Pedraz cierra el periplo de Conde, el banquero sin números que se hizo masón

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El ex banquero sufre un segundo revés tras ser el ídolo de los 90, pasar por la cárcel y, aparentemente, haberse rehabilitado

Ilustración de Diego Mir para Economía Digital. ED/MIR

Barcelona, 12 de abril de 2016 (01:00 CET)

Cualquier forma de disimulo venial le servía para preservar su secreto. El día que le dieron el honoris causa, Mario Conde empavonó sus solapas al paso por la alfombra del rectorado y a los acordes de gaudeamus igitur. El rector Gustavo Villapalos acababa de susurrarle al oído: "Todos los estudiantes quieren ser como tú".

Había que verlo aquella mañana, tocó el cielo sabiendo que por la noche podría pasarse por la barra de José Luis hasta recalar en un pub con algún mechón salido de la gomina, acompañado por los académicos --Paulina Beato y Arturo Romaní, entre ellos-- que durante la jornada justificaban por escrito las ampliaciones de Banesto y de madrugada paseaban su palmito engagé.

Entonces Conde era en esencia un perturbado encantador de serpientes, glosado por Jesús Cacho en el libro Asalto al poder y desmontado por Ernesto Ekaizer en Banqueros de rapiña.

La puerta de Zarzuela se cerró

Antes del calvario, Conde recibía visitas en la sede Banesto en Alcalá y se arremolinaba junto al informador o al consultor de turno para decirle "ves aquí, el diferencial de tal, tal y cual, el spread de tal...", para luego mirarte a los ojos con el gesto del que dice "yo nunca te mentiría".

Su proximidad física era  una especie de lenitivo ante los males del mundo; algo parecido al abrazo del rey emérito, que por entonces era amigo de Marito, hasta que un día Sabino Fernández, general y jefe de la Casa del Rey, cerró la puerta por dentro y echó el pestillo. Nunca más pisó Zarzuela.

El mito decae cuando cree demasiado en sí mismo. A Conde le pega el Retrato de Dorian Grey, hasta tal punto llega su autoestima que inunda su estética camp de perfil aguileño. Él desmontó el reducto de los marqueses.

Entró en el accionariado de Banesto y se pasó por el arco de triunfo a los Gómez Acebo, hijos del marqués de Cortina, que se ennobleció como ministro de Romanones y de Maura. Se subió a las barbas de Pablo Garnica Mansi y de Gómez Acebo y Modet, marqués de la Deleitosa, y hasta sobrevoló la poderosa cabeza de José María Aguirre Gonzalo, el último banquero del Antiguo Régimen.

Abelló y la venta de antibióticos

El suyo fue un ascenso vertical. Su paquete de control obtenido gracias a la venta de antibióticos con su amigo Juan Abelló, le llevó a la cima enarbolando la meritocracia del emprendedor de nuevo cuño que derrota a la vieja nobleza de las cien familias. Abelló y Conde iban a cazar, disfrutaban la pinacoteca del primero, bailaban sevillanas en el Rocío y frecuentaban abrevaderos madrileños de alto postín. Un día, Abelló vendió su participación en Banesto y nunca más han vuelto a verse.

Lo de Mario Conde en Banesto fue un relevo en el que el banquero presentó los hechos como la caligrafía de un pensamiento escondido. No hace tanto, en el Gato al agua de Julio Ariza, don Mario presumía de pensador esotérico, un ave extraña, a medio camino entre cernícalo y el vampiro.

Empieza la caída

En su esplendor, él mismo se encargó de labrarse el sambenito de hombre de la Masonería, pero el código secreto de aquel hereje se estrelló contra la Ley. Su caída empezó en el caso Argentia-Trust, del que salió condenado en marzo de 1997 a seis años de prisión por apropiación indebida y falsedad en documento mercantil.

El dinero de los evasores no se mueve nunca de Suiza, a pesar de los adornos exóticos de Bahamas, Jersey, Caribe o Vírgenes. Se repatría para convertirse en patrimonio invertido, como el de Mario Conde en Los Carrizos, una finca de encinas y olivos de 4.000 hectáreas, propiedad del ex banquero en la Sierra Norte de Sevilla.

En Galicia señorea un pazo, en Ciudad Real una dehesa de 2.000 hectáreas y la famosa Salceda de Toledo, mientras que, en Madrid, su domicilio remonta una de las antiguas vaguadas convertidas en barrios residenciales. Su domicilio en el Barrio del Viso es una casa a los cuatro vientos, cubierta de un gris pálido. De los tesoros de dentro, como los cuadros de Picasso o Braque se ha tenido que olvidar: se los embargaron.

Recurre a la Cábaba y al budismo; también reza sin credo claro. Dolorido como muestran las trazas de su rostro, Conde no es hombre de lamentos. Y menos, de interiores. En pleno estallido de Banesto, daba entrevistas en la calle, como aquel sabio astuto, Gómez de la Serna -el escritor, no el taimado diputado del PP- que recibía debajo de la estatua al ángel caído que hay en el Retiro.

El papel de la familia

Aunque se sabía cazado, Conde soñaba con burlar al juez, y no era del todo consciente de que los poderes políticos, Moncloa y la dupla bipolar Ferraz-Génova, le habían condenado.

Se cayó desde lo más alto, pero nunca aceptó el papel de segundo Ruíz Mateos, aunque ahora, la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil busca pistas en su domicilio, en su finca sevillana, en su pazo de Orense o en la sede de su empresa en Torrejón de Ardoz y se topa con los descendientes del ex banquero.

En la madeja, se van desvelando hijos y yernos hasta completar un organigrama hecho de linaje y sangre. Las pesquisas apuntan a una operación con la que Conde y los suyos  han repatriado 15 millones de euros desde Suiza. Unos fondos que provenían del saqueo de Banesto, por el que fue condenado Mario en sentencia firme por el Tribunal Supremo. Será avaricia o cabezonería, pero de aquí no pasa.

El juez de la Audiencia Nacional, Santiago Pedraz, ha puesto en marcha la operación Fénix que ha conducido también a la detención de Mario y Alejandra, hijos del ex banquero, vinculados a la trama de Hogar y Cosmética Española, el nudo gordiano, al que también están ligados otros detenidos, como Fernando Guasch Vega-Penichet, marido de Alejandra; Francisco Javier de la Vega Jiménez, Francisco de Asís Cuesta Moreno (cercano a Conde desde los años noventa) y María Cristina Fernández Álvarez. 

Tropieza con la misma piedra


Ahora se cierra el periplo de un banquero al que no le salieron los números, se hizo masón, se puso al mundo por montera y se aferró a sí mismo como quien agarra a su doble: un bandolero de cuello blanco. En los primeros rigores del verano de 1994, supo que iba directo a la cárcel, casi el mismo día que Tasotti le rompió la nariz a Luis Enrique en aquel España-Italia en el que Roberto Baggio nos echó del Mundial de Estados Unidos con un gol en el tiempo de descuento.

La condena se acortó, pero retornó en 2001 y en 2012, en otros dos fallos condenatorios. Conde cumplió parte de su pena en Alcalá-Meco, obtuvo un tercer grado penitenciario, se presentó como candidato de Sociedad Civil y Democracia (SCD), su propio partido, y soportó el embargo de sus bienes decretado en un auto de Grande-Marlasca.

Ahora cae en la misma piedra; en el mismo suelo del que no se levantó. En un aldabonazo muy ruidoso, le piden que devuelva lo que se llevó de Banesto. Este hombre contenido en un abate o aumônier francés, que tiene más amigos en Alcalá-Meco que en las cenas de los banqueros, vuelve al papel de reo. Cuando se consagró al disimulo venial, fue la novedad de los Siete Grandes. Pero hoy no sabe si dormirá en los calabozos de Gran Vía o en el sótano de Sol.
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