Cuando el descontento vota a quienes lo provocan
Los mensajes sencillos suelen convencer más que las explicaciones complicadas. Quien afirma tener soluciones claras para problemas extraordinariamente difíciles ofrece algo muy valioso: alivio. La promesa tranquiliza. La duda inquieta
Tiendas de camapaña durante la acampada por la Vivienda en la Puerta del Sol – Alberto Ortega / Europa Press
Vivimos en una época extraña. Jamás tuvimos tantos datos e informes sobre las crisis y problemas actuales en nuestras manos, pero cuesta mucho solucionar las causas de estos conflictos. Conocemos el daño que la alteración humana del clima causa a la vida natural y a nuestra convivencia. Vemos cómo el dinero y el mando se juntan en muy pocas manos. Millones de familias sufren buscando un techo digno donde vivir. Las máquinas y los programas informáticos alteran el trabajo y la empleabilidad. La explotación e intereses despiadados hacen migrar a millones de personas. Incluso la soledad, la angustia y la duda existenciales se propagan cual otra pandemia.
Cuanto más crece este malestar general, más confuso resulta entender hacia dónde va nuestro descontento. No choca que la gente esté enfadada. Lo extraño es que esa situación no se dirija, muchas veces, hacia quienes mantienen o causan tanta frustración. ¿Qué lógica hay en que los discursos que niegan el colapso ambiental ganen seguidores, mientras los científicos emiten alertas cada vez más urgentes? ¿Cómo entender que jóvenes sin casa voten propuestas que defienden la vivienda como una especulación, en lugar de verlo como un derecho? ¿Por qué existe apoyo a proyectos que piden quitar frenos a quienes ya controlan la economía, la técnica y los medios de comunicación? ¿Cómo entender que haya mujeres dispuestas a respaldar a políticos juzgados o sentenciados por actos que chocan frontalmente con la igualdad que ellas mismas reclaman? ¿Y qué mueve a ciertos inmigrantes a votar a quienes prometen cerrar las puertas o recortar garantías fundamentales de su propio grupo?
La respuesta habitual consiste en señalar la manipulación, la ignorancia o la polarización ideológica. Pero quizás ninguna de esas explicaciones sea suficiente y el problema sea más profundo. La gente no procesaba por su cuenta la situación global durante la mayor parte del siglo pasado. Había sindicatos, grupos de vecinos, centros culturales, iglesias, partidos con mucha presencia en la calle, plataformas ciudadanas u organizaciones no gubernamentales. Eran lugares donde una persona se sentaba con otras para darle sentido a lo que pasaba en el mundo. Aquellas instituciones no eran perfectas, pero permitían transformar experiencias individuales en proyectos compartidos.
Hoy, muchas de ellas se encuentran obsoletas o debilitadas. En su lugar, han emergido las grandes plataformas digitales, convertidas progresivamente en las auténticas infraestructuras de la conversación y conversión públicas. Nunca habíamos estado tan conectados. Nunca habíamos intercambiado tantos mensajes, consumido tanta información o expresado tantas opiniones. Y, sin embargo, cada vez parecemos menos vinculados. Porque conectar no es pertenecer.
La pertenencia implica obligaciones mutuas, continuidad, comunidad y destino compartido. En las llamadas plataformas, en el mundo digital, hay vínculos que surgen al instante, se desvanecen pronto y no se utilizan o no hacen falta para nada. Quizá por eso nos pasa algo raro: mientras los cables y las ondas parece que nos mantienen unidos, resulta que cada cual va más por su lado cuando estamos cara a cara.
La pandemia de la COVID aceleró probablemente esta tendencia. No la creó porque ya estaba presente desde antes, pero sí profundizó dinámicas que venían gestándose desde hacía décadas. El aislamiento, la virtualización de las relaciones y la sensación de vulnerabilidad reforzaron comportamientos más individualizados. Tras ella quedó una percepción cada vez más extendida de que cada individuo debe gestionar por sí mismo su supervivencia en un mundo incierto.
A esto hay que sumar algo típico de esta época: el mundo es cada vez más difícil de seguir. El clima que cambia, las máquinas que aprenden solas, el movimiento del dinero a nivel mundial, los grupos de inversión, los roces entre países o el descenso de la población en los países llamados desarrollados forman un mapa que supera lo que casi cualquiera puede abarcar. Ni siquiera los expertos logran ponerse de acuerdo.
Ante este panorama, tiene sentido que la gente no busque el análisis más preciso, sino aquel que le devuelva algo de mando sobre su propia vida. Bastante tiene alguien con sus asuntos del trabajo, su hogar o su cuenta bancaria como para dedicar el poco tiempo y vigor que le quedan a desentrañar los enredos del planeta. Por eso, los mensajes sencillos suelen convencer más que las explicaciones complicadas. Quien afirma tener soluciones claras para problemas extraordinariamente difíciles ofrece algo muy valioso: alivio. La promesa tranquiliza. La duda inquieta. La certeza, aunque sea ilusoria o incluso mentira, suele resultar políticamente más rentable que la incertidumbre.
Y es aquí donde la desvinculación y la complejidad terminan encontrándose. Cuando desaparecen los marcos compartidos de interpretación, el malestar deja de transformarse en proyecto colectivo y comienza a fragmentarse. Los ciudadanos dejan de percibir muchos de sus problemas como experiencias comunes para contemplarlos cada vez más como desafíos individuales.
El conflicto se desplaza. Trabajadores contra inmigrantes. Jóvenes contra pensionistas. Hombres contra mujeres. Mujeres contra mujeres por su condición de mujeres. Campo contra ciudad. Autóctonos contra extranjeros. Precarios contra otros precarios. Grupos diferentes, todos ellos afectados por distintas formas de incertidumbre, compiten entre sí por reconocimiento, protección o recursos cada vez más escasos. Y, mientras tanto, los grandes centros de poder económico, financiero y tecnológico, principales hacedores de la situación actual, permanecen relativamente alejados del foco principal de la confrontación social.
Quizás de ahí proceda este escenario tan confuso. La gente vive con miedo ante lo que vendrá. Pero al mismo tiempo, los grupos humanos pierden la habilidad para resolver sus asuntos entre todos. El termómetro global sube sin freno. El dinero se amontona en pocas manos, los gobiernos autoritarios ganan terreno y las máquinas cambian nuestra rutina cotidiana a una velocidad de vértigo. Estamos como si el objetivo ya no fuera cambiar el rumbo (erróneo y posiblemente catastrófico) del barco, sino conseguir un mejor camarote mientras siga navegando.
Tal vez esa sea la verdadera paradoja de nuestro tiempo. No que exista descontento. El descontento siempre ha existido. Lo extraordinario es que, en una época marcada por la concentración de riqueza, la crisis ecológica, la precarización y la fragmentación social, una parte creciente de ese malestar parece incapaz de reconocer las dinámicas que lo generan.
Y cuando el descontento pierde de vista sus causas, sucede algo tan paradójico como revelador: termina depositando sus esperanzas en quienes prometen gestionar sus consecuencias sin alterar los mecanismos que las producen. Termina, en definitiva, votando a quienes lo provocan.