Un nuevo reencantamiento del mundo
La religión es lo más parecido al pasaporte que nos puede conducir –ilusoriamente o no- a la felicidad
De la prensa: “A veces levanto los ojos al cielo y pregunto a Dios: ¿dónde estabas cuando era una niña?” Con esta pregunta, Desiré, una joven de Barcelona se dirigió a León XIV en el Estadio Olímpico de la ciudad de Barcelona. Desiré se refería a su padre, que quiso matar a su madre cuando ella era todavía una niña. El intento acabó con el asesinato de un joven que se interpuso entre el padre y la madre de Desiré.
De la prensa: “¿Por qué a unas personas les pasan cosas buenas y a otras personas les pasan cosas malas? ¿Por qué hay tantas personas que viven en la calle? ¿Dios quiere que haya pobres y ricos?” Preguntas que plantea Renzo -seis años de edad – a León XIV.
La respuesta de León XIV: “Debemos aprender a mirar el perdón, poderosa medicina contra el mal que sana nuestras heridas interiores, como algo que forma parte de un proceso, de un camino”. Prosigue: “Perdonar no quiere decir justificar el mal recibido ni olvidar lo ocurrido, sino impedir que ese mal tenga la última palabra en nuestra vida”. Y “Dios nos muestra que aunque haya sufrimiento nunca abandona a sus hijos, porque nos tiene preparado una alegría eterna, donde ya no habrá ni tristeza ni dolor”.
León XIV agradece el valor de compartir una experiencia “tan marcada por el sufrimiento” y añade que, en situaciones así, no debemos solo preguntar dónde estaba Dios: “No podemos atribuir a Dios lo que ha sido confiado a nuestra responsabilidad”, señala el Sumo Pontífice. Advierte que no se puede creer en un “Dios que desde lo alto responda a nuestras necesidades de modo automático o impida milagrosamente que el mal suceda”.
El hombre cree, porque necesita creer. Porque, ha de superar –aunque sea ilusoriamente- las desgracias, las limitaciones de la vida, las limitaciones de la existencia, la limitaciones del presente y sus propias limitaciones individuales. Mientras en el mundo existan el sufrimiento, la angustia, la insatisfacción, la injusticia, la pobreza, la desorientación, deseos no realizados o la muerte de uno y sus familiares y amigos; mientras en el mundo exista todo eso y todavía más, existirá también una religión –una característica propia e intransferible de la dimensión del ser humano– que nos orientará en/por el camino.

La religión es lo más parecido al pasaporte que nos puede conducir –ilusoriamente o no- a la felicidad. De ahí, su existencia, su necesidad, su justificación. Para muchos seres humanos, la religión –la espiritualidad, lo simbólico, lo revelado o lo prometido incluso más allá de la razón- cohesiona, consuela, brinda esperanza y da sentido a la vida. En una doble vertiente: en primer lugar, la pertenencia a la comunidad; en segundo lugar, el hecho de ser sujeto y objeto de la solidaridad. Por eso pervive también la religión. Como si de un ideal se tratara. La religión o el anclaje social.
La religión, ¿qué religión? Miguel de Unamuno toma la palabra: “Todas las religiones son verdaderas en cuanto hacen vivir espiritualmente a los pueblos que las profesan, en cuanto les consuelan de haber tenido que nacer para morir, y para cada pueblo la religión más verdadera es la suya, la que le ha hecho” (Mi religión, 1907).
En definitiva, el hombre cree esperando una recompensa. Consuelo o salvación. Por eso, el hombre se entrega a la creencia y vive en y por la creencia. Tan es así, que la creencia, la religión y los dioses están insertados, no solo en la evolución humana, sino también en la conciencia del ser humano. En su cerebro. En el lóbulo parietal del cerebro. Palabra de neurólogo.
Un paso más: los tiempos pasan y los fieles -según las encuestas y trabajos de, por ejemplo, FUNCAS- están a la baja. ¿Qué ocurre aquí? Según parece -sobre todo entre los jóvenes-, no se recupera la religiosidad tradicional, sino que aparece la moderna espiritualidad. Una espiritualidad que, además de distinguirse por la individualidad de quienes la cultivan, carece de dogmas e, incluso, de iglesias. Y cuando la Iglesia es Roma, las disidencias y los disidentes proliferan.
En la moderna espiritualidad, desaparece prácticamente lo sacramental y lo teológico, la conexión se produce directamente con Dios, prima la subjetividad y cambian los estilos de vida. ¿Un nuevo reencantamiento del mundo?