El gran Café de La Pedrera

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Gran Café de la Pedrera

19 de diciembre de 2014 (12:47 CET)

Lo normal es que los lugares más turísticos no sean precisamente donde se pueda comer en las mejores condiciones. Ni en lo que se refiere a la cocina ni en lo que tiene que ver con el ambiente.
Una de las excepciones a esta regla universal es el Café de la Pedrera. Sería muy osado vaticinar cuánto tiempo puede durar, tal y como se suceden las cosas, pero en estos momentos es uno de los mejores restaurantes del centro de Barcelona.

Tiene una carta breve, pero muy buena, que sale a unos 45 euros por persona. Un menú de mediodía de 28 euros, otro de noche de 38. Hay que tener cuidado con los vinos, que pican.


Luz abundante

El restaurante es muy agradable y luminoso. Está situado en el primer piso de la Pedrera -Casa Milá-, en un espacio que antes se llamaba Sala Jujol en memoria de otro gran arquitecto revolucionario de la época del modernismo.

Los techos son altos, gaudinianos, como las ventanas y las columnas. Un marco muy agradable con una cocina que, tras unos cuantos vaivenes, parece que ha dado en el clavo. Y cuenta con un buen servicio.

Tres jóvenes cocineros –Eugeni de Diego, Miguel Ángel Mayor y Ana Alvarado, con pasado común en El Bulli- se han hecho cargo del local. Y les está saliendo muy bien, pese a las limitaciones técnicas –energéticas más bien- que impone un edificio tan protegido.


16 platos y dos lujos

Como digo, la carta no es amplia, sólo tiene 16 platos, más el lujo del caviar SOS y tres de las propuestas de los jamones Joselito. Cinco entrantes, tres pescados, cuatro carnes y cinco postres. Conviene administrarse para probar alguna de las delicias de Ana Alvarado.

El menú es lo que más demanda tiene por parte de los escasos clientes del local, normalmente menos de una veintena, o sea que al mediodía no llega a la tercera parte de la capacidad del comedor. Hay turistas, pero también gente de empresa: se puede hablar con tranquilidad y quizás gracias a la altura de los techos no hay ruido ambiente.

Mientras tomaba una caña Damm, muy bien tirada y en su justa temperatura por cierto, decidí –influida por mi acompañante, desde luego- que prefería la carta. Hice números y calculé que entre una cosa y otra el precio final entre menú y carta iba a ser muy parecido.

Nos trajeron un aperitivo que consistía en una galleta plana de parmesano con espuma de tomate, rica y claramente bulliniana. Íbamos por buen camino.

El doble que en bodega

Pedimos un vino blanco hecho a partir de cinco variedades de uva, entre ellas sauvignon blanc, la preferida de mi compañera de mesa. El Café de la Pedrera nos cobró 24 euros, impuestos incluidos, por un Auzells de Tomàs Cusiné, una botella que no llega a 11 en bodega. O sea, que dobla el precio, como hacen la mayoría de establecimientos.

Mi advertencia anterior sobre la carta de vinos se refiere más a que se trata de una selección botellas de buen nivel, en la que no faltan los franceses y el champagne, que al recargo que aplica el local sobre el precio en bodega. El Remelluri blanco está a 70 euros, frente a los 34 a que lo vende la Viniteca. Y el Pagos Viejos de Artadi, a 125, cuando en la bodega está a 62,5 euros.

El caso es que nos acabamos el Auzells, con menos grado de lo que viene siendo habitual en los blancos, sin apenas darnos cuenta. Y acompañó muy bien el tartar de buey de mar que tomé de primero, un plato bien elaborado y que integraba estupendamente los elementos de pescado (no marisco) que incorpora. Mi vecina dio cuenta de unos buenos raviolis caseros rellenos de langostinos acompañados de una vinagreta aromática.

De segundo, tomé una merluza hecha al pil-pil también muy aromatizada, tan buena o más que el buey de mar. La caballa en escabeche de ceps estaba buena, aunque el gusto de pescado azul que le infligía la piel quizá estaba demasiado acentuado.

Buenos postres


Y fuimos a los postres. Opté por el más reputado de la casa: los canutillos de obulato rellenos de crema catalana que iban cubiertos con unos hilos de confituras de naranja y sobre un lecho de grué. Ciertamente sólo eran dos canutillos, pero acabé con ellos en un plis plas. Mi acompañante se quedó con los huevos de chocolate blanco rellenos de sabayón al ron, y juraría que también le encantaron.

Los postres

Acabamos el asunto con un café –Cornellà- que no conocía, pero que estaba muy rico y que llegó a la mesa en sus justas condiciones de espuma y temperatura. Pagamos algo más de 45 euros cada una, un precio que no es barato, pero que está más que justificado tanto por el entorno y el ambiente como por los platos.
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