Majestic, lujo y gastronomía

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Paseo de Gràcia, 68 www.hotelmajestic.es 93-488-17-17

03 de enero de 2014 (20:40 CET)

Los propietarios del Hotel Majestic, la familia Soldevila, tienen interés en complementar su oferta con un buen servicio de restauración.

Dieron en la diana con Fermí Puig y su Drolma, que logró una estrella Michelin tras convertirse en el restaurante más lujoso de la ciudad. Aquella sociedad se rompió. Hoy en día, Puig triunfa con su propio local, en el que es difícil encontrar mesa, mientras que los Soldevila se han puesto en manos de Nando Jubany, estrellado también por su restaurante de Calldetenes, para que les asesore en esta nueva etapa.

A finales de noviembre se presentó a la prensa la sociedad Soldevila-Juvany. De momento, el producto estrella es el bar del hotel, el nuevo gastrobar. Forma parte de los espacios remodelados que han mejorado el establecimiento.

Lujo asequible


El desafío que se han planteado tiene mérito, porque quieren ofrecer un producto de cinco estrellas de lujo a precios más o menos asequibles y para eso han pedido ayuda a un cocinero estrellado. Es algo así como la cuadratura del círculo.

Para empezar, el emplazamiento es magnífico. El centro de la ciudad, unas instalaciones muy elegantes, comodísimas y tranquilas. Como ha dicho alguien, es un concepto de confort intemporal en el que es fácil sentirse a gusto. Los mismos techos altos de antes, butacas y sofás de cuero, columnas de mármol y un servicio excelente. En medio, el piano de cola, que ya no toca Juan, pero que sigue amenizando las veladas vespertinas, como evocaba aquella famosa columna periodística barcelonesa y recordaba recientemente el personaje central de Climent.

La carta es somera, y yo diría que lo más extraordinario de ella son los vinos, por su excelencia y por su precio. La oferta propiamente culinaria es más que correcta, pero quizá quien aterrice en el Majestic atraído únicamente por el nombre de Juvany se sienta decepcionado.


Me decidí a visitarlo un mediodía. Éramos tres mesas. Diría que las tres atraídas por la propaganda de los días anteriores con la presentación pública del gastrobar.

Sin caña


Pedí una caña, pero me trajeron una mediana Estrella, a seis euros. Venía con unas olivas sin hueso y unos cacahuetes rebozados y fritos. El precio del café, un excelente Lavazza, también me dejó seca: 5,50 euros. Iba acompañado de un petit four.

Lo mejor, de todas formas, estuvo en medio. El gastrobar del Majestic ofrece un pica-pica que es una relación de artículos de alta gama: caviar, cangrejo real, salmón ahumado y productos de ese nivel. Luego propone platos “De Barcelona”, un capítulo que incluye las mejores olivas rellenas de anchoa del mundo que sin duda deben ser las El Xillu, de L’Escala, y el jamón Joselito, que como todo el mundo sabe tampoco se hace aquí.

La Barceloneta

Como digo, la carta no es muy amplia, pero sí apetitosa. Burratta artesanal y gambas pequeñas de la Barceloneta hechas al vapor con algas, por ejemplo, entre los primeros. Fisch and chips a la catalana y hamburguesa de ternera gallega entre los segundos.

Pedimos un carpaccio de gambas de la Barceloneta con hierbas aromáticas, quizá demasiado sazonado, de manera que el intenso y excelente sabor del crustáceo quedaba un poco escondido. Y también un canelón de aguacate relleno de tartar de atún rojo, muy bueno y refrescante.

De segundos, el steak tartar de ternera de Girona, muy abundante y rico; y los macarrones del Cardenal, que como les ocurre a los de Carles Gaig, no me acaban de convencer. Demasiada historia y demasiada crema. Si pido unos macarrones en un local que va de fonda o de cocina catalana, no quiero sofisticaciones, sino la sencillez crujiente que me evoca el plato. Seguramente es por eso que no los pido casi nunca. De postre, compartimos un riquísimo, abundante y barato -a la vista de otros precios- plato de fruta de la temporada (6 euros).

Hubiera preferido tomar un par de copas de vino blanco. Pero a la vista de que el precio del trago estaba a 10 euros, decidí pedir una botella entera: un Leiras (Rias Baixas) que pagué a 40 euros, el equivalente a cuatro copas. No me importan demasiado los 40 euros, lo que me tralla es que me cargaran el 400% sobre el precio de bodega. Encima, estaba caliente, por lo que la camarera tuvo el gesto de sustuirnos las primeras copas de nuestra botella por otras de una que ya estaba abierta y que mantenía la temperatura adecuada.

Los vinos


Me entretuve en mirar la carta de vinos y, contrariamente a lo que dijeron algunas crónicas del día de la presentación pública del gastrobar, el vino no se sirve ni muchísimo menos a precio de coste. Tampoco es que en todos los casos lo multipliquen por cuatro, como el Leiras, con el que Majestic clava el mismo margen si lo bebes por copas que por botellas –un fallo más imperdonable incluso que no tener cerveza de barril-, pero como mínimo cargan el 100%.

La experiencia nos salió a 70 euros por persona, lo que no me parece mal por el lugar, por su elegancia y por el placer de comer donde lo hizo Ernest Heminway, como recuerdan los Soldevila en la carta del gastrobar. Allí también debió hacerlo Antonio Machado al final de la guerra española, cuando se alojó en el Majestic camino de Colliure. Pero es caro. El círculo sigue siendo redondo.
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