Martinez, arroz con vistas

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Carretera de Miramar, 38 www.martinezbarcelona.com 93-106-60-52

09 de mayo de 2014 (13:23 CET)

Debe ser muy difícil organizarse bien. Pero lo que a todas luces parece poco recomendable es montar un restaurante con las mejores vistas de Barcelona y cobrar un plus a la clientela por disfrutarlas. Es como tener ganas de que la gente se cabree contigo. Y eso es lo que consigue este brillante empresario de la restauración que se llama José María Parrado --fácilmente reconocible por su inseparable borsalino-- con Martinez (así, sin acento, como Telefonica).

El lugar es sensacional. Justo delante del hotel Miramar, como colgado de la ladera de Montjuïc que mira al puerto. El nombre del establecimiento, como su otra casa --Cañete-- también me gusta. Me quito el sombrero ante un empresario que en los tiempos que corren en este país nuestro se atreve a poner nombres tan españoles a sus negocios.


Menú o vistas

En el Martinez se puede comer de menú por 40 euros o de carta, que sale por una media de 60. Si quieres mesa en la zona exterior, la que da al mar, no hay opción: carta; breve y cara. Y, además, la mayor parte de las mesas con vistas son altas y tienen taburetes, cómodos, pero taburetes. En alguna de ellas --precisamente la que Parrado “vende” como la mejor de la casa--, tienes que comer de lado, como pasa en las del Bar Mut.

Si quieres asegurarte una mesa como dios manda y la opción del menú, tienes que ir a la parte interior, muy agradable, pero de cara a la montaña. Ya te avisan al hacer la reserva. Quizá me equivoque, pero entiendo que sería preferible llenar las mejores mesas conforme se van recibiendo las reservas. El riesgo es que la clientrela aplace su comida hasta conseguir un buen emplazamiento, pero no es probable. De ser así, ahora nadie iría a la parte interior, que está tan concurrida como la exterior.

El servicio


Lo que seguro que conseguirían es que la gente llegara con mejor ánimo y fuera más sensible a la extraordinaria amabilidad del servicio, mayoritariamente femenino. Pues bien, queríamos vistas. Así que prescindimos del menú, que no está mal e incluye aperitivo y media botella de vino. Con las excelentes cañas Moritz nos pusieron unas olivas bien encurtidas que nos despertaron el apetito de inmediato.

Las croquetas

Lo mejor de la comida fueron las croquetas de guijuelo, a 1,85 la unidad; sensacionales. También compartimos un plato de jamón Julián Martín (21), algo pasado de sal, con una coca empapada de tomate y aceite, crujiente y rica. De segundo, íbamos a pedir unas albóndigas con sepia y un arroz, pero nos advirtieron de que no hay raciones de paella individuales. Habría que aclararlo en la carta --la web habla de arroz para dos o cuatro personas, es verdad--. Así que las dos tomamos el arroz valenciano Martinez (23 euros la ración).

Diría que la factura era más que correcta en cuanto a cocción y calidad del grano. Y además la cocina controla esa asignatura tan difícil de hacer arroz en capa fina, todo un arte. Llevaba conejo y pollo, garrafó y verduras. Si me gusta la llamada paella valenciana o de interior por encima de otras es justo porque sus ingredientes son básicos y solo puede estropearla un sofrito ácido capaz de darte la tarde. En esta ocasión, estuvo a punto de hacerlo. Lo que por 23 euros me hubiera parecido excesivo.

Acompañamos el arroz de un siempre formidable Ekam -del 2012-, que pagamos a 32,80, más el IVA: 35 euros. Un 80% más que en la bodega, lo que teniendo en cuenta que es un producto agotado, no es una carga excesiva. Sí lo es en el caso del tinto de Jumilla Juan Gil, al que triplican de precio. La carta de vinos, que está en una hoja tras la de platos, es tan breve como ésta, aunque con ciertas curiosidades, como propuestas de otros países o joyas como Recaredo Turó d’en Mota, un cava al que solo cargan 26 euros sobre los 102 que cuesta en la bodega. Pasamos directamente a un estupendo café Saula. Y pagamos 55 euros por persona.
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