Llegó Donald Trump y mandó a parar

Gracias a la mentira y el engaño se acepta una mentira que está de acuerdo con los intereses o necesidades de quien miente o engaña

La izquierda española -desde sus orígenes- tiene la mala costumbre de contemporizar y avenirse -coquetear o jugar, si así lo prefieren- con lo peor del rojerío internacional. Con la violencia, por ejemplo. No con la violencia reaccionaria, sinó -dicen, como si reclamaran un certificado de bondad– con la violencia revolucionaria de una izquierda que busca la liberación del pueblo. 

Una violencia revolucionaria que ya teorizan los padres fundadores del socialismo. Por ejemplo, Karl Max: “La violencia es la partera de toda sociedad vieja que está embarazada de una sociedad nueva” (El capital). Por ejemplo, Friedrich Engels: ¿La Comuna de París habría durado acaso un solo día, de no haber empleado esta autoridad de pueblo armado frente a los burgueses? (De la Autoridad). 

Del siglo XIX al siglo XX podríamos hablar, por ejemplo, de Pablo Iglesias Posse, fundador del PSOE: “Debemos llegar hasta el atentado personal”, frase pronunciada en las Cortes el 7 de julio de 1910 para amedrentar a Antonio Maura en caso de que volviera al poder. Otro clásico del socialismo español como Francisco Largo Caballero: no hay que tener “tanto horror a la dictadura del proletariado… ¿no es mil veces preferible la violencia obrera al fascismo?… [el partido debe estar preparado para una]  acción de tal naturaleza [que] conduzca al proletariado a la revolución social… [había que] “prepararse seriamente para la lucha”, declaró el 24 de septiembre de 1933 a la publicación El Socialista, órgano del partido. 

Con esta tradición en la mochila no sorprende que la izquierda del siglo XXI, como decíamos al inicio de estas líneas, contemporice, se avenga o coquetee- con lo peor del rojerío internacional y su violencia revolucionaria. Hablemos, por ejemplo -dejemos a un lado a Cuba y Nicaragua-, de Venezuela y los camaradas Hugo Chávez y Nicolás Maduro.  

¿Venezuela? Pero, ¿qué dice usted? ¿Acaso no se ha enterado usted que en Venezuela se está poniendo en marcha el socialismo del siglo XX? No exagere, señor articulista. Como mucho, en Venezuela existe “un Régimen, pero no una dictadura, hay que llamarlo así”, afirma Pedro Sánchez en 2015 cuando todavía no es presidente.  Cuatro años después, en 2019, contrapone socialismo y libertad y afirma que quien “responde con balas y prisiones a las ansias de libertad y democracia no es socialista, sino un tirano” ¡Bravo! 

Poco dura la fiesta

En 2022, al ser preguntado explícitamente sobre el asunto, no pronuncia la palabra “dictadura”. ¿Quizá Nicolás Maduro ya no es un “tirano”? Debe ser así, porque al ser preguntado de nuevo (2025), Pedro Sánchez enmudece.  ¿Qué ocurre en 2026 después de la operación militar de Estados Unidos en Venezuela? Pedro Sánchez habla del “régimen de Maduro”, afirma que “no reconoció” a Nicolás Maduro después de las elecciones y en lugar de mencionar los “presos políticos”, como hizo en 2015, habla de “los retenidos”. Así se blanquea un dictador y una dictadura. 

A Pedro Sánchez -antes y después de mirarse en el espejo- le convendría leer el dossier titulado Amnistía Internacional. Venezuela 2024. Una recomendación dirigida también a quienes aplauden, justifican, toleran o excusan al dictador. Especialmente con quienes contemporizan con un dictador y una dictadura -compañeros y camaradas- que dice redimir al pueblo cuando en realidad lo está expropiando, torturando y matando de hambre. Cosa que, por supuesto, conocen y esconden nuestros progresistas siempre dispuestos a darnos lecciones de ética y solidaridad. 

En el dossier -resumido- del documento de Amnistía Internacional se puede leer lo que sigue:           

“Personas que murieron como consecuencia de la represión gubernamental; empleo de tortura y otros malos tratos en centros de detención, incluidas palizas, asfixia, descargas eléctricas, amenazas y violencia sexual contra las mujeres; menores de edad detenidos arbitrariamente tras las elecciones fueron torturadas para que se autoincriminaran mediante declaraciones grabadas en vídeo; internos de la prisión de Tocorón recibían sólo dos vasos de agua al día; impunidad de las violaciones de derechos humanos y los crímenes de derecho internacional; escasez de material y suministros médicos en los hospitales; el costo de la canasta alimentaria para una familia venezolana de cinco miembros equivalía a 498,47 dólares estadounidenses, mientras que el salario mínimo mensual era de 2,36 dólares, con lo que la mayoría de la población sufría inseguridad alimentaria grave”. 

Gracias a la mentira y el engaño se acepta una mentira que está de acuerdo con los intereses o necesidades de quien miente o engaña. 

Y en eso que llegó Donald Trump y mandó a parar.  

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