Can Rafel, un gran local con vistas

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Can Rafel s/n Cervelló www.canrafel.net 93-650-10-05

28 de octubre de 2011 (12:05 CET)

En las comarcas de más glamour de Catalunya, como la Cerdanya y el Empordà, es frecuente encontrar restaurantes ubicados en antiguas casas pairales con una decoración refinada, casi de lujo, con unas cartas de enunciados sugerentes que luego pierden la mayor parte de su encanto cuando te enfrentas a los platos.

En el otro extremo se pueden encontrar lugares como Can Rafel, un hotel de cuatro estrellas con más de 40 años de historia, cuya decoración no anuncia ni de lejos lo que puede salir de su cocina. El establecimiento ha ido añadiendo atractivos al incentivo original de estar situado en pleno pulmón del macizo del Ordal, a muy pocos kilómetros de Barcelona.


Hace unos años creó un pitch&putt de nueve hoyos para que los aficionados al golf pudieran redondear el relax del hotel, que incluye un espléndido spa, con la actividad deportiva.

El gran despegue del comedor se produjo cuando la tercera generación de la familia propietaria decidió incorporar a un cocinero, Gorka Barahona, formado en los mejores fogones del país.

El resultado es una oferta muy buena, sorprendente para quien llega a la cima de la montaña donde está ubicado el hotel, a cinco kilómetros de Cervelló, y se encuentra con que casi todas las mesas –con unas vistas impresionantes- están ocupadas.

La cocina ofrece cuatro posibilidades: el menú de los huéspedes del hotel, la carta propiamente dicha y dos propuestas  de degustación, una a 35 euros y otra a 50 –sin vinos-, las opciones más recomendables para conocer el lugar y disfrutarlo. Creo que no exagero si digo que los menús degustación son dignos de figurar entre los mejores del país.

Es una cocina muy moderna y sofisticada, que utiliza una materia prima de calidad, como se puede apreciar en los productos que no pasan por el fuego, que no tienen tratamiento, como el jamón, de gran nivel, que sirven en el aperitivo sobre un higo jugoso que potencia el contraste salado-dulce de la forma más natural y directa.

El choque de sabores también aparece a través de los fogones, como es el caso de las supremas de salmonete con uvas y guacamole, de las que la piel tostada del pescado acaba siendo lo más notable del plato. O como en las vieiras con verduritas escabechadas, suaves y digestivas, lo mismo que la ventresca, tratada con estilo japonés.

Los postres son imaginativos y deliciosos, a destacar el “financiero” con miel, cacahuetes y aroma de café y los saquitos rellenos de nata y fresones.

La carta de vinos no es amplia, aunque está muy bien organizada y ajustada de precios. Trasluce el trabajo de un somelier con los pies en suelo que ofrece productos adecuados a la cocina de la casa sin engordar innecesariamente la cuenta del comensal. Una comida a la carta sale por una media de 60 euros.
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