Levantar el freno de mano
Esa forma de actuar ha venido impulsada por modas ideológicas como la cultura del no, la teoría del decrecimiento o ideologías de conflicto
La política catalana lleva años actuando como un freno de mano. Provoca un ruido molesto, desgasta la convivencia y ralentiza la economía. Ya va siendo hora de levantar ese freno ideológico que limita nuestra capacidad de avanzar. Y es que, con demasiada frecuencia y con distintos gobiernos, la Generalitat ha bloqueado en lugar de impulsar. Ha preferido ensanchar la administración al tiempo que estrechaba el margen de prosperidad de la sociedad.
Esa forma de actuar ha venido impulsada por modas ideológicas como la cultura del no, la teoría del decrecimiento o ideologías de conflicto como el nacionalismo o el wokismo. Cataluña, que destacó por una cultura del hacer, se ha visto así atrapada en la lógica del impedir: más obstáculos, más retrasos en la toma de decisiones y más bloqueo de proyectos beneficiosos para el conjunto de la sociedad.
Cuando el debate público se fragmenta en intereses particulares, el interés general se diluye y las decisiones estratégicas se vuelven más difíciles. En Abundancia (Capitán Swing, 2025), una inteligente autocrítica de la izquierda estadounidense, Ezra Klein y Derek Thompson lo explican perfectamente: cuando una sociedad queda atrapada en vetos regulatorios, resistencias locales y desconfianza hacia la iniciativa privada, produce menos vivienda, menos infraestructuras y menos oportunidades. En definitiva, menos prosperidad.
Ese diagnóstico encaja perfectamente con Cataluña. El exceso de regulación y la desconfianza hacia quien emprende han erosionado nuestro dinamismo económico. Donde antes había agilidad, hoy hay burocracia e intervencionismo. Y esto tiene consecuencias muy concretas: en las últimas dos décadas, los ingresos reales de muchos hogares han permanecido estancados, mientras el coste de vida no ha dejado de aumentar.
El exceso de regulación y la desconfianza hacia quien emprende han erosionado nuestro dinamismo económico
El caso más despiadado es la vivienda. El exceso regulatorio ha provocado menos oferta y precios más altos. Pagamos más por menos. Desde la aprobación de la llamada Ley por el derecho a la vivienda, en 2023, la escalada de precios se ha intensificado, especialmente en aquellas zonas con mayor intervencionismo, como Cataluña y, particularmente, Barcelona.
El resultado es la progresiva aniquilación de la clase media. Familias que trabajan, que cumplen y que sostienen el Estado del bienestar, pero que cada vez tienen más dificultades para acceder a una vivienda o para mantener su nivel de vida. A esta presión se suma un auténtico infierno fiscal que castiga el esfuerzo y desincentiva la inversión, empujando a empresas y contribuyentes a buscar entornos más favorables.
Frente a ello, la respuesta no puede ser el victimismo ni la tentación de recortar la autonomía de aquellas comunidades que han sabido aplicar políticas de libertad. La respuesta debe ser otra: mejores prioridades de gasto y una fiscalidad más razonable. Construir vivienda es imprescindible, y también lo es construir un entorno que permita a las familias y a las empresas crecer y prosperar.
Algo similar ocurre con las infraestructuras. La queja por la falta de inversiones convive con una cultura del no que bloquea proyectos estratégicos. No se puede exigir mejores infraestructuras mientras se levantan obstáculos constantes. La ampliación del aeropuerto de Barcelona refleja bien esta contradicción; por no hablar de la construcción de esa conexión clave entre comarcas industriales que es la B-40 o la urgente mejora integral de Rodalies.
No se puede exigir mejores infraestructuras mientras se levantan obstáculos constantes
Levantar el freno implica también confiar más en las nuevas tecnologías y menos en los dogmas ideológicos. Muchos desafíos actuales tienen soluciones tecnológicas más eficaces que las inercias políticas. El debate energético lo ejemplifica: cerrar las centrales nucleares no solo dificulta la lucha contra el cambio climático, sino que también supone un elevado coste económico. La transición energética requiere pragmatismo, innovación y realismo.
En definitiva, Cataluña no necesita discursos de declive ni batallas culturales estériles. Necesita eliminar obstáculos que frenan su crecimiento, innovación y capacidad de atraer talento. Instituciones que aporten estabilidad sin sustituir la energía creadora de la sociedad. Cuando esa energía se libere, los resultados llegarán. Y con ellos, la recuperación de una clase media fuerte, que siempre ha sido la base de nuestra prosperidad.