La cuenta atrás del 2 de agosto en la IA

Por qué el susto de los 35 millones no ayuda a la empresa gallega —y qué debería hacer de verdad antes de que llegue la fecha

ilustracion con un reloj

Hay un número que se ha instalado en las conversaciones sobre inteligencia artificial y regulación: treinta y cinco millones de euros. Repetido sin contexto, produce más parálisis que preparación. Y la empresa gallega no necesita otro susto: necesita entender.

Es el tope de las multas más graves previstas en el Reglamento europeo de IA, y se ha convertido en el titular por defecto cada vez que se acerca el 2 de agosto de 2026, la fecha en que buena parte de esa norma pasa a ser plenamente aplicable. El problema es que ese número, repetido sin contexto, produce más parálisis que preparación. Y la empresa —también la gallega, con su tejido de pymes y su digitalización desigual— no necesita otro susto. Necesita entender.

Conviene empezar por deshacer un malentendido extendido. El Reglamento (UE) 2024/1689 no se activa de golpe ese día de agosto. Es un calendario que arrancó en febrero de 2025, con las prohibiciones de ciertos usos y la obligación de alfabetizar en IA a los equipos, y siguió en agosto de ese mismo año con las reglas de gobernanza para los grandes modelos. Lo que se enciende el 2 de agosto de 2026 es, sobre todo, dos cosas: la capacidad sancionadora de la Comisión Europea sobre los fabricantes de los grandes modelos de propósito general, y las obligaciones de transparencia para quienes usan IA de cara al público.

El miedo, en regulación, es un pésimo consejero: hace tomar malas decisiones a quien debería estar tomando las mejores

Aquí aparece un matiz que la mayoría de los titulares omite y que cambia por completo la lectura para una empresa mediana. En mayo de 2026, el llamado Digital Omnibus —el primer gran paquete de enmiendas al Reglamento desde su aprobación— aplazó las obligaciones más exigentes, las de los sistemas clasificados como de alto riesgo, hasta diciembre de 2027. Es decir, lo verdaderamente costoso de implementar dispone de un año largo de margen adicional. Quien haya tachado el 2 de agosto de su calendario pensando que ya no importa se equivoca; pero quien lo viva como un precipicio inminente también.

Casi con seguridad, eres «desplegador», no «proveedor»

La distinción decisiva para cualquier empresa es saber qué papel juega ante la norma. El Reglamento separa a quien fabrica el modelo —el proveedor— de quien lo utiliza en un contexto profesional —el desplegador—. La práctica totalidad de las pymes gallegas que han incorporado inteligencia artificial son desplegadoras: integran una herramienta de un tercero en su gestión, su atención al cliente o su marketing. No fabrican nada.

Y el grueso de la carga regulatoria, la documental y la más pesada, recae sobre quien produce el modelo, no sobre quien lo usa. Esto no exime al desplegador de responsabilidades, pero las sitúa en una escala muy distinta de la que sugiere la cifra de los treinta y cinco millones.

Poder demostrar que usas la inteligencia artificial con criterio es una ventaja competitiva, no un coste

Tres tareas, ninguna necesita un despacho

¿Qué puede hacer una empresa de aquí en los meses que quedan? Tres tareas, ninguna de las cuales exige contratar a un despacho especializado. La primera es inventariar dónde se usa realmente la IA, un ejercicio que casi siempre depara sorpresas: el asistente del correo, el resumen automático de reuniones, el filtro de currículos, el chatbot de la web. No se puede gobernar lo que no se sabe que se tiene.

La segunda es clasificar cada uso según su nivel de riesgo, con la tranquilidad estadística de que la mayoría caerá en las categorías mínima o limitada. La tercera, y la única que entra en vigor de forma inmediata en agosto, es resolver la transparencia: que quien interactúe con un sistema de IA sepa que lo hace, y que el contenido generado artificialmente pueda identificarse como tal.

Cumplir obliga a algo mayor: usar la IA con criterio

Y aquí llegamos a lo que, para mí, es el verdadero fondo del asunto. Se habla del cumplimiento como si fuera una meta en sí misma —un formulario que rellenar, una multa que esquivar—, cuando en realidad es una puerta. El propio Reglamento lo insinúa desde su primer hito: antes que las multas y la documentación técnica, en febrero de 2025, lo que exigió Europa fue alfabetización en inteligencia artificial (el artículo 4). No es un detalle menor ni un trámite: es la base sobre la que se sostiene todo lo demás.

Porque no se puede supervisar lo que no se entiende, ni gobernar lo que no se conoce. Una organización que cumple de verdad el EU AI Act no es la que acumula certificados, sino la que ha formado a sus equipos para saber cuándo la IA acierta, cuándo alucina, y cuándo una decisión no debería delegarse en una máquina. El cumplimiento, bien entendido, no termina en un sello: empieza una cultura.

El cumplimiento no es el final del camino. Es lo que te obliga, por fin, a usar la inteligencia artificial con criterio

A esa cultura la llamo Slow AI, o «IA con criterio»: una forma de incorporar la inteligencia artificial que antepone el juicio humano a la velocidad, la comprensión al automatismo y la gobernanza a la moda. Lo que la ley exige por obligación —alfabetizar, supervisar, ser transparente— resulta ser, casualmente, exactamente lo que distingue a una empresa que usa la IA bien de una que solo la usa deprisa. La regulación europea, leída así, no es un freno: es un empujón en la dirección correcta.

Detrás de todo esto late una idea que me parece más relevante que cualquier plazo. Una empresa que documenta cómo usa la IA, que mantiene supervisión humana sobre sus decisiones y que es transparente con sus clientes, construye algo que empieza a escasear y a cotizar: confianza.

Galicia no necesita correr. Necesita decidir bien.

La transición hacia una IA gobernada, explicable y honesta encaja con un tejido empresarial que valora la relación de confianza y el trabajo bien hecho por encima de la velocidad. La regulación europea, leída sin miedo, no frena esa transición: la ordena.

Darse el tiempo de hacerlo con criterio, en lugar de reaccionar con prisa ante una fecha, es probablemente la decisión más rentable que una empresa puede tomar respecto a la inteligencia artificial este año.

El 2 de agosto no es un muro contra el que estrellarse. Es una brújula que señala hacia dónde debería ir, desde hace tiempo, cualquier empresa que quiera usar la inteligencia artificial sin perder el norte.

— Hazlo con criterio. No con miedo.

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