DO, una buena experiencia

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Plaza Reial, 1 www.hoteldoreial.com 93-222-27-07

02 de agosto de 2013 (17:53 CET)

La familia Majó Grau se gastó 15 millones de euros en la restauración de un viejo edificio de la plaza Reial de Barcelona con el objetivo de transformar lo que había sido una típica y vieja pensión de Ciutat Vella en el primer hotel boutique de la ciudad.

Para la rehabilitación contrató a Oriol Bohigas y para el interiorismo a Lázaro Rosa Violán, dos de los nombres de más relumbrón del panorama español. Sin embargo, para los fogones optó por un cocinero joven, Sergio Ruiz, con una cierta trayectoria, pero muy lejos del nivel del arquitecto y del decorador.


Entrada del Do.

Los propietarios tenían una idea clara de lo que querían hacer desde el principio: Boutic Hotel Gastronomic y además D.O., denominación de origen, una alusión al producto de procedencia reconocida e identificable. Tiene tres ofertas. La Terraza, bajo los arcos de la plaza Reial; el Terrat, en el último piso; y la Cuina, en el sótano. El primer espacio, para turistas, es de tapas; el segundo, para huéspedes y clientes externos, tapas más sofisticadas; y el tercero, para quienes deseen tener una experiencia gastronómica, con una carta clásica y tres menús.

Un pequeño hotel

Lázaro Rosa Violán, que tiende a recargar los ambientes, ha sido una buena elección porque su estilo, medio colonial, medio oriental, liga bien con este edificio de 1815, que al final ha quedado como un pequeño hotel de lujo con solo 18 habitaciones. El comedor interior, levemente iluminado, con bancos contra las paredes y mantelerías de lino, bajo un techo abovedado de ladrillo vista, es muy cómodo.

Había leído tantos elogios en el momento de la inauguración que cuando decidí vistarlo con calma tenía muy claro que iría al comedor principal. La terraza estaba llena, sobre todo de turistas. El conseller de Cultura de la Generalitat, Ferran Mascarell, ocupaba una de las mesas junto a su familia; enfrente, un solitario escolta vestido de oscuro riguroso evidenciaba la presencia del político. Pensé que se arrepentiría porque la penitencia de ese espacio al aire libre es que hay que compartirlo con el personal que circula por la plaza, lo que no siempre apetece. Me equivoqué. Cuando salí los Mascarrell seguían allí, en la misma posición.

Cremas y espumas

Yo preferí el sótano, donde comí sola. Para empezar quiero hacer dos observaciones: el servicio es uno de los mejores de la ciudad; y el cambio de chef –Ruiz ha sido sustituido por Pere Moreno, que formaba parte de su equipo- no ha modificado el modelo de cocina. Se reivindica del slow food y la trazabilidad, pero está llena de cremas, espumas y sofisticaciones.

Terraza del restaurante.
 
La carta podría calificarse de mediterránea, con bastantes más entrantes –donde figuran tres arroces- que pescados y carnes. Los precios son medio-altos. Unas vieras con panceta cuestan 19,5 euros, 14 un steak tartar y una selección de quesos procedentes de la finca Reixagó, propiedad de los Majó Grau, 8,5 euros.

El menú llamado Marinero, el básico, está a 27,5, e incluye tres platos, postre, agua y una copa de vino. El menú D.O., a 40 euros, tiene el mismo trazado, aunque mejorado. Y el Reial, a 50 euros, es el de degustación.

La carta


Opté por la carta, y pedí un tartar de atún con helado cremoso de curry, donde se encerraban los condimentos. Personalmente, no me gusta esa combinación de temperaturas. Pero, una vez una vez mezclado mantenía el sabor del pescado y estaba delicioso. De segundo, presa ibérica con escalibada. Muy abundante, la carne jugosa en su punto, y las verduras en forma de crema, como la patata; solo las cebollas aparecían enteras. Logrado.

Me sirvieron cuatro aperitivos típicos de la cocina de vanguardia, unos más logrados que otros. Y, con el café --Magnífico, ristretto, muy bueno-- cinco petits fours, que incluían el macarón, la minimadalena y un minimagnum, que no pude acabar.

Bebí una copa de blanco Picapoll del 2012, del Pla de Bages, a 3,9, bien fresco y aromático, para acompañar el atún. Luego tomé otra del contundente Toro El Primer Paso, a 4,9; quizá demasiado fuerte. La carta de vinos es amplia y está muy bien estructurada, con una presencia ostensible de productos del Bages, de donde es originaria la familia propietaria del hotel. Los vinos aparecen como españoles, franceses y catalanes, sin separación por DO, excepto en el caso del Priorat.

De aperitivo había probado una caña de Moritz, muy bien tirada. Ofrecen dos variedades de esta misma marca y en la carta de cerveza --efectivamente, tienen el acierto de ofrecer una carta específica-- aparecen siete marcas de importación y otras tantas artesanales catalanas. Muy bien. La cuenta no llegó a los 50 euros, lo que teniendo en cuenta la calidad del servicio y de los platos, no me pareció caro. Una buena experiencia.
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