Adonis, en tierra de nadie

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C/Bailén, 188 93-459-12-92

02 de mayo de 2014 (16:57 CET)

La mayor parte de los locales que en los años 40 merecían el nombre de cafeterías --lo que hoy entendemos por bares-- han desaparecido; el resto eran tabernas. Apenas quedan unos pocos. Una parte de ellos han evolucionado hacia establecimientos que aportan un valor añadido --guste o no-- al asunto fundamental de su antigüedad. Pasa en toda Europa, desde Reino Unido a Francia o Italia. Incluso en el Este.

En Barcelona, puede ser un bar que encuentra la evolución siempre arriesgada --a mi modo de ver inevitablemente adulterada-- del modelo Mut, que ahora de forma industrial revitaliza el Velódromo; también puede quedarse como era y no pasar de ahí: son esos locales de nombres tan hermosos y anarquizantes como Neutral, Universal o Mundial que todos guardamos en la retina.

Marca propia

Y también puede quedarse en la media tinta. Es lo que le ocurre a Adonis, un bar en la frontera sur de Gràcia con Barcelona que pudo ser, pero que ha preferido no ser. Ni chicha ni limoná. Durante unos años no muy lejanos, esta casa se inició en una cocina resultona y genuina que prometía. Los precios no eran ni mucho menos de bar. Desde el principio, el joven heredero del local puso en valor lo que tenía entre manos.

¿Aquel camino quizá le hubiera conducido al Mut? ¿A la granja Elena? ¿Al Pineda? Es posible. Lo cierto es que prometía.

Ha conseguido encaramarse a algunas guías turísticas de esas que aconsejan lugares fuera del circuito y sigue siendo lugar favorito de algunos modernos de Gràcia. Pero el propietario ya no apuesta. Lo que eran, por ejemplo, esteack tartar singulares por factura y calidad, incluso sorprendentes hasta el punto de haber llamado la atención de los despachos de abogados y de las oficinas de empresa de la zona, se han convertido en unas variedades de hamburguesas, cuatro en concreto, y unas cuantas ensaladas.

Probablemente, es la apuesta más inteligente de las posibles, la que tiene menos riesgo. O sea, la más cómoda. Podría haber aprovechado la solera del local para hacer algo singular. Esa barra de madera curvada y el altillo, hecho como aposta para tomar incluso una simple caña de cerveza oyendo música ambiente y suave de jazz en un día luminoso de primavera, como ví la otra tarde a Oriol Pujol Ferrusola en compañía interesante.

La apuesta

Es la apuesta menos arriesgada y, también, la que menos aporta. El sabor de sus 70 años de historia queda en muy poco. Por eso no me ha extrañado ver ahora menos público que en otras ocasiones. La carta es de batalla: ensaladas, nachos, hamburguesas, pepito, filete y entrecot. Dos guiris en una mesa de la terraza que observo a través de la ventana comen tortilla de patatas y patatas bravas…

Lo único que queda de aquellos tiempos en que Adonis tanto prometía es la altanería de sus camareros. No hace falta que sean porteños/as vistosos/as para que te miren por encima del hombro.

“Un moment, que estic atenent a aquets joves”, dice el pollopera para justificar que en ese preciso instante no puedes distraerle levantando el dedo para pedir otra copa de verdejo que pagarás a casi tres euros. En fin, trato altivo de un chulete de East Village, pero en Gràcia.

A final, no sale caro, pero lo que comes son como platos de un bar de carretera en el que el propietario ha colgado una pizarra con seis sugerencias, además de una invitación a hacerte seguidor suyo en Facebook -¡qué chachi!-, más una carta plastificada.

La cerveza

Total, que pido unas cañas de Damm. ¡Qué diferencia entre una copa diseñada por la propia cervecera y los vasos estilo Moritz! Parecen cervezas distintas siendo la misma, en el mismo local y con veinte minutos de diferencia.

Ensalada de rúcula con mozarella --correcta, más bien muy buena--; a 5,85 euros. Mi acompañante se decantó por unas anchoas con pan con tomate, que siempre deberían ser aperitivo, no primer plato. Pero bueno, contra gustos…Eran como de lata.

Mi amiga tomó de segundo una hamburguesa con cheddar por encima. A juzgar por su aspecto, juraría que era muy satisfactoria. Y sí, ella dijo que estaba rica.

Me pedí una oferta de la pizarra: cochinita pibil; ya me disculparán. Tiras de solomillo de cerdo con un adobo líquido indescifrable que me puso perdida; por dentro y por fuera.

Lo mejor fue la última parte, el café. Dibar, de la tierra y tan bien tirado como la birra. Unos 25 euros por persona.
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