Por favor, tráigame la carta de vacunas

En las democracias liberales debería existir el derecho a la libertad de las vacunas que decidimos inocularnos, lo que haría que ciertas empresas cayeran, pero daría paso a vacunas mejores

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Imagen de sanitarios del Hospital San Pedro de Logroño/ EFE

Como no podía ser de otra manera en un sistema democrático liberal, la estrategia de vacunación COVID-19, implementada por el Gobierno de España –el origen hay que buscarlo en la Unión Europea-, se ha instalado ya en el ámbito de los valores como consecuencia de los avatares de las vacunas de AstraZeneca y Janssen. El valor propiciado por la vacunación: la libertad de elección. Vayamos por partes.  

Hablemos de valores 

La existencia del ser humano se conforma de acuerdo a unos valores. ¿Qué es un valor?  Aquella propiedad –cualidad, significación, importancia o validez- que tienen las cosas para satisfacer las necesidades humanas o proporcionarnos placer y bienestar. Mientras una cosa tenga alguna propiedad que satisfaga mis necesidades, o me proporcione placer o bienestar, esta cosa será un valor para mí. Y si esta cosa no satisface ninguna de mis necesidades, por mucho que los demás la aprecien, para mí no tiene ningún valor. 

En el presente en que vivimos, se ha consolidado una lista de valores – contradictorios: el ser humano es plural- entre los cuales encontramos la vida, la libertad, la paz, la seguridad, la responsabilidad, el individualismo, la solidaridad, el egoísmo, la cooperación y un largo etcétera.     

A dicha lista –subconjunto de la libertad- hay que añadir la libertad de elección. En concreto, la libertad de elección de la vacuna que el ciudadano desea que le sea inyectada.  

Refrescos, leche, café, móviles, series, analgésicos y vacunas  

Si el ciudadano elige libremente –cierto: la publicidad tiene su incidencia- el refresco que quiere tomar, la leche que quiere beber, el café que quiere saborear, el móvil que quiere utilizar, la serie que quiere ver o el analgésico que quiere ingerir; si eso es así, ¿por qué no puede elegir la vacuna que desea que le inoculen?  

Si el ciudadano suele ir a un restaurante y pedir la carta, ¿por qué no puede ir a un centro de asistencia primaria, a un consultorio médico privado, a una mutua o a una farmacia y elegir la vacuna que quiera que se le administre?         

Nadie sin vacuna  

Se hablará de control y seguridad. ¿Acaso el control y seguridad se garantizan solo en la asistencia pública? Si se vacuna en el Wanda Metropolitano, ¿por qué no en la farmacia, el patio de una empresa o el hall de las superficies comerciales? ¿Los sanitarios de la empresa privada están menos cualificados que los de la asistencia pública? ¿La sanidad pública es más eficiente que la privada? Si hay vacunación privada de gripe, papiloma humano, varicela, herpes, hepatitis, tétanos, triple vírica y otras, ¿por qué no de la COVID-19?      

Se preguntará, ¿quién paga? Ahí está el Sistema Nacional de Salud. Claro que cuesta dinero. A ver, ¿no presumimos de vivir en un Estado del bienestar? Por lo demás, ¿por qué no diseñar un programa de pagos y reembolsos –el contexto es distinto, pero el modelo puede ser útil- como el que tiene la Unión Europea con la Tarjeta Sanitaria Europea? Objetivo: nadie sin vacuna tenga o no recursos para ello.   

Si alguien recurre libremente a la sanidad privada, ¿qué ocurre? Nada. Corrijo: algo sí ocurre, el ejercicio de la libertad de elección.  

Insistirán, ¿quién paga? El cliente. También, el Estado. ¿O es que no existe el modelo socialdemócrata sueco del cheque en materia de sanidad (y educación): el Estado lo entrega y el ciudadano elige dónde y con quién “gastarlo”?   

¿Por qué no –también- una sanidad privada que vacune y que probablemente –en cuestión de compras- sería más profesional que la Unión Europea? ¿Por qué despreciar los recursos que ofrece la iniciativa privada?  

Sí, algunas empresas fabricantes de la vacuna contra la COVID-19 podrían tener dificultades para subsistir por culpa de la libertad de elección del ciudadano. El mercado –la libre competencia- es así. Cosa que ocurre en todos los sectores productivos. Pero, no es menos cierto que esa competencia favorecerá vacunas mejores.  

Quiero que no decidan por mí               

En 1958, Isaiah Berlín dicta una conferencia en Oxford con el título Dos conceptos de libertad. Texto que ha devenido un clásico del tema.  

Nuestro profesor –un pensador letón nacionalizado británico- distingue la libertad positiva de la libertad negativa. La libertad positiva o el “quiero que no decidan por mí”. Pero, consciente de la dificultad del empeño, acepta –las leyes de la naturaleza, la actividad humana, las instituciones o el paternalismo reinante- que hay que ceder e instalarse a veces en la “ciudadela interior” para “evitar que me aplasten”.   

De ahí, una libertad negativa consistente en la no interferencia, en la capacidad de decidir de uno mismo sin obstáculos ni cortapisas: “soy libre en la medida en que ningún hombre ni ningún grupo de hombres interfieren en mi actividad… yo no soy libre en la medida en que otros me impiden hacer lo que yo podría hacer si no me lo impidieran”.

Isaiah Berlín contempla la libertad negativa en el ámbito de la vida privada. Más allá –en la vida pública-, empieza la coacción. El profesor admite que la separación entre una y otra es problemática. Por eso, afirma que “dónde tenga que trazarse esa frontera es cuestión a debatir y negociar” teniendo en cuenta que los “hombres son muy interdependientes y ninguna actividad humana tiene un carácter tan privado como para no obstaculizar en algún sentido la vida de los demás”.  

La libertad de elección de vacuna –“por favor, tráigame la carta de vacunas”-, no obstaculiza la vida de los demás y permite esa mínima autonomía propia de la democracia liberal en la que afortunadamente vivimos