La educación que no comprendemos
Los estudiantes de PISA 2026 nacieron en 2009. Son la primera generación que ha crecido con un smartphone en la mano desde los diez años. La primera que ha vivido la lectura como un obstáculo. La primera que ha sido educada en un entorno de estímulos constantes, interrupciones permanentes y atención fragmentada
Varios niños de camino a la escuela en la entrada del colegio, a 7 de septiembre de 2026, en Madrid (España) – Carlos Luján / Europa Press
Los titulares han sido de alarma, hundimiento, retroceso histórico… España obtiene en PISA 2026 los peores resultados desde que la prueba existe. Y, sin embargo, si nos detenemos un momento y leemos más allá del titular, descubrimos que el problema no es solo español. Es más profundo, más estructural, más inquietante. Es un síntoma de algo que llevamos años sin querer mirar.
La OCDE lo dice con una claridad que debería incomodarnos: hay una “bajada continuada” en las capacidades académicas del mundo desarrollado desde hace una década. No es un bache. No es una mala edición. No es la pandemia. Es una tendencia sostenida. Y España cae más que la media (recordemos que la educación formal es competencia de las comunidades autónomas), pero dentro de un movimiento global que afecta incluso a Japón, Corea y Estonia, los tres países que tradicionalmente encabezan la prueba.
Los datos son contundentes: España pierde 23 puntos en lectura, 16 en matemáticas y 8 en ciencias respecto a 2022. Y recordemos también que, según la OCDE, 20 puntos equivalen a un curso escolar. Es decir, en lectura, hemos retrocedido más de un año. En matemáticas, casi uno. En ciencias, medio.
Galicia, por cierto, tampoco escapa a la tendencia. Retrocede menos que la media española, pero el deterioro está ahí. No es una excepción ni un oasis, sino otro reflejo de la misma transformación cognitiva que atraviesa a la generación nacida en 2009. Resistir un poco mejor no significa estar a salvo. Pero lo más grave no es la cifra. Lo más grave es el patrón.
Un tercio del alumnado español no alcanza el nivel mínimo de competencia en matemáticas ni en lectura. No pueden identificar la idea principal de un texto moderado. No pueden comparar dos rutas alternativas. No pueden convertir precios a otra moneda. No pueden sostener la concentración. No pueden perseverar ante una tarea difícil. Y esto no es una crítica moral, sino una descripción técnica del informe.
La OCDE señala las causas con una precisión que debería abrir un debate nacional serio: los alumnos no leen por disfrute, pierden la capacidad de concentración sostenida, empeora la disciplina en las aulas, crece la diversidad sin recursos adecuados, y —la frase es literal— “dedican demasiado tiempo a las pantallas unos chavales que nacieron en 2009 y han crecido rodeados de smartphones”.
Aquí está el núcleo del problema. No es la ley educativa. No es el currículo. No es la metodología. No es la eterna guerra cultural entre pedagogías. Es algo más profundo: la transformación del ecosistema cognitivo de la infancia y la adolescencia.
Los estudiantes de PISA 2026 nacieron en 2009. Son la primera generación que ha crecido con un smartphone en la mano desde los 10 años. La primera que ha vivido la lectura como un obstáculo. La primera que ha sido educada en un entorno de estímulos constantes, interrupciones permanentes y atención fragmentada. La primera que ha interiorizado que el esfuerzo es opcional, que la perseverancia es negociable, que la concentración es un lujo.
Y el informe lo confirma: los estudiantes muestran “dificultades crecientes con las tareas que requieren concentración sostenida, una mayor tendencia a dar respuestas precipitadas, una menor disposición a esforzarse y una disminución de la curiosidad y la perseverancia”. Esto no es un problema escolar. Es un problema social y cultural.
Llevo más de treinta años de profesor universitario. La mitad de ellos impartiendo “Sociología de la Educación”. He visto cómo cambiaba la atención, cómo se erosionaba la lectura profunda, cómo se transformaba la relación con el esfuerzo. Hace unos años publiqué un manual sobre la sociología educativa y veo que muchos de los procesos apuntados se han acelerado.
La escuela está intentando enseñar en un ecosistema que deshace lo que enseña. Los docentes piden más recursos —y los necesitan, porque casi la mitad de los centros declara déficit de profesorado y el 72% falta de personal de apoyo— pero, incluso con más recursos, el problema sigue ahí: la erosión de la atención como capacidad humana.
Y aquí conviene elevar la mirada. La educación no es solo transmisión de contenidos, sino un ecosistema de interrelaciones, de hábitos, de cuidados, de interdependencia. La escuela no puede sostener sola la reconstrucción cognitiva de una generación que ha crecido en ecosistemas digitales hiperestimulados. La lectura profunda, la disciplina, la perseverancia y la capacidad de concentración no se enseñan, sino que se cultivan. Y se cultivan en comunidad, entre todos.
Desde hace meses hemos puesto en marcha Atlas Educa, un proyecto que dirijo, basado en mi metodología, que intenta observar y comprender el ecosistema de la educación real en la sociedad: las concepciones, formas, fuentes, funciones y actores educativos que operan más allá del aula y que condicionan la atención, la lectura, el esfuerzo y la relación de las personas con el aprendizaje.
La encuesta online está abierta en www.atlaseduca.com. Pretende ser un espejo y lo que refleja no es la escuela: somos nosotros. Seguramente no seamos un desastre educativo, pero veremos qué nos depara nuestro primer informe sobre la educación en España.