La IA y cómo sobrevivir al algoritmo

"El futuro no consiste en sobrevivir a la inteligencia artificial, sino en aprender a trabajar con ella"

Hay una pregunta que empieza a recorrer nuestras empresas con tanta fuerza como lo hizo hace unos años la digitalización: ¿qué va a ocurrir con nuestros empleos cuando la inteligencia artificial (IA) sea capaz de realizar en segundos tareas que hoy requieren horas de trabajo?

Mi respuesta es clara: el futuro no consiste en sobrevivir a la inteligencia artificial, sino en aprender a trabajar con ella.

La verdadera cuestión no es si el algoritmo va a sustituir a las personas, sino si nuestras empresas, nuestros trabajadores y nuestra economía estarán preparados para aprovechar el enorme potencial de una tecnología que ya está transformando la forma de producir, vender, gestionar y relacionarnos con los clientes.

La inteligencia artificial ya no es una promesa de futuro: es una realidad empresarial. Puede automatizar tareas repetitivas, analizar grandes cantidades de información, mejorar procesos, anticipar necesidades de los clientes, apoyar la toma de decisiones y abrir oportunidades para desarrollar productos y servicios que hasta hace poco eran difíciles de imaginar. La IA generativa está acelerando todavía más este proceso.

Precisamente por la profundidad de esta transformación, debemos evitar dos errores: pensar que la tecnología lo resolverá todo por sí sola o, en el extremo contrario, contemplarla exclusivamente como una amenaza para el empleo.

La experiencia nos demuestra que las revoluciones tecnológicas destruyen determinadas tareas, transforman ocupaciones y crean otras nuevas. El desafío empresarial consiste en anticiparse a esos cambios, mientras que el reto colectivo es conseguir que nadie quede atrás.

Más productividad, no menos empleo

Galicia, España y Europa necesitan aumentar su productividad. Contamos con empresas competitivas, innovadoras y con una enorme capacidad de adaptación, pero también afrontamos problemas como el reducido tamaño de muchas empresas, el déficit de determinados perfiles profesionales y las dificultades para encontrar talento cualificado.

La inteligencia artificial puede ayudarnos a afrontar parte de estos desafíos. Una pequeña empresa puede utilizarla para automatizar tareas administrativas; un comercio, para conocer mejor a sus clientes; un despacho profesional, para agilizar la elaboración y el análisis de documentación; una industria, para optimizar sus procesos productivos y el mantenimiento; y una empresa exportadora, para analizar mercados y adaptar su comunicación comercial.

Esto no significa que sobren trabajadores, sino que podemos liberar tiempo dedicado a tareas de poco valor para centrarnos en aquello que realmente diferencia a una empresa: el conocimiento, la creatividad, la relación con el cliente, la innovación, la resolución de problemas y la toma de decisiones.

La productividad debe ser una de las grandes conversaciones de esta revolución tecnológica. Si utilizamos la IA únicamente para hacer lo mismo un poco más rápido, estaremos desaprovechando buena parte de su potencial. El verdadero salto llegará cuando seamos capaces de rediseñar procesos, organizaciones y modelos de negocio aprovechando las nuevas posibilidades tecnológicas.

Aquí aparece probablemente el factor decisivo: las personas. La inteligencia artificial no sustituye al talento humano, sino que puede potenciarlo cuando existe el conocimiento necesario para utilizarla con criterio, creatividad, ética y responsabilidad. Por eso, la formación permanente deja de ser una opción y se convierte en una condición de competitividad.

«Si utilizamos la IA únicamente para hacer lo mismo un poco más rápido, estaremos desaprovechando buena parte de su potencial»

Necesitamos formar a quienes hoy trabajan y preparar a quienes mañana se incorporarán al mercado laboral. Debemos garantizar competencias digitales básicas para todos, así como contar con especialistas capaces de desarrollar, integrar y supervisar sistemas avanzados. También necesitamos que la Formación Profesional evolucione al ritmo de las empresas y que la universidad mantenga una relación mucho más estrecha con el tejido productivo. Todo ello requiere mayor flexibilidad.

Las microcredenciales, los programas de especialización, la formación continua y las fórmulas de aprendizaje vinculadas a las necesidades concretas de las empresas pueden desempeñar un papel fundamental. La CEOE viene impulsando precisamente modelos de microformación orientados a ámbitos estratégicos como la inteligencia artificial, la digitalización y la sostenibilidad.

La empresa del futuro no será la que simplemente tenga más tecnología, sino la que cuente con mejores profesionales para utilizarla.

Hay, sin embargo, una cuestión que debemos situar en el centro del debate: no todas las empresas parten del mismo punto.

Para una gran compañía puede resultar relativamente sencillo crear un departamento de datos, contratar especialistas en IA o desarrollar una estrategia tecnológica propia. Para un autónomo, una microempresa o una pyme de diez trabajadores, la realidad es muy diferente.

Muchas veces no falta voluntad, sino tiempo, recursos, conocimiento y capacidad para saber por dónde empezar.

Por eso, no podemos pedir a una pequeña empresa que afronte la revolución de la inteligencia artificial como si dispusiera de los mismos recursos que una multinacional.

La digitalización de una pyme no puede convertirse en una sucesión de herramientas adquiridas sin una estrategia clara. Necesitamos acompañamiento, financiación accesible, asesoramiento y formación práctica. Y, sobre todo, debemos garantizar que la tecnología resuelva problemas reales de la empresa.

La CEOE ha señalado que las pymes afrontan carencias de equipamiento, herramientas, recursos y talento, aunque también cuentan con una ventaja importante: su agilidad y capacidad de adaptación.

Ahí reside una de las grandes oportunidades de nuestro tejido empresarial.

Una pequeña empresa no necesita convertirse en una tecnológica. Necesita saber dónde la inteligencia artificial puede ahorrarle tiempo, reducir costes, mejorar su servicio o abrirle nuevos mercados.

La inteligencia artificial tampoco puede desligarse de la innovación. Durante demasiado tiempo hemos hablado de digitalización como si consistiera simplemente en comprar ordenadores, instalar programas o trasladar procesos analógicos a una pantalla. La transformación digital es mucho más profunda.

Significa utilizar datos para decidir mejor, automatizar cuando tenga sentido, desarrollar nuevos productos y servicios, mejorar la experiencia del cliente y construir organizaciones capaces de adaptarse permanentemente.

«La transferencia de conocimiento tiene que traducirse en resultados económicos: más innovación, más productividad, más empresas y más empleo»

La CEG lleva años defendiendo que la digitalización, la innovación y la incorporación de tecnologías como la IA son palancas esenciales para mejorar la competitividad de las empresas gallegas, especialmente de las pymes.

Por eso, debemos reforzar la colaboración entre empresas, universidades, centros tecnológicos y administraciones. La transferencia de conocimiento tiene que traducirse en resultados económicos: más innovación, más productividad, más empresas y más empleo.

Galicia cuenta con capacidades para lograrlo. Tenemos universidades, centros tecnológicos, sectores industriales de gran importancia y empresas que ya demuestran que es posible competir internacionalmente desde nuestra comunidad. Necesitamos conectar mejor todo ese talento.

La confianza, un factor decisivo

Hay otra cuestión que no podemos ignorar: la inteligencia artificial plantea riesgos. La privacidad de los datos, la ciberseguridad, los sesgos, la propiedad intelectual, la transparencia de los algoritmos y el uso responsable de la información forman parte ya de la gestión empresarial.

Europa ha optado por regular la inteligencia artificial, y las empresas deben conocer y cumplir el marco normativo vigente. La regulación es necesaria, pero debemos evitar que se convierta en una barrera desproporcionada, especialmente para las empresas de menor tamaño.

La seguridad jurídica debe ir acompañada de proporcionalidad y apoyo. Si queremos que una pyme utilice la IA, no podemos convertir cada paso que dé en un laberinto burocrático.

La confianza será uno de los activos fundamentales de esta nueva economía.

Quizá el título de esta reflexión plantee una paradoja: ¿Cómo sobrevivir al algoritmo? La respuesta es que no debemos aspirar a sobrevivir a él, sino conseguir que el algoritmo trabaje para nosotros.

«Los programas de apoyo a la digitalización han demostrado que, cuando los recursos se orientan adecuadamente, pueden contribuir a democratizar el acceso a la tecnología»

Eso exige inversión, innovación y digitalización, pero, sobre todo, personas preparadas. También requiere un marco que favorezca la inversión empresarial y facilite que los recursos lleguen a quienes más dificultades tienen para acometer esta transformación.

Los programas de apoyo a la digitalización han demostrado que, cuando los recursos se orientan adecuadamente, pueden contribuir a democratizar el acceso a la tecnología. La CEOE ha destacado, por ejemplo, el impacto del Kit Digital en cientos de miles de empresas.

Ahora debemos dar el siguiente paso: pasar de la digitalización básica a una verdadera transformación productiva, sin dejar atrás a nadie.

Porque el autónomo que trabaja solo, la pequeña empresa familiar, la industria auxiliar, el comercio, el despacho profesional o la empresa rural también forman parte de esta revolución.

Si conseguimos que todos ellos tengan acceso a tecnología, conocimiento, financiación y talento, la inteligencia artificial puede convertirse en una extraordinaria oportunidad para Galicia.

Si no lo hacemos, corremos el riesgo de que la tecnología agrande las diferencias que ya existen entre empresas.

El reto, por tanto, no es únicamente tecnológico: es empresarial, laboral y social.

Tenemos ante nosotros una nueva revolución industrial. Y, como en todas las anteriores, ganarán quienes sean capaces de adaptarse.

Pero esta vez tenemos una ventaja: conocemos el desafío antes de que se materialice por completo. No esperemos a que el algoritmo llame a nuestra puerta. Preparémonos para abrirla nosotros.

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