Bohémic, una apuesta muy personal

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Calle Manso, 42 www.bohemicbistro.com 93 424 06 28

22 de diciembre de 2011 (12:17 CET)

La zona de Sant Antoni es la manifestación ciudadana más cruda de la crisis, un aspecto deprimente de esa parte del Eixample, especialmente castigada por la cantidad de locales comerciales cerrados, una sensación acentuada por el traslado de las paradas del mercado a la Ronda mientras se hacen las obras de modernización de la vieja estructura, y cierta suciedad en las aceras. En fin, una desolación. Iniciativas como la del Bohémic te reconcilian un poco con el futuro de la ciudad y del país.


Francesc Gimeno es un hombre de carácter. Se nota en sus platos, y también en su local. El Bohémic está situado en un chaflán con unas vidrieras a la calle que denotan el pasado de esos bajos: antes de restaurante había sido una tienda de ropa, lo que le da cierta originalidad, además de hacerlo muy cálido. Empezó en el 2006 como bar de tapas, pero con la decisión de ir a más.

Quizá porque Gimeno ya era conocido en el ambiente -había pasado por dos restaurantes de campanillas, Drolma y Caelis- o por su afición bloguera –se puede ver cómo contesta en la red a un cliente crítico que se dedicó a ponerle a caer de un burro allí donde pudo-, o porque se instaló relativamente cerca del Inopia, hoy Lolita Tapería, el caso es que desde primera hora ha sido muy observado y comentado, de manera que los defectos lógicos de los inicios quizá se han sobredimensionado, algo para lo que la paciencia de este chef no está preparada. Entre sus clientes, además de los habituales, siempre hay aficionados a la buena mesa dispuestos a las nuevas experiencias.

El restaurante se vende como bistrot, aunque de eso solo tiene que en estos momentos funciona a base de menús. Su decoración, de mármol, madera, espejos y lámparas de pantallas de colores, evoca los ambientes retros. Consigue un clima agradable, adecuado para la cocina: tapas clásicas y modernas, platos tradicionales e innovaciones. Todo ello aparece en los cuatro menús. El del mediodía -19,5 euros, más el servicio de mesa, iva y bebida-, y los de 36, 42 y 48 euros. En estos tres últimos se pueden elegir entre varias opciones. Todos se acompañan de un aperitivo de la casa, como el sorbete de daiquiri de piña con tequila, estimulante. El menú de 36 euros, el Degustació 1900, con un par de copas de vino, sale finalmente por 44 euros.

En el capítulo de tapas destacan las patatas bravas, que son excelentes y recuerdan el relleno de las bombas de la Cova Fumada de la Barceloneta. También hay que mencionar los pequeños buñuelos de bacalao. En la carta llama la atención una pizzeta de atún en sashimi denominada “No me llames Fabián … llámame Paco”, un recuerdo vehemente de una visita quizá no muy satisfactoria del cocinero al restaurante del campeón mundial de pizzas.

En general, es una cocina de autor, en la que la elaboración de los platos no está industrializada, lo que puede ralentizarla, pero que le da carácter. El solomillo de Nebraska, por ejemplo, es suficientemente delgado como para temer que la brasa se haya cargado el sabor, pero no es así, conserva el gusto que debe tener la ternera cuando se hace sin aditamentos. Como en todos los locales que tratan de estar al día, el foie y la trufa figuran en algunos de sus platos, en ciertos casos para actualizar viejas preparaciones, como el canelón de pintada.

En los postres también hay demostraciones de creatividad, como la crema catalana con frutas liofilizadas servida en un tarro que recuerda los antiguos envases del yogur, como en la oferta de quesos. La carta de vinos es interesante, con denominaciones de fuera de España, desde Francia a Nueva Zelanda a precios razonables. Para beber a copas, la casa ofrece jóvenes originales. Y el café, Bou, muy bueno.
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