no hay txistorra y no se llevan los jerseys sobre los hombros, como gusta a los lehendakaris y burukides cuando van a las campas de Salburúa con txistu y tamboril.
Y ahí surge la metáfora inevitable: el “Halalderdi Eguna” como próxima fiesta en las verdes campas alavesas. Porque las sociedades no cambian de golpe; se deslizan. Y cuando uno quiere darse cuenta, ya no está exactamente donde creía estar. Y por mucho que se empeñen los intransigentes del euskera como lengua de imposición, la sociedad vasca lleva camino de convertirse en una sociedad a la que, en menos que se canta un irrintzi, no la va a conocer ni la amatxu que la parió.
La sociedad vasca lleva camino de convertirse en una sociedad a la que, en menos que se canta un irrintzi, no la va a conocer ni la amatxu
Los datos lo van diciendo. El País Vasco es una de las regiones más envejecidas de Europa. La tasa de natalidad lleva años en mínimos históricos, con cifras que rondan poco más de un hijo por mujer, muy por debajo del umbral de reemplazo generacional. En algunas zonas, la media de edad supera ya ampliamente los 45 años. La demografía, que nunca tiene prisa pero tampoco concede treguas, va dejando un hueco que alguien termina ocupando.
Y ese alguien tiene acentos distintos. Por un lado, una inmigración latinoamericana creciente, que comparte lengua pero no siempre códigos. Por otro, una presencia cada vez más visible de población originaria del Magreb, especialmente Marruecos, que trae consigo no solo manos para el mercado laboral, sino también religión, lengua y costumbres muy dispares. Tanto que a veces la cacareada integración se hace sencillamente imposible.
En los registros civiles empiezan a aparecer nombres que hace veinte años eran anecdóticos y hoy son cada vez más frecuentes: Mohamed, Yasmine, Adam. No sustituyen de golpe a los Aitor o a las Ane, pero conviven con ellos en proporciones que ya no son residuales. Lo mismo ocurre en las aulas, donde el árabe empieza a tener una presencia que obliga a repensar no solo la enseñanza, sino la propia idea de comunidad lingüística. Euskera, castellano… y algo más.
Mohamed, Yasmine, Adam. No sustituyen de golpe a los Aitor o a las Ane
Desde las instituciones nacionalistas todavía no se ha reaccionado, al menos aparentemente, a este fenómeno. Quieren aparentar normalidad, pero hay preocupación. Oficialmente se lo toman como algo inevitable y, por ello, más difícil de discutir: una consecuencia lógica de dos dinámicas simultáneas. Una sociedad que no tiene hijos y otra que sí los tiene y, además, se desplaza. Así de simple, así de sencillo. Pura aritmética.
Nadie en el País Vasco se cuestiona por qué las instituciones bien dotadas económicamente, y en momentos de prosperidad, no han sido capaces de plantearse, durante décadas, algo parecido a una política de natalidad similar a la de otros países europeos. Tampoco se pregunta nadie por qué un gran número de jóvenes vascos se ha tenido que ir a Madrid o al extranjero porque no hay trabajo cualificado para ellos en Euskadi. Por no hablar del éxodo provocado por el terrorismo de ETA y que al Gobierno vasco no parece interesarle recuperar, aunque sea un retorno difícil en la mayor parte de los casos.
Todo no puede quedar reducido a un problema de reposición poblacional, como si fuesen las gallinas de José Mota: las que entran por las que salen. Porque una comunidad no es solo un censo, es una manera de estar en el mundo. Y ahí es donde empiezan las preguntas incómodas. ¿Qué ocurre cuando ese relato se fragmenta? ¿Cuando las referencias comunes dejan de ser tan comunes? ¿Cuando las fiestas, los símbolos y hasta los silencios dividen más que unen?
Quizá por eso la imagen de Salburúa es algo más que una metáfora. Durante años, esas campas han sido el escenario de una afirmación política muy concreta: la de un nacionalismo que se celebraba a sí mismo con una mezcla de liturgia y picnic. No es malo que haya una transformación y que la sociedad vasca camine hacia otra cosa distinta a la que ha sido. El problema es que no se sabe con claridad hacia dónde va. O sí.