Los herederos de Mas temen la consulta unilateral de Puigdemont

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El presidente de la Generalitat mantiene en vilo al soberanismo con sus amagos sobre el referéndum y la posible renuncia a presentarse a las elecciones

Homs, a su llegada al Tribunal Supremo el pasado lunes, rodeado de la cúpula del PDC. EFE

Barcelona, 20 de septiembre de 2016 (01:00 CET)

¿Cómo acabar ya el proceso? La dirección del Partit Democràta Catala, la ex Convergència, teme que todo se precipite y que el presidente Carles Puigdemont apueste, al final, por un referéndum unilateral para culminar lo que no pudo hacer Artur Mas. Son, precisamente, los herederos de Mas los que desconfían de Puigdemont, porque éste no ofrece pistas de qué quiere realmente hacer, ni de si será candidato a las elecciones, ni de si será capaz de aguantar el tirón de Esquerra Republicana.

El desconcierto es enorme, porque el propio proceso soberanista ha desquiciado a todos sus actores. La escena de este lunes ilustra todas las contradicciones: Francesc Homs, el ex conseller de Presidencia, declaró en el Tribunal Supremo en Madrid por la causa del 9N arropado de dirigentes independentistas, del nuevo PDC y de ERC, con la participación de Mas.


Algo sonado

Mientras, Puigdemont ejercía de hombre de estado y se entrevistaba con el presidente valenciano Ximo Puig en la Generalitat valenciana para defender, conjuntamente, el corredor mediterráneo, en una reivindicación 'autonomista', para pedir la colaboración de los gobiernos centrales. Pero es, precisamente, el grupo de Homs en el Congreso el que apuesta con más claridad por algún tipo de entendimiento con el Gobierno central, mientras que Puigdemont –un independentista de primera hora-- juega con el referéndum unilateral y el deseo de "organizar algo muy sonado, sin romper del todo con la legalidad", según una fuente de su entorno.

Esa es la realidad ahora de la política catalana, a la espera del debate en el parlamento catalán sobre la cuestión de confianza a la que se someterá Puigdemont el próximo miércoles 28 de septiembre. Ese debate será determinante porque supone, en realidad, el debate de investidura del propio presidente, que accedió al cargo en el último minuto tras el veto de la CUP a Artur Mas. Puigdemont debe trazar su propio plan para los próximos meses, con el objetivo –los plazos se los impuso el propio movimiento soberanista-- de convocar a los catalanes a las urnas entre finales de mayo y junio.

Elecciones en junio

¿Para votar qué? Esa es la incógnita. O un referéndum que se quiere que tenga consecuencias efectivas, o unas elecciones 'constituyentes', que, en la práctica, serían unas elecciones autonómicas ordinarias. En ese lapso, el Govern sigue elaborando las leyes de la "desconexión", como la ley de la transitoriedad, que pretende pasar de la ley española a la ley catalana para proclamar la independencia.

Pero, ¿cuál es el problema? Los herederos de Mas, los jóvenes que ocupan la dirección del PDC, con Marta Pascal y David Bonvehí a la cabeza, son independentistas, pero han comenzado a intuir el peligro, y es que Esquerra puede acariciar un gobierno de izquierdas, junto al movimiento de los comunes, que dirige la alcaldesa Ada Colau, a través de Xavier Domènech, y la CUP u otros partidos, como el PSC (esa posibilidad también se comienza a debatir en el seno de los socialistas catalanes).

Con la mirada ya puesta también en las elecciones municipales de 2019, el PDC quiere saber qué candidato tendrá, y que compromiso podrá adquirir Puigdemont, para poder subsistir como partido.


Líder sólo para reeditar Junts pel Sí

Y aquí la incógnita es total. Puigdemont se sigue negando a seguir más allá de su corto mandato, sigue sin asegurar si cruzará todos los puentes o no, --con el referéndum unilateral-- y sólo podría aventurarse, según las fuentes nacionalistas consultadas, a una candidatura que pudiera reeditar Junts pel Sí, con ERC.

Sin embargo, los republicanos quieren ya tomar el mando y mostrar que pueden ser la nueva fuerza hegemónica en Cataluña, tras ganar, por dos veces al PDC, las elecciones generales. También sabe Oriol Junqueras que el empuje de Colau y los comunes tiene un límite, que le marca la ley electoral, y es que con grandes dificultades la izquierda de la alcaldesa de Barcelona podría superar los 24 o 26 escaños, porque el voto que moviliza se encuentra ubicado únicamente en el área de Barcelona.


Un activista, no un político

En esa tesitura, la operación de Mas desde 2012, que ha provocado el derrumbe de lo que fue Convergència Democràtica, podría llegar a su final. Puigdemont ha acabado de descolocar al nuevo PDC, que no sabe cómo iniciar un proceso de rectificación, de búsqueda de un espacio ideológico para competir con la izquierda.

El propio Mas clama para que Puigdemont no repita un segundo 9N, y espere una buena ocasión, la que le brinde –está por ver-- un nuevo gobierno español, cuando se constituya.

Puigdemont se muestra prudente en sus apariciones oficiales. No convocará ningún referéndum que no pueda tener "todas las garantías", pero en su partido no lo tienen claro. Puigdemont no es un político profesional. Es un activista, siempre lo fue. Y querría irse de la Generalitat con "algo sonado", según se apunta desde el soberanismo.

Lo que fue un remedio, de última hora, puede resultar un problema para el partido de Mas, con dos claros beneficiados: Esquerra Republicana, y la izquierda alternativa que representa Colau.
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