El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, recibe en la Moncloa al líder de Ciudadanos, Albert Rivera/EFE
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Tanto Sánchez como Rivera deberían plantear a la sociedad española pasar página sobre el intento de golpe con la generosidad de la Transición

Juan García

Editor Economía Digital

El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, recibe en la Moncloa al líder de Ciudadanos, Albert Rivera/EFE

Barcelona, 29 de mayo de 2019 (04:55 CET)

Las elecciones europeas, municipales, y autonómicas en algunas comunidades del pasado domingo deberían servir para cerrar un ciclo de profunda y agotadora inestabilidad parlamentaria. Desde los comicios del 2015 y ante la ausencia de una mayoría parlamentaria que respaldara la presidencia de Mariano Rajoy, España ha vivido la repetición de una elecciones generales, una moción de censura y unas nuevas elecciones generales, salpicadas por diversas elecciones regionales, en Cataluña especialmente planteadas en términos casi dramáticos.

Todo ello, además, en medio del desafío soberanista, uno de los mayores retos a los que se ha enfrentado hasta ahora la democracia nacida de la Transición española. En ese período se rompió definitivamente el bipartidismo tranquilo y se consolidaron nuevos partidos, desde Podemos con vocación aparentemente antisistema hasta Vox, una formación que bebe en las fuentes de los movimientos europeos más extremistas.

En ese escenario, no resulta exagerado decir que los españoles llegaron exhaustos a las urnas este domingo y que premiaran, más allá de simpatías ideológicas o de identificación con unos determinados programas, cuya exposición y debate brilló por su ausencia, aquellas propuestas que les prometieran un quehacer tranquilo, alejado de toda agresividad verbal, y que, en sentido contrario, fracasaran las formulaciones más apocalípticas, independientemente de lo más o menos acertado de los diagnósticos de la situación en que se basaran.

Parece, pues, evidente que el país está sediento de estabilidad y que el cansancio acumulado tras tanta convocatoria electoral necesita un periodo reparador, en el que se puedan consolidar gobiernos y que éstos se orienten  alos problemas cotidianos de los ciudadanos sin la amenaza de una nueva cita electoral en el inmediato horizonte.

Un pacto de estabilidad entre PSOE y Ciudadanos

En estos momentos, dada la división del arco parlamentario, un pacto entre el Partido Socialista y la formación de Albert Rivera, entre el PSOE y Ciudadanos, sería, desde nuestro punto de vista, la coalición de gobierno que podría ofrecer unas perspectivas de mayor estabilidad a los españoles. Una acuerdo que estaría respaldado por 180 escaños en el Congreso de los Diputados, cinco por encima de la mayoría absoluta.

Ese posible pacto tendría ventajas adicionales más allá de esa confortable mayoría parlamentaria. En primer lugar, no resultaría un arreglo contra natura. Pedro Sánchez y Albert Rivera ya alcanzaron un acuerdo para gobernar en febrero de 2016. En el fondo, los programas políticos de ambas formaciones no se han alejado tanto desde entonces.

Si acaso, los socialistas habrían acentuado su perfil social por sus guiños a Podemos y proliferado los gestos a los soberanistas, mientras que Ciudadanos se habría acercado a territorios ubicados tradicionalmente en la derecha para disputarle la hegemonía al PP en el electorado conservador. Nada que no pueda subordinarse en un momento dado a intereses superiores como es la gobernabilidad de España.

Esa entente tendría también la virtud de liberar al PSOE de los cantos de sirena de la formación que lidera Pablo Iglesias, centrando la política económica, más en línea con los programas que auspicia Bruselas. A su vez, haría inviable ciertas componendas con los independentistas. Un gobierno PSOE-C’s no podría ofrecer un posible indulto si el Tribunal Supremo sentenciase por rebelión a la cúpula que se juzga estos días en Las Salesas.

Saber gestionar el conflicto catalán

Pero seguramente ese acuerdo obligaría a ambos partidos obligaría a los a definir una estrategia más estable para afrontar el reto separatista; una propuesta más a largo plazo que orillara la amenaza difícilmente viable de una aplicación inmediata de un nuevo 155, como defienden algunos barones naranjas, o el indulto buenista que está en las mentes de algunos dirigentes del PSOE.

Probablemente, la confortabilidad de ese gobierno sin urgencias unido a un movimiento soberanista en sus horas más bajas por su irrelevancia en las Cortes, la sentencia a sus líderes y el cansancio de unos cuadros que ya han interiorizado que, de momento, la independencia ni está no se le espera en el horizonte política racional, debería abrir un camino para, si no acabar con el problema, sí al menos minimizarlo hasta hacerlo digerible.

Tanto Sánchez como Rivera deberían en ese sentido, en determinadas condiciones, plantear a la sociedad española pasar página sobre el intento de golpe, con la generosidad con que la Transición española trató su pasado más inmediato. Borrón y cuenta nueva, tal vez.

Pero la contrapartida a esa magnanimidad, a ese esfuerzo político, debería ser la aceptación por el nacionalismo catalán de cambios en la educación para acabar con la marginación y caricaturización del castellano, no para dejar de promocionar el uso de la lengua catalana; control de los medios públicos y aquí quizás podría aprovecharse y hacerse para todos, y una nueva ley electoral, que deje de primar tan injustamente unos territorios en detrimento de otros.

En definitiva, un gobierno para la estabilidad, un ejecutivo que pueda poner en marcha un proyecto para al menos cuatro años, apoyado en el centro político del país y en una amplia mayoría social y parlamentario. Un acuerdo que sería beneficioso también para las tres grandes formaciones del arco parlamentario.

El PSOE gobernaría sin necesidad de buscar pactos parciales permanentes, Ciudadanos adquiriría una pátina de gobierno de la que aún carece e, incluso, el PP dispondría de un tiempo para refundarse definiendo con claridad qué quiere ser en el futuro, sin los bandazos dados en los últimos meses por sus nuevos líderes, aunque eso sí bastante alejado del poder.

Un gobierno en coalición para la estabilidad que necesita España y, por tanto, que no buscaría la desestabilización innecesaria ni en Andalucía, revisando el acuerdo anterior, ni en otras instituciones, donde ya existen otros acuerdos de gobierno que a su vez necesitan un periodo de tranquilidad para desarrollarse.

Tanto el PSOE como Ciudadanos tienen más a ganar que a perder. Pero será un gobierno, qué duda cabe, para un futuro que quizás vaya más allá de estos próximos cuatro años.

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