Carlos Güell de Sentmenat: ciudadanía y tolerancia

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OBITUARIO

Carlos Güell de Sentmenat | EFE

23 de diciembre de 2012 (17:59 CET)

La despedida de Carlos Güell de Sentmenat simboliza el epígono del pensamiento liberal no nacionalista, pero con fuertes raíces catalanas. No es una cuestión de apellidos, sino de ideología.

El finado formó parte de una trilogía imborrable: Carlos Güell, Carlos Ferrer-Salat y Joan Mas Cantí, fundadores del Cercle d’Economia, protagonistas de la Catalunya tolerante, discípulos de Vicens Vives, miembros de la primera generación del Químico de Sarrià, fundado por los Jesuitas y paralelo, en el tiempo, a la inspiración cristiana del Virtèlia (cuna de la dirigencia, los Miquel Roca, Mayor Zaragoza o Pasqual Maragall, entre otros).

Político de centro

Durante la Transición, Carlos Güell protagonizó el viaje al centro por el único intersticio abierto entre la democracia cristina (la Unió Democràtica de Anton Cañellas) y el reformismo de la UCD, de Suárez. Lo intentó dos veces: con el Centre Català de 1976 y con Centristes de Catalunya-UCD, hasta el momento de su disolución, en 1982.

En el primer viaje, le acompañaron personajes tan dispares como Juan José Folchi (el conocido letrado fue consejero en la Generalitat provisional de Tarradellas) o Joaquín Molins, que después formaría parte de los gobiernos de CiU pero al que Jordi Pujol nunca perdonó del todo su flirteo con el centrismo españolista. El segundo viaje fue apenas un vuelo gallináceo; estaba tocado y hundido por la rendición de Anton Cañellas, ante el empuje de UCD.

Gestor público


Güell de Sentmenat desempeñó cargos públicos; fue presidente del Puerto de Barcelona y delegado del Gobierno en la Zona Franca. Pero su línea empresarial contiene, antes que nada, la tradición dinástica instaurada por su bisabuelo, Güell Bacigalupi. Protagonizó la gestión de la cementera Asland (entre el 53 y el 77) y en sus últimos años impulsó M&A, asociado con Jordi Alberich, director general del Cercle d’Economia y colaborador habitual de Economía Digital.

En la etapa del sindicato vertical, Carlos Güell desempeñó una vicepresidencia en Fomento del Trabajo Nacional y tomó parte activa del entrismo, una estrategia del empresariado democrático, que culminaría después en la fundación de la CEOE. En sus mejores años, fue un modernizador de la patronal pero nunca consiguió despojar a la organización empresarial del proteccionismo, que había sido la divisa de su antepasado, Joan Güell i Ferrer.

Impulsor de la Cambra

Participó activamente en la génesis de la Cambra de Comerç de Barcelona en el momento de la unificación, en 1966 (entre las antiguas cámaras de Industria y de Comercio), liderada por Andreu Ribera Rovira. Aquella unificación cerró la herida, abierta dos siglos antes, entre librecambistas y proteccionistas, y Carlos Güell vivió la última etapa de la polémica escindido en dos. Era cementero y por lo tanto aduanero; pero también era europeísta y, por consiguiente, librecambista. Se demedió entre la cabeza y el corazón; entre el interés y la ideología.

El ciudadano despedido en el tanatorio de Sant Gervasi pilotó la refundación del Círculo Ecuestre, una institución que atraviesa su plenitud bajo la presidencia de Borja García Nieto; también rindió culto al mecenazgo de sus mayores en la Academia de Bellas Artes. Su adiós definitivo coincide ahora con un momento de pasión soberanista.

Catalanismo 'blando'

Recién concretado el pacto de legislatura al que Josep Soler ha bautizado en estas mismas páginas de “bofetada al sector privado”, las grandes empresas se sienten abandonadas ante la incertidumbre de la política. CiU no puede haber olvidado la justa medida entre romanticismo y gobernabilidad, practicada con tanto acierto por Jordi Pujol, a lo largo de décadas. Pero corren malos tiempos para el revisionismo.

La colisión entre los fundamentalismos español y catalán es moneda corriente. La impugnación de los soberanistas vuelca su mirada sobre el catalanismo blando, un espacio en el que Carlos Güell se sentía especialmente concernido.
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