Bandido, una propuesta diferente

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C/ Josep Bertrand, 15 www.bandidorestaurant.com 93-250-97-22

01 de noviembre de 2013 (16:47 CET)

En la tranquila calle Josep Bertrand, en el lado montaña del Turó Park de Barcelona y junto a la tienda del diseñador de joyas de la ebanistería Jaume Tresserra, una discreta puerta, sin rótulos, da entrada al Bandido.


Supongo que esa escasa exposición callejera ha contribuido a crear la leyenda de restaurante clandestino, cuando no lo es en absoluto. Quizá, eso sí, puede que originariamente estuviera más pensado para la noche que para el mediodía. La decoración y la iluminación son muy intimistas.

Un local pequeño


Es un restaurante de unas cuarenta plazas repartidas entre el salón principal y un reservado con capacidad para unas doce personas. La primera impresión es que se trata de un establecimiento especializado en comida árabe, concretamente marroquí.


Una buena parte del mobiliario, como la puerta de madera de la entrada, y de las lámparas proceden de Marraquesh. Las paredes están cubiertas por dos grandes cuadros sobre alfombras que hacen el papel de enormes paspartús y por fotografías con escenas de la vida cotidiana de la ciudad marroquí.

Las butacas bajas, como las mesas, los cojines en el respaldo de la bancada lateral y los tapices del suelo acaban por darle un aire enteramente magrebí.


Lo curioso, sin embargo, es que la única concesión a las especialidades propias del norte de África es el cuscus, y solo se prepara los jueves.

Cocciones suaves

El Bandido tiene una cocina singular, donde no hay sartenes ni planchas, sino cocciones al vacío y horno. Es una forma de administrar el calor que da personalidad por su tratamiento suave –y digestivo- a la materia prima mediterránea, la base de sus platos.

En su carta de presentación, el restaurante señala como ofertas estrella el supercanelón de pollo asado con crema de ceps, los huevos estrellados cocidos a baja temperatura, con butifarra de perol o bacalao, y el esteak tartar cremoso.

Mientras bebía una Heineken de botella bien fresquita y meditaba la comanda, me sirvieron unas olivas de Kalamata encurtidas en dulce y salado y un montadito de queso a modo de aperitivo. Y tres clases de pan –de olivas, de pipas y un bastoncillo- elaborado en su horno. Pusieron aceite almeriense Onegar para el aliño.

Me incliné por un entrante de berenjena triturada con aguacate y anchoas, refrescante y ligero (6,9 euros). Y después un abundante tataki de atún rojo con soja y sésamo, acompañado de una salsa de tomate ligeramente picante (17). Sabroso, firme y ligero. Tenía el propósito de probar alguna de sus interesantes ofertas de postre, pero cuando llegó la hora desistí, ya no tenía más apetito.

Los vinos


La carta de vinos no es muy extensa, pero bien seleccionada. Incluye propuestas de casi todas las denominaciones de origen con productos elegidos por su calidad y buen precio. Bebí una copa de blanco rueda Menganito por cuatro euros y rematé con un café Nespresso estupendo, aunque no me hubiera importado tomarlo un poco más caliente. Pagué 33 euros, lo que no me pareció caro. El servicio –una jefa de sala y dos camareras- es de lo más resolutivo y amable.


Salí con la sensación de que, efectivamente, el local aporta una oferta diferente. El ambiente invita al intimismo, pero aun así el día de mi visita había dos grupos de trabajo –uno de ocho personas y otro de diez-; el primero comía a la carta y el segundo pidió el menú del mediodía -18,5 euros con bebida incluida- o quizá era otro de los menús que confeccionan a medida para mesas completas.

Por la noche, con las luces más tenues y el barman especializado en combinados oficiando tras la barra, el restaurante se transforma en algo más parecido a un lounge bar o un chill out.
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