To be or no to be ONU
Un reciente informe de Gallup, basado en encuestas realizadas en 137 países, ofrece una radiografía precisa de la relevancia de la ONU e incorpora al debate un ángulo que rara vez se tiene en cuenta: la opinión pública global
Ocho décadas después de que, tras su gran empeño, Eleanor Roosevelt defendiera la Declaración Universal de Derechos Humanos en 1946 —un gesto que inauguró una arquitectura institucional y una forma de entender el mundo— la Organización de las Naciones Unidas vuelve a enfrentarse a la pregunta esencial: ¿sigue siendo relevante? La intuición fundacional que impulsó su creación, profundamente política y profundamente moral, se encuentra hoy sometida a una presión inédita. El multilateralismo atraviesa su momento más frágil desde la posguerra, y la cuestión ya no es si la ONU es necesaria, sino si es capaz de responder a las exigencias del presente.
El informe Gallup – United Nations 2026 Report, basado en encuestas en 137 países, ofrece una radiografía precisa de esta relevancia. Y lo hace desde un ángulo que rara vez se incorpora al debate: la opinión pública global. En un tiempo donde la legitimidad ya no se hereda, sino que se gana, saber cómo perciben los ciudadanos a la ONU es tan importante como analizar su desempeño diplomático.
El primer dato es contundente: 50 % de aprobación mundial frente a un 26 % de desaprobación. En un ecosistema institucional marcado por la desconfianza, la ONU conserva un capital simbólico que no tienen otros actores globales. Incluso supera las valoraciones de los liderazgos de Alemania, China, Estados Unidos y Rusia (aunque las preguntas no sean directamente comparables). Pero este apoyo, aunque significativo, no es homogéneo.
La fotografía global muestra un mapa no del todo homogéneo: 67 países presentan mayorías favorables, mientras que solo nueve registran mayorías claramente negativas. Vietnam (+75), Camboya (+74) y Laos (+71) encabezan los apoyos; Israel (-61), Rusia (-58) y Túnez (-48) lideran los rechazos. La ONU es, simultáneamente, una institución muy valorada y muy cuestionada, dependiendo del lugar donde se mire.
En este contexto, España ocupa una posición intermedia pero significativa. La aprobación alcanza el 52 %, frente a un 39 % de desaprobación. No es un apoyo abrumador, pero sí un respaldo claro en un entorno europeo donde las opiniones están más divididas. Este dato importa por dos motivos: España mantiene una percepción estable, sin grandes oscilaciones ni polarización extrema; y su apoyo es superior al de otros países de la UE, donde la desaprobación es más elevada. Para una potencia media con vocación multilateral, esta estabilidad es un activo diplomático: España sigue viendo a la ONU como un actor útil, aunque no infalible.
El informe confirma también algo que la diplomacia intuía desde hace años: el Sur Global es el principal sostén de la ONU. Sudeste Asiático y África Subsahariana muestran los saldos positivos más amplios. Europa, Norteamérica y Eurasia mantienen apoyos moderados pero estables. América Latina y el Caribe aparecen divididas. Y Oriente Medio y Norte de África son las únicas regiones donde la desaprobación supera claramente a la aprobación. Allí donde la ONU se percibe como actor de estabilización, desarrollo o protección, la valoración es más favorable. Allí donde se la asocia a conflictos irresueltos o bloqueos diplomáticos, la percepción se deteriora.
La ONU conserva legitimidad global, pero esta legitimidad es frágil, desigual y dependiente de factores que la organización no controla del todo
Un hallazgo merece atención especial: las personas de 15 a 29 años muestran mayor aprobación en casi todas las regiones. En un mundo donde la relevancia institucional depende cada vez más de la capacidad de conectar con nuevas generaciones, este dato es crucial. La ONU conserva atractivo simbólico entre quienes no vivieron la Guerra Fría ni el ciclo de reformas de los años noventa. Para ellas, la ONU no es una institución envejecida, sino un actor potencial en la resolución de problemas globales. Esto abre una ventana estratégica: si la ONU quiere reconstruir su legitimidad, debe hacerlo desde la juventud, no desde la nostalgia institucional.
El informe introduce además una dimensión que suele pasar desapercibida: la opinión no consolidada. En muchos países, porcentajes significativos declaran que su opinión “depende de las circunstancias”, que “no conocen la ONU” o que “no saben/no contestan”. Corea del Sur (41 % depende), Lesoto (35 % desconocen la ONU) o Bahréin (45 % no responden) ilustran esta zona gris. Para la ONU, esta ambivalencia es una oportunidad y un riesgo: oportunidad, porque permite construir legitimidad donde aún no está definida; riesgo, porque la falta de visibilidad puede convertirse en irrelevancia.
Quizá el hallazgo más incómodo del informe sea que la presencia operativa de la ONU no garantiza apoyo público. Kosovo muestra un 70 % de aprobación, pero Israel apenas un 9 %. La acción sobre el terreno, por sí sola, no genera legitimidad. Lo que importa es la percepción de resultados, la claridad de objetivos y la capacidad de comunicar impacto.
Todo esto adquiere una dimensión mayor porque la ONU está a meses de elegir a su próximo Secretario o Secretaria General. Y esa elección no se producirá en el vacío, sino bajo la presión de una opinión pública global que ya no concede legitimidad automática. El relevo en la Secretaría General será, en realidad, un examen de relevancia: ¿qué liderazgo necesita una institución que conserva apoyo, pero no autoridad; que mantiene prestigio, pero no capacidad de decisión; que es vista como necesaria, pero no como eficaz?
La ciudadanía mundial quiere una ONU útil, no ceremonial. Y ese deseo se expresa en tres vectores claros: resultados visibles, capacidad de conectar con las nuevas generaciones y un liderazgo que reconstruya la confianza en el multilateralismo sin caer en la retórica vacía de las grandes cumbres.
El informe Gallup no es un diagnóstico final, sino un aviso. La ONU conserva legitimidad global, pero esta legitimidad es frágil, desigual y dependiente de factores que la organización no controla del todo. España refleja bien esa tensión: confianza suficiente para actuar, pero no para fallar. La pregunta, en última instancia, sigue siendo la misma: ¿puede la ONU demostrar que es necesaria? La opinión pública mundial no le concede un cheque en blanco. Le concede una oportunidad. Y esa oportunidad, como siempre, tiene fecha de caducidad.