¿Madrid? No me suena.

El aparato de propaganda de Moncloa ha desplegado una serie de temas sobre la opinión pública con el fin de distraer la atención ciudadana de la rotunda derrota que sufrió en la Comunidad de Madrid

Míreme fijamente a los ojos. Fijamente. Más cerca. Más cerca. Más aún. Sus párpados pesan cada vez más, sus ojos se cierran y va a caer en un profundo sueño. A la de tres: ¡Duerma!

Ahora, cuando chasquee mis dedos y usted despierte, cualquier recuerdo que tenga sobre Madrid habrá desaparecido de su cabeza, Madrid nunca ha existido y por tanto la derrota del PSOE en Madrid nunca habrá sucedido.

¿Ridículo? Pues no tanto, ya que esta es la tarea a la que se está dedicando con denuedo y notable aprovechamiento todo el aparato pirotécnico y de efectos especiales de Moncloa: borrar de los medios de comunicación, de nuestras conversaciones y de nuestras memorias la humillante derrota de Pedro Sánchez en Madrid.

Cualquier cosa sirve para esta noble causa: Desde unas declaraciones confusas, atropelladas e intempestivas de la vicepresidenta primera ( y quinta de Alemania) hasta una estampida de ministros chapoteando sobre cualquier charco constitucional como si de un rebaño de ñus (o ñues, que nunca sé como se dice) se tratase.

Y no digamos ya si son cosas de más enjundia, como unas primarias en Andalucía, el fin de la pandemia anunciado por novena vez y en esta ocasión desde la exótica Grecia, un posible gobierno de izquierdas en Cataluña que le ha durado a Puigdemont lo que un caramelo a la puerta del congreso o un rejonazo impositivo escasamente progresivo y nada redistributivo vía autovías e IVA.

Cualquier cosa es buena para que el ciudadano quite sus ojos de la fotografía electoral que nos ha dejado Madrid, una imagen en la que el PP de Pablo Casado e Iñigo Errejón aparecen en alta definición 4K mientras que el PSOE de Sánchez sale, como mucho, con los colores evanescentes del formato Polaroid.

El manual clásico para la digestión de derrotas electorales pesadas, y así se hacía en el viejo PSOE, indicaba que tras producirse la misma, el primer paso que debía darse era la convocatoria de los órganos de gobierno del partido, en este caso el comité federal, con el fin de escuchar la autocrítica de la dirección del partido, y en caso de no producirse esta, realizársela a bocajarro y sin demasiados miramientos.

El manual también indicaba que tras este análisis de torpezas – que debía ser coral-, el siguiente paso era la enumeración de errores no forzados, pifias, cantadas y desastres, tras lo cual – y nunca antes- se debía buscar al correspondiente chivo expiatorio, quien públicamente debía asumir sus culpas con cara de contrición, quien entonando el “yo pecador” a ser posible en latín clásico, dimitiría voluptuosamente liberando al partido de toda carga de culpa y permitiendo la salvación de su alma colectiva inmortal.

Como ven, el manual marcaba una cadencia comprensible, un proceso perfectamente ortodoxo al que si le faltaba alguno de sus pasos intermedios, podía devenir en desastre, generando un interregno de caos, cuchilladas y batallas cainitas que a buen seguro impediría la rápida recuperación de las expectativas electorales.

Un objetivo, el de la supervivencia de las siglas partidarias por encima de los avatares de los diferentes liderazgos, siempre contingentes, al que nunca se puede llegar sin autocrítica alguna, sin respetar los procesos internos y sobre todo, tratando de desviar la atención a temas que en breve van a desvelarse como auténticas cajas de bombas, como por ejemplo, las primarias andaluzas.

César Calderón