El nuevo Carballeira

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C/ Reina Cristina,3 www.carballeira.com 93-310-10-06

14 de septiembre de 2012 (14:15 CET)

En un rincón de la zona de los bazares de la Barceloneta, en la parte de atrás de la famosa manzana de los porches de Josep Xifré, vive desde 1944 Carballeira. Es probablemente la marisquería gallega de nivel más antigua de la ciudad.

Visitada por empresarios para sellar tratos y por familias de celebración, ha sido durante años el local de encuentro de los “señores” de la Barceloneta, los asiduos del Club Natació que después de hacer unas partidas al sol se daban un homenaje en sus manteles blancos.

Aunque está algo escondido, es fácil de localizar porque el servicio de aparcacoches utiliza el inicio de la calle Santa Cristina, que no tiene salida, para dejar los vehículos. O sea, que en seguida se ven Mercedes y BMW esperando a que sus dueños acaben de comer.

Como sucede en el caso del Botafumeiro, la barra de este establecimiento es el lugar preferido de una buena parte de la clientela. Tiene el inconveniente de que, como le ocurre al local de Gràcia, si comes allí te ve todo el que entra y sale; además, en este caso los taburetes no son tan cómodos.

Aunque es un local caro, desde siempre ha tenido en su oferta productos a precios populares. Es impensable encontrar vino turbio en otro establecimiento de categoría similar en Barcelona, o ese arroz a banda delicioso servido como aperitivo o entrante. Hasta que cambió de propietario hace menos de dos años, la barra del Carballeira siempre exhibía una paella con este guiso sencillo, listo para probar allí mismo. Daba igual el tiempo que llevara hecho, siempre estaba en su punto. Ahora sigue en la carta, pero ya no te saluda cuando entras.

El cambio de patrón no ha comportado muchas más novedades. Se han hecho reformas para lavar la cara de un local que evidenciaba sus años de rodaje y se ha abierto la cocina totalmente, en la línea de las últimas tendencias. La decoración, con predominio de madera y cristal, reproduce el ambiente marinero con maquetas de barcos y lámparas de rejilla.

Las mesas se distribuyen en seis comedores medianos, lo que facilita la comodidad incluso los días en que se llena. Al margen del maitre, que se jubiló, el personal es el mismo, con sus chaquetas blancas, inmaculadas y bien planchadas, educado y autóctono. Está atento al servicio del vino, pero sin agobiar.

La carta tampoco ha cambiado: amplia, gallega y abierta a la contundencia. Si tuviera que recomendar, me inclinaría por supuesto por el arroz a banda con el alioli suave que le acompaña, difícil de encontrar en otros restaurantes, incluso en las arrocerías. El pulpo a feira también es destacable, pese a las patatas algo enteras.

Todos los platos que se sirven sin elaboración, o con la mínima cocina –donde se aprecia mejor la calidad del producto- responden bien a las expectativas que genera una buena marisquería. Empezando por el jamón, con buena coca con tomate y aceite, las ostras, las almejas o los percebes. Es curioso que en unos cuantos de estos artículos la carta le añade el adjetivo “auténtico” para subrayar la trazabilidad de los camarones o los percebes, por ejemplo.

Incluso en verano, la casa ofrece estofado de rabo de buey, fabada asturiana, callos y alubias con almejas. O sea, sin problemas de calorías ni grasas. En paralelo a la rotundidad y a los productos gallegos del mar, Carballeira también tiene oferta local, desde el suquet al xató, pasando por la esqueixada o los rovellons.

En los vinos, la casa es muy clásica, con precios más bien altos. El albariño es el que tiene más salida, pero la oferta por supuesto incluye blancos de todas las denominaciones. En mi última visita me apetecía un tinto, y me decanté por un Viña Ijalba del 2005, a 16 euros, el 50% más que en bodega, que estaba muy bueno. Como el café, Bofarull, bien servido. Si te contienes, la comida media sale por unos 40 euros; de ahí, para arriba.
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