Fábrica Moritz, el merendero de Nouvel

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Ronda Sant Antoni 39, Barcelona www.moritz.com 934 23 54 34

02 de marzo de 2012 (13:45 CET)

La Moritz había existido toda la vida. Era una cervecería situada al principio de la Ronda de Sant Pau. Tiempo atrás en la puerta de al lado le hacía compañía la Damm, también conocida como Bohemia, que rodeaba el interior de la manzana hasta salir por la avenida Paralel. El local era enorme y olía a cerveza --tanques y jarras-- y a calamares a la romana, que saciaban el apetito a un precio asequible, dos buenas cualidades para aquellos años.

En la parte que daba frente al Poble Sec tenía un escenario, donde por las tardes sonaba música en directo; y en la azotea había una pantalla para el cine nocturno. No sé por qué desapareció; durante mucho tiempo quedó solo un bar más pequeño en la parte de la Ronda, que también acabó por cerrar.

La Moritz, sin embargo, se mantuvo como cervecería y marisquería. He leído en algún sitio que una sobrina del fundador de la cervecera permitió el uso del nombre al padre del actual propietario cuando abrió su primer establecimiento en la calle Escudellers. La cerveza era Moritz hasta que se dejó de fabricar en el 78. Desde entonces sirvió distintas marcas, manteniendo siempre una línea muy madrileña, por suave y bien tirada.

El aroma del local era una mezcla cervecera y conserva de berberechos con salsa, más vermutera que aquella de la Damm; de otros tiempos.

Dos historias

Ignoro qué relación tenía la Damm (Bohemia) con la marca. Dos historias paralelas a las de dos fabricantes de cerveza nacidos en la Alsacia alemana que se establecieron en Barcelona en la segunda mitad del siglo XIX con unos veinte años de diferencia.

Mientras Damm no mantiene locales en los que venda directamente su producto, a pesar de haber conseguido una de las principales cotas del mercado español y no digamos del catalán, los herederos de Moritz --la quinta generación--eligieron una estrategia distinta desde que en el 2004 retomaron la fabricación con su nombre.

Antes de eso habían sondeado el mercado barcelonés desde Barnabier, un local del Port Olimpic que sirve la excelente cerveza elaborada en La Zaragozana, una firma que pertenece a los descendientes de Moritz que como su nombre indica está en Aragón.

Tras siete años de obras y una inversión de 30 millones de euros, en diciembre pasado Fábrica Moritz Barcelona abrió sus puertas en los edificios donde Louis Moritz había instalado su fábrica en la ronda de Sant Antoni.

La marca Barcelona


Con una estrategia de marketing de guerrilla, como la ha definido su director, Albert Castellón, este nuevo espacio gastronómico de la ciudad ha cosechado un éxito impresionante. La idea era vincular Moritz con la marca Barcelona: dos vermuts populares en el 2005 y en el 2006 y un tercero pocos días antes de la apertura el 12 de diciembre pasado. Ha sido muy efectiva para conseguir su popularización.

Presumen, y con razón, de haber hecho una campaña mediática con una inversión mínima y con grandes resultados. Otra cosa es que aguante en el tiempo, una vez el efecto nostalgia haya desaparecido.

Para empezar, la reforma que ha hecho el arquitecto francés Jean Nouvel es espectacular: transmite al visitante la sensación de que entra en una fábrica remodelada para hacer de sus más de 4.000 metros cuadrados un espacio lúdico popular.

Ladrillo vista, las arcadas originales, depósitos antiguos y nuevos, cristal y metal. Mobiliario con profusión del mismo estaño de la barra y ambientes abiertos, con altura. Los servicios son dignos de visitar, son tan originales e impactantes como los de las discotecas más fashion. Todo el local es como un merendero galáctico.

Cerveza y chucrut

Entre la barra y las mesas caben unas 200 personas, atendidas por un nutrido equipo de camareros. La carta que ha elaborado Jordi Vila, de Alkimia, incluye más de 170 propuestas, desde las tapas propiamente dichas a los fritos, con ensaladas, quesos, marisco --a precio razonable-- y la incorporación de especialidades alemanas, como las salchichas y la col cocida. Ensaladilla, bomba, patatas bravas --de aquí y de allá, o sea al estilo alemán-- son algunas de las más curiosas. Esta Moritz huele a cerveza y a chucrut.

Cabría esperar que al servicio se le complicara la vida con una relación tan extensa de platos, pero lo cierto es que llegan a la mesa con tanta velocidad que al comensal se le acumula la faena. Para beber, cómo no, cerveza. Está riquísima: espuma sólida, burbuja fina y temperatura en su punto. No está pasteurizada, el proceso a que se somete para que aguante y no fermente en el espacio de tiempo que transcurre desde que se elabora hasta que se consume, un requisito obligatorio cuando se embotella.

Una sugerencia


Para evitar los viajes que los camareros tendrían que dar desde la barra a las mesas para reponer los pequeños vasos de caña, ofrecen grandes jarras de las que el cliente se va sirviendo. Tiene el inconveniente de que se desbrava. Me atrevería a sugerirles aquellos surtidores adosados a las mesas que contabilizan el consumo y que, además de ser divertidos, permiten gustar la cerveza en su estado más puro.

La relación de vinos es corta: ocho catalanes, tres cavas y cinco alsacianos que sirven en las típicas copas tulipán de pie largo y color verde.

Se puede hacer reserva en una parte de las mesas, aunque eso no necesariamente evita la cola, lo que podría ser una estrategia de marketing porque el llenazo es tremendo. Acudí a la una del mediodía de un domingo --había llamado dos horas antes y ya advirtieron de que no podían garantizar nada-- y me dieron mesa para hora y media después. En una segunda ocasión, en un laborable, con dos horas de antelación conseguí mesa para cuando me convenía. También estaba lleno, con gente joven y con presencia ostensible de matrimonios de edad evocando los viejos tiempos. El servicio es amable, y la comida sale por unos 30 euros de media. El café es Lavazza, lo que ya es una garantía.

Habrá que volver cuando abran el restaurante, que probablemente será el mismo Alkimia, trasladado. También tienen previsto poner en marcha un espacio dedicado solo al vino, donde ofrecerán 400 referencias, 40 de ellas servidas a copas. Al parecer, han llegado a un acuerdo con Triticum para elaborar pan de esta prestigiosa casa en un obrador separado de los comedores por un muro acristalado.
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