La muerte de Mankell deja huérfana a la literatura negra

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Fusionó la novela de intriga con la de denuncia social

El escritor Henning Mankell / EFE

en Barcelona, 05 de octubre de 2015 (13:16 CET)

La novela negra Europa tiene una gran tradición que se remonta a los tiempos de Arthur Conan Doyle y su Scherlock Holmes y que se asentó de forma definitiva con Agatha Christie y su Hércules Poirot. Los detectives británicos buscaban pistas y usaban sus famosas células grises para dar con el asesino. Mientras, en América, los personajes de Dashiell Hammett y Raymond Chandler teñían de sangre las calles de Nueva York y Chicago en sus cuitas por hacerse con el mercado negro del alcohol en los tiempos de la prohibición.

La llegada de Kurt Wallarder al mundo de la novela negra cambió los parámetros del género. El inspector sueco, nacido de la pluma de Henning Mankell, se enfrentaba en Asesinos sin rostro (1991) al crimen de una pareja de granjeros en los alrededores de Ystad. Wallander, como miss Marple, acababa por ponerle rostro al asesino, pero sus peripecias no consistían sólo en intrigar al lector y reunir pistas, el policía vivía de cerca uno de los conflictos latentes de la supuesta maravillosa sociedad de bienestar sueca, la inmigración y el racismo.

Literatura de denuncia social

A esta primera novela le siguió Los perros de Riga, de corte más ingenuo, un mero entretenimiento. Pero la vida de Wallander, en paralelo a la de Mankell, se fue convirtiendo poco a poco en cada libro en algo más sórdido, más oscuro. Hasta que con El hombre sonriente y Pisando los talones, el escritor completó el giro e hizo que la novela negra fuese más allá de la intriga y se consolidase como literatura de denuncia social.

Mankell, que amaba África, logró mezclar esa desazón por el deterioro de la sociedad del bienestar con su amor por el continente negro y de esa fusión surgió su mejor novela, La leona blanca. En los últimos años, cansado ya de su inspector Wallander, en el que muchos han visto su alter ego, Mankell abordó otros asuntos, como la locura del nuevo capitalismo en China, en El Chino, o el horror de la pandemia del sida en África, en El cerebro de Kennedy.

Lega sus libros y el nuevo género que inauguró  

Este lunes, el escritor ha dejado huérfanos a los lectores de novela negra. Ha muerto de cáncer a los 67 años. Lega a los amantes de la literatura sus libros y también esa tradición de novela de misterio y denuncia social, que inauguró y que luego siguieron tantos otros, casi todos suecos, con Stieg Larsson a la cabeza, hasta convertirla en moda y en hábito para los devoradores de best sellers.   

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