El alcalde catalán que sólo sabe prender mechas

stop

El alcalde de Terrassa, el socialista Jordi Ballart, pincha con la gestión del fenómeno ocupa en la ciudad, polémica que golpea a su administración 

El alcalde de Terrassa, Jordi Ballart, en un acto de campaña. / PSC

Barcelona, 16 de octubre de 2016 (01:00 CET)

Edil, politólogo y con el gen de la política clavado en la testuz. Y también un violinista de cámara, tan amante de la música que llegó hasta al extremo de nombrar a su profesora del Conservatorio de Terrassa, Rosa Ribera, en el cargo de primera teniente de alcalde de la ciudad vallesana. El socialista Jordi Ballart no responde a los esquemas de concertación amable que habitan la ciudad; está marcado por las laceraciones del alma que impone la calle.

Pero la ocupación ilegal de viviendas le está poniendo en un aprieto; él es para sus vecinos la mano blanda en la nueva rosa incandescente. De momento, la economía del asalto a la propiedad privada está ganando la partida: las mafias que dominan el cotarro ofrecen pisos deshabitados llaves en mano, con los servicios de luz, agua y gas pinchados, a partir de los 300 euros. Un robo ante las narices del consistorio ¡en edificios de obra nueva!

Los okupas con k, los spontis, desaparecieron en la noche de los tiempos después de Kreuzberg (Berlín) pero, en la Terrasa actual, aquellos desterritorializados de gauche caviar han sido sustituidos por piquetes desalmados de gente que hace negocio con la desgracia ajena. Por su parte, los ocupas con 'c' de hoy son familias sin rentas, manejados por taimados vendedores de lo ajeno.

Aciertos y errores de Ballart

Pero Ballart sestea; salta de la realidad al mito para desviar la atención. El pasado verano, cambió el nombre de la calle de Salvador Gros, un voluntario egarense de la División Azul muerto en combate, y curiosamente no le salió gratis. Pagó su resaca en el nimbo conservador que acaricia la ciudad de los Torredemer. Este alcalde es otro aficionado al naming, una fiebre que invade el municipalismo catalán de nuestros días, al hilo de la dupla Colau-Pisarello, tan dispuestos en cuestión de rótulos y tan alejados de la cruda verdad.

Hule sedoso y algodones finos, Terrassa remontó ríos de colonia textil mientras recataba su estilo en interiores de menestralía y aristocracia rancia. Fue la urbe monárquica de Alfonso Sala y capturó como nadie los años del culto al deporte de la Mancomunitat de Prat de la Riba. Allí germinó el Egara, crisol del hockey hierba del Vallés, la Holanda catalana. Y allí se capitalizó parte de sus esencias en los Juegos del 92, en la estela de Manuel Royes.

La particular relación con Sabadell

Hoy, la ciudad reina en sus adentros templados para envidia de su hermana Sabadell, la vecina crispada. La Sabadell de Manel Bustos, que tocó la purga enigmática del caso Mercurio, se desvió precisamente en su plenitud, en la etapa del Eix Macià, fruto del inolvidable Toni Farrés. Decidió mantenerse al margen de los Juegos, tal vez por el peaje eurocomunista de su llorado edil, que también frenó su acceso al Túnel de Horta para mayor éxito de los egarenses.

Estos últimos no perdieron el tiempo; Royes primero y después Pere Navarro apostaron por descongestionar el urbanismo compacto de Terrassa por debajo de Collserola, la montaña agujereada por los Túneles de Vallvidrera. Todo esto, unido a los parques tecnológicos y a los centros de excelencia que exhala la vieja Escola Industrial, va en el mismo saco: la herencia de Ballart, aunque él esconda el pasado glorioso bajo el manto de displicencia del que se cree más listo y preparado; error de bulto.

Terrassa busca soluciones

Dentro del PSC, las diferencias de matiz no son una obra de la naturaleza o de la divinidad como creen algunos respecto a los abismos abiertos entre España y Cataluña. En el socialismo catalán germinaron almas contradictorias (mucho más de lo que creen los de las primarias de ayer entre Núria Parlon e Miquel Iceta); y, cada vez que estas almas salen a la superficie, resucita el mito platónico de la caverna.

Nadie vive eternamente de lo inefable. Las peleas en el consistorio de Terrassa entre los diferentes partidos han apagado los abismos de matiz en el seno del PSC. Ballart está lejos del pragmatismo racional que aplicó Navarro y podría decirse que, a pesar de todo, este último se aproximó más a la posición del convergente Josep Rull, el actual consejero de Territorio de la Generalitat, en su etapa como concejal de Terrassa.

Aunque sea ya en la próxima Navidad de calles engalanadas, la ciudad quiere un arreglo. Las fuerzas económicas, tan visibles en la patronal Cecot, cruce fecundo actual entre conservadurismo e independentismo, anhelan la vuelta al carnaval de papier mâché y a los escaparates de bibelot. No quieren estar tan cerca del abismo tolerado, que afecta a miles entre propietarios perjudicados y familias empobrecidas por la crisis.

El desafío de la empresa de aguas

Ballart no arregla el desaguisado y paralelamente empeora otros frentes, como el del agua. Armado ideológicamente por el municipalismo totalizador que ha vuelto del pasado en la Barcelona de Ada Colau, el alcalde quiere que Aguas de Terrassa sea de titularidad pública, como si gestionar este recurso necesitara del papá Estado antes que de un buen consorcio mixto.

Pero se ha encontrado con la horma de su zapato: el presidente de la Mina Pública de Aguas de Terrasa, Mariano Galí, que también preside la emblemática Cámara de Comercio de la ciudad. Ballart podrá engrandecer su perfil quinquenal, el de la NEP soviética de los años del plomo, pero está muy lejos de Keynes, la izquierda posible. 

Suscribir a boletines

Al suscribirte confirmas nuestra política de privacidad