La desaparición de Beefshop

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Paseo de Gràcia, 55 www.grupofishop.com 93-487-72-08

13 de junio de 2014 (09:49 CET)

Había visitado el Fishop del Bulevard Rosa en varias ocasiones, y la verdad es que sin ser nada del otro jueves siempre había cumplido su cometido. De la fórmula inicial de pescadería/restaurante queda solo el nombre, pero las preparaciones de comida japonesa popular son resultonas y a buen precio. El local no puede ser más céntrico y el servicio es amable.

La relación de vinos es corta y ajustada a bolsillos modestos, la cerveza suele estar bien tirada y el sistema de preparar sushi y sashimi ante los clientes, además del mostrador con el pescado y el marisco a la vista, conforman un ambiente agradable para una comida rápida. Suele haber muchas parejas, pero también gentes de las empresas y las oficinas de la zona.

Los inversores

El establecimiento nació de una inversión conjunta entre gentes del mundo de la restauración, como el Grupo Travi y Marc Gascons, de Els Tinars, y personajes como los dos extrincos Josep Maria Mainat y Toni Cruz. Posteriormente, Gascons y Eduard Soler, hijo del propietario del Grupo Travi, se quedaron con la sociedad. Tiene un gemelo en Platja d’Aro y han abierto una línea de franquicias para emprendedores sin ideas propias.

Nunca había estado en su hermano, el Beefshop, abierto dos años después del Fishop del Bulevard, o sea en el 2011, en el local contiguo, dedicado íntegramente a la carne. Y mi intención el otro día era seguir sin conocerlo, pero el llenazo del Fishop y el ruido ambiente que despedía tanta concurrencia --ha sido invadido definitivamente por el turismo que deambula por el paseo de Gràcia--, me empujaron a la carne pese a la insistencia del maître en que me quedara donde el pescado, que ya me servirían allí lo que pidiera.


El pasillo

Enseguida entendí sus razones. De hecho, es como si el Beefshop hubiera desaparecido aunque nadie lo haya dicho. La comunicación entre los dos restaurantes es un pasillo oscuro iluminado por la luz roja que emiten unos apliques de pared más propios de un bar de alterne que de un restaurante. Antes de llegar al salón, los lavabos compartidos para los dos locales, comunes para ambos sexos. Y un fuerte olor a pescado.

Había una mesa de cuatro personas en un reservado, pero nosotras dos éramos las únicas habitantes del comedor principal, al que da la cocina de carnes. Destartalado, no muy limpio y conectado de forma directa a la planta baja del Bulevard por una escalera que se cierra por las noches. Quizá porque estábamos solas, los continuos gritos e insultos de los camareros cuando se acercaban a la cocina del Beefshop no solo resultaban sumamente molestos, sino que interrumpían nuestra conversación.  

La especialidad

Me hubiera atrevido con su especialidad, el sushi y el sashimi de carne, pero entenderán que en aquel ambiente no osara asumir más riesgos que los imprescindibles.

Así que optamos por unas verduras a la brasa con salsa romesco, duras por crudas que solo logró acabar mi amiga, que tiene el estómago de hierro. Y unas croquetas de jamón absolutamente prescindibles. Con los segundos hubo más suerte porque el entrecot de buey –que habíamos pedido poco hecho y llegó al punto- estaba bien y porque el esteack tartar resultó más que correcto.

Tomanos un par de cañas y una copa de vino tinto de la casa, Alkimia, de Torres, que hubiera estado mucho mejor de tener menos temperatura. El café, Delta, pasable. Salió a unos 32 euros. No es muy recomendable.
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