Cuando no aguantar se convierte en estrategia de vida

Hemos criado hijos entre algodones, sin fricción, sin frustración entrenada, sin el músculo de aguantar un mal día sin que eso sea una emergencia médica

Imagen de archivo de un joven trabajando / Creative Commons

Imagen de archivo de un joven trabajando / Creative Commons

¡Ey Tecnófilos! ¿Qué está pasando por ahí?

Vamos a intentar aprender algo, porque los datos que he estado cruzando esta semana pintan un retrato incómodo de en qué nos hemos convertido como sociedad, y no es un retrato bonito.

Empecemos por lo evidente. Los menores de 35 años se cogen bajas laborales el doble de frecuentemente que los sénior: por cada mil trabajadores jóvenes, 42,75 están de baja al mes, frente a 25,43 entre los mayores de 55. Hace solo siete años esa cifra júnior era de 16,29. Se ha multiplicado por 2,6 en un suspiro. Y detrás de ese boom está sobre todo la salud mental: en 2025 se registraron 729.072 procesos por trastornos mentales, un 157,8% más que en 2016.

Casi un tercio de esas bajas las protagonizan los menores de 35.

Aquí viene el dato que mata el relato fácil de «son unos vagos»: esas bajas jóvenes duran de media 21 días. Las de los sénior, 86. Cuadruplican en duración. Es decir, los mayores aguantan mucho más antes de rendirse, y cuando caen, caen fuerte. Los jóvenes se rinden antes, pero se levantan antes también. Así que no, no es pereza pura y dura. Es otra cosa.

«Los mayores aguantan mucho más antes de rendirse, y cuando caen, caen fuerte»

Y esa otra cosa tiene un segundo capítulo que completa el cuadro. Porque no es solo que aguantemos menos el malestar: es que directamente estamos dejando de querer asumir responsabilidad. El 57% de los trabajadores españoles ya no aspira a ascender. El 55% rechazaría una promoción si afecta a su bienestar. Otra encuesta eleva el rechazo al 60%.

Cuando en tu empresa necesitas nombrar un jefe de equipo y nadie levanta la mano, esto ya no es una anécdota de RRHH: es la fotografía de un país entero.

Ojo, porque aquí hay que ser honesto con el dato, aunque no me guste tanto como el relato generacional. Parte de esa renuncia a ascender no es solo «no quiero esforzarme»: el ascenso medio en España sube el sueldo neto entre 100 y 200 euros al mes, y a partir de 60.000 euros brutos, Hacienda se come la mitad de cualquier subida. La tecnología no es un gasto, es una inversión, pero el sistema fiscal español ha conseguido que asumir responsabilidad tampoco lo sea. No hay retorno. Así que el mínimo esfuerzo, para muchos, no es una elección moral: es una calculadora bien hecha.

Pero —y aquí es donde yo pincho el globo del buenismo— eso no explica por qué preferimos irnos de baja veintiún días antes que aguantar, ni por qué evitamos el cargo de responsabilidad incluso cuando sí compensaría. Hemos criado hijos entre algodones, sin fricción, sin frustración entrenada, sin el músculo de aguantar un mal día sin que eso sea una emergencia médica. Y luego nos sorprende que a la primera de cambio, no aguantar se convierta en la respuesta automática. No es debilidad puntual: es estrategia de vida. Se ha normalizado el «me bajo del carro» como primera opción, no como último recurso.

La mediocracia no se sostiene sola. Necesita gente dispuesta a no destacar, a no mandar, a no aguantar el marrón. Y estamos fabricando esa gente en serie, desde la crianza hasta la fiscalidad, pasando por una atención primaria que firma bajas porque no tiene tiempo ni especialistas para hacer otra cosa.

La pregunta que me hago no es si hemos hecho algo mal. Es si estamos dispuestos a admitirlo antes de que el sistema entero funcione con la mitad de la gente aguantando el peso de la otra mitad.

¡Se me tecnologizan!

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