Chez Cocó, el regreso del pollo

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Av. Diagonal, 465 www.chezcoco.es 93-444-98-22

09 de noviembre de 2012 (10:24 CET)

La primera impresión que uno recibe al entrar en Chez Cocó es el peso de su decoración. Quizá se podría decir lo mismo de cualquier otro restaurante, pero no es así. La presencia del decorador es tan imponente, desde la entrada, a la sala o a los servicios, que se queda en la retina y no te abandona hasta que sales del local.

Se trata del conocido Lázaro Rosa-Violán, que ya se encargó de Casa Paloma, de los mismos propietarios, y de otros conocidos locales de Barcelona. En esta ocasión, su trabajo ha estado al servicio de una nueva empresa en la ciudad: la vuelta del pollo a través de una rotisserie de aire francés, pero con productos españoles.


El público mayoritario entre semana se reparte entre gentes de las numerosas oficinas de alrededor –está muy cerca de Francesc Macià- y los que están atentos a las novedades y acuden a uno de los locales de moda de la ciudad. En fin de semana, burgueses entrados en años de la zona que no se van a la torre y algunas parejas jóvenes.

Original


Está abierto desde marzo pasado, pero he preferido esperar unos meses para ver si mi sensación inicial, mediatizada por un lanzamiento de marketing a todo trapo, se mantenía. Y en parte ha sido así. Me gusta por su originalidad, aunque es de una contundencia a la que los estómagos barceloneses no están acostumbrados. Al menos, el mío.

Aves -pollo, pintada, pichón, codorniz, pato-, pero también lechazo, cochinillo, conejo, costillas de cerdo. Y entre los entrantes calientes, unos excelentes garbanzos con jamón. Las patatas fritas que acompañan algunos de esos platos son las mejores que se pueden comer en Barcelona.

A pesar de que los precios son elevados, la casa ha tenido la habilidad de incluir en su contenida carta cuatro ofertas de “plato único” a base de pollo tomatero a entre 16,5 y 17,5 euros, lo que acompañado de una copa de vino más el café –Bou, muy bueno- hace un menú más que suficiente de unos 25 euros.

Uno de los puntos de interés de Chez Cocó es la maestría en el asado de las aves, que en la gente de mi generación había quedado secuestrado por el pollo al ast de la infancia y del último recurso de los festivos veraniegos apresurados. Para algunos, las cocciones de esta casa son escasas; y es cierto, pero alcanzar el punto de un tostado correcto de la piel con una carne hecha, pero no tanto como para restarle sabor, es todo un logro.

Para untar

Si tuviera que recomendar un menú en este restaurante me quedaría con algunos de los entrantes “para untar”. La torta de Trujillo, en porción unitaria, no tiene nada que envidiar a la más conocida del Casar; como pasa con la brandada, con el hummus o el foie mi cuit –ya se ve que la oferta es del todo ecléctica-. Servidos en cazuelas de cobre, un toque muy francés, cada uno de ellos con un pan diferente. Y también el pollo tomatero –el menos pesado de la oferta de segundos-, francamente sabroso, de esos que nos retrotraen de verdad a épocas pasadas.

La bebida es otro cantar. Tienen cerveza de barril, Damm, tanto Estrella como Voll. El propio maitre ofrece la posibilidad de hacer una mezcla si eres amante de la birra subida de tono, como hacen en el Bar Cañete.

La carta de vinos es tan buena como cara. Solo los sospechosos rosados están por debajo de 20 euros. Tiene productos de toda España, franceses, claro, italianos, incluso australianos. El excelente riesling/albariño Ekam del 2011 que bebí en mi visita sabatina lo pagué a 34 euros, algo menos del doble de lo que cuesta en la bodega.

Es coste medio de una comida, vino incluido y compartido entre dos, sale a 45 euros.
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