Antoni Brufau y Josu Jon Imaz, presidente y consejero delegado de Repsol. EFE

El adiós en diferido de Brufau (Repsol): cómo dejarlo todo bien atado

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Antoni Brufau anuncia que dejará Repsol en 2023 y encara estos cuatro años con la compañía en expansión y una situación ideal para dirigir su sucesión

Barcelona, 28 de marzo de 2019 (04:55 CET)

Antoni Brufau sorprendió este miércoles al anunciar su adiós de Repsol. La sorpresa no estaba tanto en el hecho de que lo deje —tiene 71 años y ya se especulaba con su salida— sino en que lo anuncie cuatro años antes. Para algunos, lo inesperado fue que quisiera aguantar cuatro años más, pues parte de las conjeturas respecto a su futuro decían que iba a ser reelegido en 2019 pero que no iba a terminar el mandato.

El presidente de Repsol deja muchos interrogantes en su adiós en diferido. ¿Por qué lo anuncia ahora? ¿Por qué se va? ¿Por qué dentro de cuatro años? Y, el más importante, ¿quién le va a suceder? Evidentemente, es muy pronto para entrever quién ocupará la que sin duda será una de las sillas más cotizadas del IBEX, pero Brufau y el consejo de Repsol han puesto las bases para que sea una transición dirigida y controlada. La intención no es otra que dejarlo todo atado y bien atado, aunque en cuatro años puede pasar de todo.

Fuentes cercanas a la compañía aseguraron que forma parte de la normalidad que la transición se haga con tiempo y transparencia, motivo por el cual Brufau ya ha anunciado que su reelección en la próxima junta será la última. Lo cierto es que la situación, tanto de negocio como accionarial, es ideal para que Repsol apueste por la continuidad y no toque demasiado lo que ya funciona.

Es de esperar que en los próximos años, no pocos directivos, vinculados o no con el sector de la energía, se postulen para la presidencia de Repsol, aunque sea un cargo no ejecutivo. Es una de las grandes cotizadas españolas y una oportunidad así no surge a menudo. Pero la intención de la compañía es llevar el proceso al margen de intereses políticos y apostar por alguien que conozca el sector y la empresa, según apuntaron las fuentes consultadas.

La salida de Caixabank de Repsol, una de las claves

La salida de Caixabank de Repsol ha dejado un panorama en el que Brufau y los consejeros tendrán mucha libertad para tomar la decisión del relevo. Siempre con las reservas de lo que puede cambiar de aquí a 2023: si miramos cuatro años atrás, entonces La Caixa era el accionista de referencia, y haciendo una retrospectiva de ocho años, Brufau trataba de resistir en envite de Luis del Rivero, presidente de Sacyr. En aquel momento, se llegó a dar al presidente de Repsol por muerto —profesionalmente, se entiende—.

Precisamente Sacyr resiste como primer accionista de Repsol, pero su posición no es significativa. Es decir, que es el primero pero no es accionista de referencia. Tiene dos miembros de los 15 del consejo y no tiene mando en la gestión de la compañía; mantiene las acciones como una inversión y por el dividendo. Tras Sacyr, que tiene el 8,2%, se sitúa Blackrock con el 4,98%. El fondo, como hace habitualmente, es un inversor financiero y no tiene miembros en el consejo.

Estos son los dos únicos accionistas declarados de Repsol, mientras que Caixabank seguirá vendiendo acciones hasta que no le queden. El resto de fondos y pequeños accionistas no llegan al 3% del capital, por lo que no tienen ningún peso.

Dicha estructura accionarial ha bancarizado Repsol: la mayoría de bancos —el Santander, BBVA y el Sabadell, por ejemplo—, tienen el capital muy atomizado de manera que sus cúpulas, con un consejo lleno de independientes y una política de dividendos atractiva, pueden controlarlos sin muchos problemas. Sirvan como ejemplos los relevos en las presidencias del Santander y BBVA, dirigidos por sus antecesores.

La intención de Brufau es que esto pase en Repsol. Claro que Sacyr puede decir esta boca es mía, pero su influencia, aseguran, es nula. Puede hacer valer su peso en el accionariado, pero debería trasladarlo al consejo de administración y convencer a más consejeros. Tampoco parece que Manuel Manrique, presidente de la constructora, esté en una posición de fuerza como para dar saltos mortales… o dirigirlos.

El último favor de Caixabank ha sido precisamente esta salida lenta y controlada, que ha permitido repartir sus acciones. Venderlas todas a un fondo habría terminado con un nuevo primer accionista y el futuro de Brufau podría haberse nublado.

Repsol crece… y paga más a sus accionistas

Por otro lado, está el negocio, y Repsol está en un momento dulce. Tras abrocharse el cinturón en los años del petróleo por debajo de 50 dólares el barril, dibujó un plan estratégico de crecimiento entre 2018 y 2020. La compañía que dirige Josu Jon Imaz ha entrado en el sector eléctrico minorista y ya capta clientes de las grandes eléctricas.

Esta buena evolución permitirá a Repsol ganar más —su beneficio en 2018 superó los 2.300 millones, la mejor cifra en ocho años— y pagar más a sus accionistas. Y esta es otra clave. Si el negocio avanza y permite pagar más y mejor, los accionistas estarán contentos y aceptarán un relevo continuista. La junta de la energética aprobará un incremento del 5,6% del dividendo, hasta los 95 céntimos, con la intención de que en 2020 termine siendo de un euro por acción.

La Repsol que Brufau e Imaz han dibujado para los próximos años, en la que el petróleo irá perdiendo peso y apuestan por otros sectores energéticos y por la movilidad, deja al presidente en una situación ideal para dejarlo todo atado y bien atado. Su único enemigo es el tiempo.

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